La mañana llega demasiado pronto.
O quizá soy yo la que no ha dormido lo suficiente.
Permanezco unos segundos mirando el techo, sin moverme, como si al quedarme quieta pudiera evitar pensar en lo ocurrido la noche anterior.
Pero no funciona.
Las palabras de Kael siguen ahí.
Su voz.
Su mirada.
Y ese instante.
Ese momento en el que todo estuvo a punto de cruzar una línea que ninguno de los dos se atrevió a traspasar.
Cierro los ojos un segundo.
Error.
Lo recuerdo con demasiada claridad.
Su cercanía.
El calor de su cuerpo.
La forma en la que el aire parecía detenerse entre nosotros.
Y cómo se apartó.
“Aún no.”
Las palabras resuenan con más fuerza ahora que entonces.
Exhalo despacio y me incorporo.
No debería importarme.
No debería pensar en ello.
Tengo cosas más importantes de las que preocuparme.
Helena.
Magnus.
El equilibrio.
Mi poder.
Y, aun así…
es en eso en lo que pienso.
Sacudo ligeramente la cabeza, como si pudiera despejarme.
Inútil.
Me levanto finalmente y salgo de la habitación sin pensarlo demasiado, dejando que mis pasos decidan por mí.
El pasillo está en silencio.
Todo parece… normal.
Como si nada hubiera cambiado.
Pero lo ha hecho.
Lo siento.
En mí.
En el aire.
En la forma en la que respiro.
Doblo una esquina.
Y me detengo.
Kael está allí.
Apoyado contra una de las columnas, como si llevara tiempo esperando.
Como si supiera que iba a aparecer.
Nuestros ojos se encuentran.
Ninguno habla.
El silencio que se forma no es incómodo.
Pero tampoco es sencillo.
Es… distinto.
Más consciente.
—Has madrugado —dice finalmente.
Su voz suena igual que siempre.
Controlada.
Pero hay algo más.
Algo que solo noto ahora.
—No he dormido mucho —respondo.
Él asiente, como si no le sorprendiera.
Como si hubiera esperado esa respuesta.
Un instante más de silencio.
—¿Vas a entrenar?
La pregunta es sencilla.
Demasiado.
Lo observo un segundo.
—No lo sé.
Es la verdad.
Kael mantiene la mirada unos segundos más.
Luego aparta la vista, como si tomara una decisión.
—Ven.
No es una orden.
Pero tampoco una sugerencia.
Frunzo ligeramente el ceño.
—¿A dónde?
—A caminar.
Parpadeo, sorprendida.
No es lo que esperaba.
No después de todo lo de ayer.
Kael ya se ha incorporado, como si diera por hecho que voy a seguirlo.
Dudo un instante.
Solo uno.
Y luego…
camino tras él.
Salimos al jardín.
El cielo está teñido de una luz suave, y el aire fresco del inicio del día eriza ligeramente mi piel.
Me abrazo a mí misma, intentando conservar el calor.
Kael lo nota.
Se acerca apenas unos centímetros.
Lo suficiente para que nuestros brazos se rocen.
No se aparta.
Seguimos caminando en silencio.
Ninguno de los dos parece dispuesto a romper esa calma tensa que aún se arrastra desde la noche anterior.
Hasta que, al final—
—Este siempre ha sido mi hogar.
Su voz llega baja, casi distraída.
Miro hacia él.
No me está mirando.
Observa el jardín, como si lo estuviera viendo… y recordando algo distinto al mismo tiempo.
—Aunque no siempre fue así.