Salgo de la sala apenas unos segundos después que Kael, sin despedirme siquiera de Ayla. Camino directo a los jardines, mi refugio. No espero encontrar a nadie, aunque no me sorprende ver a Iseva entre los rosales.
Respiro. Una vez. Dos. Intento calmar el pulso. El entrenamiento ha sido intenso, me digo. Solo eso.
Iseva percibe mi agitación, pero no pregunta. Aguarda paciente y, cuando mi respiración se estabiliza, me dedica su sonrisa serena de siempre.
—Hola, Iseva. ¿Qué tal tu día?
Su sonrisa se ensancha con leve sorpresa.
—Bien, querida. Veo que el tuyo ha sido… intenso.
—He empezado a entrenar con Kael —apartando la mirada—. Es duro.
Sorprendentemente, sonríe como si eso confirmara algo que ya sabía.
—Creo que nunca te he dado las gracias —añado, atropelladamente—. Por tratarme con tanta amabilidad desde que llegué. Lo siento. Y gracias. Aún no entiendo este mundo ni este lugar… pero tú lo haces más fácil.
Iseva me observa con ternura. Por un instante, siento que mi corazón se calma.
—Todos nos sentimos perdidos alguna vez —dice suavemente—. Solo necesitamos que alguien nos tienda la mano de vez en cuando.
Dudo un instante antes de preguntar:
—Iseva… ¿tú te has sentido perdida alguna vez?
Su mirada se ensombrece apenas. Se sienta en un banco cercano y me invita a acompañarla.
—Claro, querida. Cuando mi hermana y yo perdimos nuestro hogar a manos del letargo, no sabíamos adónde ir. No entendíamos lo que ocurría. La tierra dejó de dar fruto, el aire se volvió pesado… Todo comenzó a marchitarse.
Hace una pausa, como si aún pudiera verlo.
—Entonces Kael llegó. Nos ofreció refugio, respuestas… un propósito.
Trago saliva.
—Ya me habías hablado de ese letargo… ¿son las sombras? ¿Como las mías?
Iseva niega despacio.
—No, Elora. Es precisamente la ausencia de ellas lo que lo está expandiendo.
El silencio pesa más que cualquier explicación.
—Magnus —dice, solo Magnus, no el rey— acabó con todos los portadores de sombras. Al no poder extraer poder del pneuma oscuro, comenzó a buscarlo en la naturaleza, en los animales, en los árboles… en todo lo que aún respira.
Aprieto las manos sobre mi regazo.
—Su reino parece dorado, puro, inmaculado —continúa—. Pero más allá de sus fronteras, la tierra está marchita. Vacía. Y el letargo avanza.
Levanto la vista hacia los jardines, mi refugio. Por primera vez, me pregunto cuánto tiempo seguirán verdes.
Iseva ha perdido la sonrisa. Eso me pesa más que cualquier golpe.
—Siento haberte hecho sentir mal —susurro.
—Nada de eso, Elora —vuelve a sonreír dulcemente—. Tú y tus sombras sois la esperanza que todos esperábamos. La que Kael nos prometió.
—Bueno, Elora, creo que debes descansar —sonríe—. Ha sido un día largo para ti.
Sus palabras despiertan el cansancio en cada músculo. Camino hacia mi habitación, arrastrando los pies. Al llegar, sin deshacerme de los zapatos, me tumbo en la cama, cierro los ojos y me hundo en un sueño profundo.
Al principio, solo oscuridad. Estoy sola, rodeada por una sombra que me envuelve, pero no temo. De pronto, una luz tenue atraviesa la penumbra, suave, casi acogedora. O tal vez es la sombra la que me acerca a ella.
Levanto la vista y veo los ojos azules de Kael. Asustados. Miran al horizonte, sin notar que estoy ahí.
Sigo su mirada y lo que veo me hiela: un campo que otrora estuvo lleno de flores, ahora seco. Vacío. Muerto. En el centro, una joven yace inmóvil, sin un rasgo que indique que pueda salvarse.
Kael corre hacia ella, intentando insuflarle vida con su pneuma dorado. Una y otra vez, aunque sabe que no funcionará. No se rinde.
Observo la escena, sintiéndome intrusa. Nunca había visto a Kael vulnerable. Las lágrimas brotan, un sollozo escapa de mi garganta.
De pronto, se gira. Me descubre. Espero rabia en su mirada. Solo hay pena.
—Elora —suspira—. Desearía que no hubieras visto eso.
Al abrir los ojos, la luz de la mañana entra a raudales por la ventana. Mi cuerpo está exhausto, pero mi mente no deja de girar.
Un pensamiento oscuro se instala en mi pecho: ¿fue Kael… quien hizo eso? ¿El que dejó a la joven… inmóvil, sin vida?
No quiero creerlo. No puedo creerlo. Pero la escena está grabada en mi memoria, más nítida que cualquier recuerdo.
Y sin embargo… ¿no estaba intentando salvarla? ¿No lo vi luchar, una y otra vez, aunque la chispa de su luz no alcanzara?
Mi corazón late con fuerza, confundido, entre miedo y admiración. Kael no es fácil de leer, y ahora menos que nunca.
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