La mañana llega… distinta.
No sabría explicar por qué.
Todo parece igual: la luz filtrándose por las ventanas, el murmullo lejano del lugar despertando, el peso de las horas que siguen avanzando sin detenerse.
Y, aun así…
no lo es.
Me muevo por los pasillos como siempre.
Respiro como siempre.
Entreno… como siempre debería.
Pero nada encaja del todo.
El recuerdo sigue ahí.
No constante.
No abrumador.
Peor.
Aparece en los momentos más inesperados.
En un gesto.
En un silencio.
En la forma en la que mi cuerpo recuerda algo que mi mente aún no termina de ordenar.
Sacudo la cabeza, como si pudiera apartarlo.
Inútil.
Doblo el pasillo que conduce a la sala de entrenamiento.
Me detengo antes de entrar.
Hay voces dentro.
Reconozco la de Kael.
Y la de Ayla.
No debería escuchar.
Lo sé.
Pero algo en el tono de Kael…
me detiene.
—…no cambia nada.
El aire se queda atrapado en mis pulmones.
Silencio.
No me muevo.
No respiro.
—Kael… —la voz de Ayla suena más baja, más difícil de descifrar—. Después de lo de ayer—
—No cambia nada —repite él.
Más firme esta vez.
Más claro.
—La situación es la misma. Elora sigue siendo la clave. Magnus sigue siendo el objetivo.
Cada palabra cae con precisión.
Sin vacilar.
Sin dudar.
Como si lo hubiera decidido antes de decirlo.
Como si lo tuviera claro.
Demasiado claro.
—No podemos permitirnos errores.
Un silencio.
—Ni distracciones.
Algo en mi pecho se tensa.
No duele.
No del todo.
Es… otra cosa.
Más frío.
Más limpio.
Más fácil de ignorar.
O eso intento.
—Lo tengo bajo control —añade.
Cierro los ojos un segundo.
Solo uno.
Suficiente.
Cuando los abro, ya no estoy escuchando.
Estoy entendiendo.
O creyendo entender.
Doy un paso atrás.
Luego otro.
Sin hacer ruido.
Sin que nadie note que estuve allí.
El pasillo vuelve a ser solo un pasillo.
Normal.
Vacío.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no acabara de escuchar algo que…
lo cambia todo.
O quizá no.
Quizá no cambia nada.
Aprieto ligeramente la mandíbula.
Respiro hondo.
Y esta vez sí—
entro en la sala de entrenamiento.
Como si nada.
Apenas entro, Ayla alza la vista.
Su expresión es la de siempre.
Esa mezcla de desconfianza y distancia que nunca se molesta en disimular.
Sus ojos pasan de mí a Kael en apenas un segundo.
Y luego… se marcha.
Sin decir nada.
Sin despedirse.
Nos deja solos.
Asiento ligeramente con la cabeza y avanzo hacia el centro de la sala.
No lo miro.
No demasiado.
No ahora.
Mis manos se tensan apenas mientras adopto la posición inicial.
Quiero entrenar.
Solo eso.
Moverme.
Pensar en otra cosa.
En cualquier cosa.
Menos en sus palabras.
Menos en lo que creo que significan.
Siento su mirada antes de que diga nada.