Apenas he podido dormir. Noto los latidos de mi corazón desbocados. Pienso en volver a huir, en no presentarme al entrenamiento, pero recuerdo las palabras de Kael:
—Mañana no podrás evitarlo.
Sé que no. Sé que cumplirá su promesa. Que me buscará aunque me esconda en lo más profundo de este lugar. Por eso voy.
Respiro una, dos veces. Abro la puerta de la sala de entrenamiento.
Silencio.
Kael está en el centro, con sus ropas de entrenamiento. Su porte regio. Su mirada distante.
Estamos solos.
Sé que Ayla y yo no somos amigas, ni siquiera nos llevamos bien, pero hoy habría agradecido que estuviera aquí.
Kael no me saluda. Yo tampoco. Solo lo miro fijamente.
Al final, con un suspiro apenas perceptible, hace un gesto con la mano invitándome a acercarme.
Dudo. Pero lo hago.
Cuando me detengo frente a él, sus únicas palabras son:
—Vamos a empezar donde lo dejamos el otro día.
Nada más.
Siento entonces su luz empujar contra los límites de mi sombra. No es un ataque. Es una presión constante, calculada. Como si tanteara una herida para comprobar si sigue abierta.
Mis sombras responden de inmediato. Se agitan bajo mi piel. No me miran a mí. Lo miran a él.
—Concéntrate —dice.
No lo estoy mirando ya. No quiero.
Extiendo la sombra como puedo, tratando de mantenerla estable. La luz de Kael la delimita, como la última vez. Precisa. Controlada.
Equilibrio.
Pero esta vez no hay cercanía. No hay calor. Solo distancia.
—Estás conteniéndote —observa.
No respondo. Mis sombras tiemblan.
—Concéntrate en el ejercicio —murmuro.
Su luz se intensifica apenas.
—Elora.
Mi nombre en su voz no es suave. Es una orden.
Levanto la mirada, obligada. Sus ojos me estudian. No como a una alumna. Como a un problema.
—Tus sombras reaccionan antes que tú —dice—. Y ahora mismo están respondiendo a algo que no es el entrenamiento.
Aprieto los dientes.
—No todo gira en torno a ti.
Un segundo de silencio.
—No —responde con calma—. Pero ahora mismo sí.
La sombra se expande con brusquedad, como si mi cuerpo hubiera perdido la paciencia que mi boca intenta sostener.
La luz la contiene. Equilibrio forzado.
—Di lo que estás pensando —ordena.
—No tengo nada que decir.
Da un paso más cerca. La luz no invade. No toca. Solo está.
—No puedes seguir mirándome como si yo fuera una acusación sin formular.
Eso me atraviesa. Mis sombras se arremolinan a mi alrededor, inquietas.
—¿Fuiste tú? —las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
Silencio absoluto. La luz no se mueve.
—No.
Mi corazón golpea contra mis costillas.
—Pero llegué tarde.
La sala parece encogerse.
—¿Tarde a qué?
Su mandíbula se tensa por primera vez.
—Confié en él —dice al fin—. Como todos. Pensé que el equilibrio exigía decisiones difíciles. No entendí lo que estaba haciendo… hasta que lo vi.
—¿Qué viste?
Su mirada no se aparta de la mía.
—Ya no tenía sombras cuando llegué.
El aire se vuelve pesado.
—Magnus —añade, sin título, sin reverencia—. Las tomó.
El nombre cae como una sentencia. Mis sombras reaccionan con violencia. El frío se intensifica.
—Intenté salvarla —continúa—. Pero no quedaba nada que devolver.
Lo observo. Busco mentira. Busco orgullo. Busco culpa. Encuentro algo peor: arrepentimiento.
Y entonces lo entiendo.
—Por eso me entrenas así —susurro—. Por eso no me advertiste. Necesitas que esté preparada.
No lo niega. Ese silencio es suficiente.
El golpe real llega después.
—No soy ella.
Mi voz tiembla, pero no retrocedo.
—No soy la sombra que no pudiste salvar. Y no soy tu arma.
Algo cambia en su expresión. No luz. No estrategia. Algo humano.
—Nunca te he visto como un arma.
—Entonces, ¿qué soy? —pregunto.
Por primera vez desde que entré, Kael duda.
—Eres la única posibilidad de equilibrio que queda.