Me despierto antes del amanecer.
No porque haya descansado, sino porque el sueño ya no me permite seguir allí.
Aquellos ojos sin vida vuelven a mí en cuanto abro los míos. Vacíos. Apagados. Despojados de algo que no debería poder arrancarse.
Y Kael.
La pena en su rostro.
La desesperación.
Pero la duda es más fuerte que la compasión.
¿Qué hacía él allí?
¿Llegó tarde… o formaba parte de aquello?
Me incorporo lentamente en la cama. El aire parece más frío de lo habitual.
Si Magnus es capaz de robar sombras…
¿qué soy yo sino un objetivo?
Y si Kael lo sabe.
Si me ha entrenado.
Si me ha provocado.
Si me ha llevado al límite para despertar algo que le es útil…
Entonces no soy una alumna.
No soy una aliada.
Soy una pieza.
La campana lejana que marca la hora del entrenamiento resuena en el palacio.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
Pero no me levanto.
Me quedo sentada, con las manos aferradas a las sábanas hasta que los nudillos se me vuelven blancos.
No quiero enfrentarme a Kael.
No quiero mirarlo a los ojos y buscar en ellos una verdad que tal vez no esté preparada para oír.
No después de eso.
Hoy no.
Salgo al jardín buscando un lugar seguro. Mi lugar seguro.
El aire de la mañana está húmedo, tranquilo. Todo parece en orden. Demasiado en orden.
Cierro los ojos.
Busco llamar a las sombras, esas que viven en mí.
Las llamo.
Las llamo.
Las llamo.
No sucede nada.
Ni un susurro. Ni un escalofrío.
Solo silencio.
La frustración me atraviesa el pecho.
No sé cómo usar mi poder.
No sé de qué me sirve algo que no puedo controlar.
¿De qué me sirve algo que otros parecen entender mejor que yo?
Tras varios intentos inútiles, me dejo caer en el banco de piedra con un suspiro áspero.
Me rindo.
Cuando abro los ojos, Iseva está frente a mí.
No la he oído llegar.
Ni siquiera tengo fuerzas para saludarla.
—Elora, querida. ¿No tenías entrenamiento?
Trago saliva.
—Hoy no.
Ella inclina apenas la cabeza, observándome con esa paciencia que siempre me desarma. Intenta leerme.
No sé si quiero que lo consiga.
El silencio se vuelve incómodo.
Lo rompo antes de arrepentirme.
—¿Iseva… tú sabes sobre el pasado de Kael? —mi voz sale más tensa de lo que esperaba—. ¿Ha tenido contacto con otros como yo?
Iseva guarda silencio un instante demasiado largo.
—Elora… —una pausa suave, pero firme—. Eso es algo que le pertenece a él.
La respuesta cae como una confirmación.
Hay algo.
Y no quiere decírmelo.
La frustración me quema por dentro.
Me levanto sin despedirme.
Necesito saberlo.
Pero no me atrevo a enfrentarlo.
Camino deprisa hacia mi habitación, con miedo de cruzarme con Ayla… o con él.
Cada paso por el pasillo me parece demasiado ruidoso.
Cierro la puerta con rapidez y apoyo la espalda en ella.
Exhalo.
Salvada.
El silencio me envuelve.
Entonces—
Tres golpes secos.
Mi corazón se detiene.
No respiro.
Me quedo inmóvil, como si pudiera desaparecer si no hago ruido.
Tal vez se marche.
Tal vez piense que no estoy.
—Elora. Sé que estás ahí.
La voz de Kael atraviesa la madera como si no existiera.
Mi pulso retumba en mis oídos.
Silencio.
No abro.
No respondo.
Al otro lado, su voz vuelve a sonar. Más baja. Más firme.
—Mañana no podrás evitarlo.
No hay amenaza en el tono.
Solo certeza.
Escucho sus pasos alejarse por el pasillo.