La biblioteca de este lugar se ha convertido, casi sin darme cuenta, en un hogar. Igual que el jardín.
Un lugar seguro.
Un lugar al que pertenezco… incluso sin quererlo.
Por eso mis pasos siempre terminan aquí.
Hoy, sin embargo, no busco respuestas.
No quiero leer.
No quiero entender.
Solo… paz.
Me dejo caer en un rincón apartado y cierro los ojos, aferrándome a esa calma frágil que apenas logro rozar.
Intento ordenar mis pensamientos.
Estas últimas semanas… meses…
Ni siquiera sé cuánto tiempo ha pasado.
Mi vida ha cambiado por completo.
Todo parece haber ocurrido hace un instante. Como si todavía estuviera en el orfanato, ajena a este mundo.
Y, sin embargo, ahora…
Ahora soy algo distinto.
Algo que no termino de comprender.
La última portadora de sombras.
Una pieza clave en un equilibrio que apenas entiendo.
Y lo peor es que…
ni siquiera sé cuál es mi lugar en todo esto.
El rostro de Helena aparece en mi mente sin esfuerzo.
Siempre fue mi lugar seguro.
La única constante.
Trago saliva.
Y ahora…
ahora estoy aquí.
No vine por elección propia.
Pero me quedé.
La idea se asienta en mi pecho con un peso incómodo.
Me fui.
La dejé atrás.
Cierro los ojos con más fuerza.
Ahora sé lo que Magnus es.
Sé de lo que es capaz.
Y aun así…
Helena sigue allí.
En su palacio.
Sola.
Una punzada de culpa me atraviesa.
Ni siquiera me he detenido a pensar si está bien.
Si sigue a salvo.
Si—
Mi respiración se corta.
La carta.
Aquel intento torpe, desesperado.
Kael la destruyó.
Aprieto los dedos contra la tela de mi ropa.
Ni siquiera lo intenté de nuevo.
Ni siquiera insistí.
El silencio de la biblioteca se vuelve más pesado.
Más acusador.
—Te escondes bien.
Abro los ojos.
Kael está allí, apoyado contra una estantería, a unos pasos. No sé cuánto tiempo lleva. No lo oí entrar. No lo sentí.
Y eso me inquieta más que su presencia.
—No me escondo —respondo en voz baja.
—No —dice, sin apartar la mirada—. Solo eliges bien dónde desaparecer.
Sus palabras me tensan.
Quizá porque no están del todo equivocadas.
Quizá porque me impidió contactar con Helena.
Porque decidió por mí.
Porque me trajo aquí… aunque fuera para protegerme.
O quizá porque, a pesar de todo, no puedo dejar de pensar en él.
Me incorporo ligeramente.
—Hoy no quería entrenar.
—No he venido a entrenarte.
El silencio cae entre nosotros, denso.
—Entonces, ¿a qué has venido?
Kael tarda en responder.
—A ver si estabas bien.
—Lo estoy.
—No.
No es duro.
Pero es firme.
Aprieto la mandíbula.
—No tienes que vigilarme.
—No lo hago.
Da un paso hacia mí.
Luego otro.
Sin prisa.
—Entonces, ¿qué haces?
—Intento entenderte.
Sostengo su mirada.
—Ni siquiera yo lo hago.
El silencio cambia.
Se vuelve más pesado. Más íntimo.
—Elora… —empieza.
—Kael… —lo interrumpo.
Se detiene.
Me deja continuar.
—Necesito contactar con Helena.
Su expresión no cambia.
Pero algo en su mirada sí.
—Es peligroso.
—Precisamente por eso —mi voz se eleva, contenida—. Magnus es peligroso.
Doy un paso hacia él.
—Y yo la dejé allí.