Parpadeo.
El mundo es difuso al principio, como si la realidad tardara en recomponerse. Una luz tenue se cuela por la ventana y dibuja las formas de la habitación en sombras suaves, desconocidas.
No es la sala de entrenamiento.
No es la biblioteca.
Mi cuerpo duele.
Cada músculo. Cada articulación.
El mareo me obliga a apoyarme contra la cama antes siquiera de intentar incorporarme. Todo pesa demasiado, como si aún no hubiera vuelto del todo.
Observo a mi alrededor.
Paredes lisas. Muebles mínimos. Una cama simple y limpia.
No hay lujo. No hay ornamentos.
Solo… austeridad.
Al fondo, Kael está sentado en una silla.
No me pierde de vista.
Su expresión no juzga. No hay frialdad, ni distancia. Solo… preocupación. Una tensión contenida que se refleja en cada línea de su rostro, en la rigidez de sus manos apoyadas sobre las piernas, preparadas para reaccionar.
—Estás despierta —dice al fin.
Su voz es baja, pero firme. Cargada de algo que no intenta ocultar.
No respondo.
No puedo.
Cada respiración me duele.
Se levanta despacio y da un paso hacia mí, midiendo la distancia, evaluando si puedo moverme sin romperme del todo.
—Tranquila, no te muevas. Esta es mi… habitación.
Mi pecho da un vuelco.
—¿Tu habitación? —susurro, aún desorientada.
Asiente, sin apartar los ojos de mí.
—Necesitaba asegurarme de que te recuperaras. No podía dejar que siguieras empujando tus límites hasta romperte… —hace una breve pausa—. Y está más cerca de la sala de entrenamiento. No quería cargarte por todo el lugar. Con toda la gente.
Trago saliva.
La gente.
Ayla. Iseva.
El refugio entero.
Quiero hablar. Quiero decirlo. Quiero explicarle que todo esto… que quizá Magnus—
Pero las palabras no salen.
Se quedan atrapadas.
Pesadas.
Cierro los ojos un instante, dejando que las sombras me envuelvan apenas, lo justo para recuperar algo de equilibrio, de fuerza… de control.
Y entonces—
algo cambia.
No son las sombras de la habitación. Ni siquiera las cercanas.
Es otra cosa.
Una oscilación.
Un temblor sutil en el aire, más allá de estas paredes, extendiéndose por los campos que rodean el refugio.
Algo se acerca.
Lo noto.
No lo veo, pero lo siento con una claridad que me hiela la sangre.
—Kael… —mi voz apenas es un hilo—. Creo… creo que Magnus sabe dónde estamos.
Sus ojos se abren al instante.
Alarma pura.
Pero no llega a responder.
La puerta se abre de golpe.
Ayla aparece en el umbral, tensa, alerta. Su mirada pasa de Kael a mí en una fracción de segundo. Se detiene apenas un instante, como si no esperara encontrarme aquí… o no así.
—Kael. Alguien se acerca. Un bastión del palacio. Debemos estar preparados.
Mi pecho se encoge.
No entiendo del todo lo que ocurre. No aún.
Pero el peligro es real.
Lo siento.
Kael se gira hacia mí.
Nuestros ojos se encuentran.
Y ahí está.
Preocupación. Tensión.
Y algo más.
Algo que duele reconocer.
—¿Qué has hecho, Elora? —dice.
No espera respuesta.
Se mueve de inmediato.
El aire se vuelve más denso, como si la habitación misma contuviera el aliento ante lo que está por llegar.
Mis sombras reaccionan solas, agitándose a mi alrededor, extendiéndose en un impulso instintivo de protección.
Kael se coloca frente a mí.
Rígido. Preparado.
—Mantente cerca —susurra—. No hay tiempo para dudas.
Intento asentir.
Pero por dentro todo se rompe.
Quiero decírselo.
Quiero confesarlo todo.
Que Magnus me sintió. Que quizá me escuchó. Que esto… esto puede ser culpa mía.
Pero no puedo.
No ahora.
No cuando el peligro ya está aquí.
Salimos junto a Ayla hacia la entrada.