El silencio no llega cuando Helena se marcha.
Llega algo peor.
Ruido contenido.
Respiraciones tensas.
Órdenes en voz baja que no consiguen ocultar el miedo.
El refugio entero vibra.
Pero yo…
yo solo puedo pensar en una cosa.
Lo sabe.
Magnus lo sabe.
Siento las manos frías. Vacías. Inútiles.
Mis sombras siguen desplegadas a mi alrededor, pero ya no son protección. Son un reflejo de todo lo que no puedo contener.
Culpa.
Miedo.
Urgencia.
—Refuercen los accesos —ordena Ayla, moviéndose con rapidez—. Nadie entra ni sale sin mi permiso.
Su voz corta el aire con precisión.
Todo el mundo responde.
Menos yo.
Sigo en el mismo sitio.
Sin moverme.
Sin respirar del todo.
—Elora.
La voz de Kael no es alta.
Pero atraviesa todo.
Alzo la mirada.
Está frente a mí.
Más rígido de lo habitual. Más contenido.
Más… lejos.
—Ven —dice.
No es una invitación.
Es una decisión.
Mis pies se mueven antes de que pueda pensarlo.
Lo sigo.
Atravesamos el refugio en silencio. La gente se aparta a nuestro paso. Nadie habla. Nadie pregunta.
Pero todos miran.
Saben.
O lo intuyen.
Llegamos a una sala vacía. Pequeña. Cerrada.
Kael cierra la puerta tras nosotros.
El sonido resuena más de lo que debería.
Y entonces—
silencio.
De verdad.
No hay escapatoria aquí.
No hay distracciones.
Solo nosotros.
Y lo que no estoy diciendo.
—¿Qué ha pasado?
No hay rodeos.
No hay suavidad.
Solo verdad.
Trago saliva.
Podría mentir.
Podría decir que no sé nada.
Podría—
No.
No después de esto.
—Magnus… —empiezo, pero la voz me falla.
Cierro los ojos un segundo.
—Creo que me sintió.
El silencio se rompe.
No por sonido.
Por tensión.
—¿Cómo? —pregunta Kael.
Más bajo ahora.
Más peligroso.
—A través de Helena —respondo—. Intenté… conectar con ella. No fue intencionado. Solo… ocurrió.
Abro los ojos.
Lo miro.
No aparto la mirada.
—Lo vi. Lo escuché.
Una pausa.
—Y creo que él… también.
Las palabras caen.
Pesadas.
Irreversibles.
Kael no reacciona de inmediato.
Eso es peor.
Mucho peor.
Porque cuando lo hace—
es control.
Puro control.
—¿Cuándo?
—Antes de que llegara.
Asiente despacio.
Como si encajara piezas.
Como si todo empezara a tener sentido.
—Y no lo dijiste.
No es una pregunta.
Aprieto la mandíbula.
—No estaba segura.
Otra pausa.
—Y luego… fue demasiado tarde.
El silencio se vuelve insoportable.
Puedo sentir cómo se tensa.
Cómo contiene algo.
Rabia. Miedo.
¿Decepción?
—Has puesto en riesgo a todos —dice al fin.
No levanta la voz.
No hace falta.
Cada palabra golpea más fuerte así.
Bajo la mirada.
Lo sé.
Claro que lo sé.
—Lo sé.