Kael me hace llamar al día siguiente para entrenar.
Para mi sorpresa, es Ayla quien aparece en la puerta de mi habitación esa mañana. Me sigue mirando como si fuera una espía, a pesar de ser ella quien me trajo aquí. Su postura es recta, vigilante. Nunca baja la guardia conmigo.
Aun así, me atrevo.
—Ayla… ¿has vuelto a ver a Helena? ¿Está bien?
Sus ojos centellean apenas al escuchar el nombre de mi mejor amiga.
—Sí. Sigo entrenando con ella en palacio —hace una breve pausa—. Está preocupada por ti. Pero está bien.
Otra pausa.
—Aunque me preocupa que se esté volviendo demasiado cercana al rey.
La mueca en su rostro lo dice todo.
Suspiro.
—Por favor, cuídala.
Es lo único que puedo pedir. Lo único que puedo controlar… por ahora.
Ayla asiente una sola vez. No promete nada en voz alta.
Caminamos en silencio por los pasillos hasta llegar a una sala de entrenamiento de paredes blancas, amplias, casi cegadoras bajo la luz que entra por los ventanales altos.
En el centro, Kael.
Viste de negro, pero la luz parece envolverlo como una segunda piel. No brilla de forma evidente; es algo más sutil. Como si el aire a su alrededor estuviera más limpio, más nítido.
Sus ojos se posan en mí.
—Llegas puntual.
—Me dijeron que era importante —respondo.
Ayla se queda cerca de la puerta. Observando.
Kael no pierde tiempo.
—Hoy no vamos a sentir tu sombra —dice—. Hoy vamos a forzarla.
Mi pulso se acelera.
—¿Forzarla?
—En el campo real no tendrás tiempo de respirar y reflexionar —su voz es firme, sin dureza innecesaria—. Necesito saber qué ocurre cuando no tienes el control.
Un escalofrío me recorre la espalda.
—¿Y si pierdo el equilibrio?
Sus ojos se endurecen apenas.
—Entonces yo estaré aquí.
No es una promesa suave. Es un hecho.
Da un paso atrás y la sala parece cambiar. La luz se intensifica en torno a él, marcando los límites del espacio.
—Atácame.
—Yo… yo no sé cómo hacer eso —admito.
—Tienes que dejar salir tu sombra. Confiar en ella.
Intento llamarla. Al pneuma que se esconde en mi interior. Me concentro. Cierro los ojos.
Nada.
No pasa nada.
Cuando los abro, lo miro derrotada.
Los ojos de Kael no muestran decepción. Solo cálculo.
—Entonces, defiéndete.
Es todo lo que dice antes de abalanzarse sobre mí.
Esquivo el primer orbe de energía. El segundo, sin embargo, me alcanza en el costado. No es demasiado potente. Solo lo suficiente para recordarme que Kael es peligroso. Que es un noble de alto rango con un poder que no se debe subestimar.
Lanza otro.
Y otro.
Y otro.
Los impactos arden en mi piel. Cada vez con mayor intensidad. No me da tiempo a pensar. Solo a reaccionar.
Escucho a Ayla suspirar al fondo de la sala.
—Menuda pérdida de tiempo —murmura entre dientes.
Justo entonces, Kael lanza un orbe mucho mayor.
Sé que ese no será un simple rasguño.
El peligro se acerca.
El tiempo se ralentiza.
Siento algo romperse dentro de mí.
Un segundo antes del impacto, la sala se tiñe de oscuridad.
Un viento helado me envuelve. La luz se pliega sobre sí misma. El orbe desaparece. Toda la luz desaparece.
Respiro entrecortadamente, rodeada de sombras que no son simples sombras. Se mueven. Me obedecen.
Me protegen.
Desde algún lugar en la oscuridad escucho la voz de Kael.
—Ayla, márchate.
Silencio.
Unos segundos después, una puerta se cierra.
Y me quedo sola con él.
Y con algo que ya no sé si controlo.
La oscuridad no es solo ausencia de luz. Es densidad. Es peso.
Late a mi alrededor como si tuviera pulso propio.
Siento las sombras extenderse desde mis pies, trepar por las paredes blancas, cubrir el techo. El aire se vuelve frío. Cortante.
—Elora.
La voz de Kael no suena alarmada. Suena firme.
La sombra se agita.
—Respira.