Las palabras de Iseva se quedan conmigo.
No desaparecen.
No se diluyen.
Se asientan.
Me empujan.
A ser mejor.
A no quedarme quieta.
A no dejar que el miedo decida por mí.
A entrenar.
A estar preparada.
Porque ahora lo entiendo.
No es “si Magnus viene”.
Es cuándo.
Y cuando ocurra…
no puedo permitirme fallar.
Iseva tiene razón.
No había sido consciente hasta ahora, pero ya he tomado una decisión.
La tomé hace tiempo.
He decidido formar parte de este lugar.
De esta causa.
De esta lucha.
He decidido quedarme.
Con Iseva.
Con Kael.
Con todos los que han construido esto… incluso después de haberlo perdido todo.
Y aunque una parte de mí sigue deseando que Helena pudiera formar parte de ello…
sé que ese no es el camino que ha elegido.
No ahora.
Miro a mi alrededor una vez más.
El jardín.
El refugio.
Mi hogar.
Sí.
Mi hogar.
Por eso…
no voy a quedarme esperando.
Voy a entrenar.
A afinar cada parte de mis habilidades.
A entenderlas.
A dominarlas.
No solo para luchar.
Para proteger.
Porque esta vez…
no lo hago por obligación.
Lo hago porque no pienso perder esto.
Dejo atrás el jardín sin mirar atrás.
No quiero darme tiempo a dudar.
El camino hacia la sala de entrenamiento se me hace corto. Demasiado corto. Como si mi cuerpo ya supiera hacia dónde voy antes de que mi mente termine de decidirlo.
Cuando entro, el aire es distinto.
Más frío.
Más limpio.
Más… controlado.
Exactamente lo que necesito.
No me detengo.
Me coloco en el centro de la sala y cierro los ojos un instante.
Respiro.
Estoy sola.
Y no me importa.
Quiero entrenar.
Quiero ser útil.
Quiero proteger a esta gente… incluso si eso significa ponerme en peligro a mí misma.
Así que entreno.
Llamo a mis sombras.
No responden con violencia, sino con precisión. Como una extensión natural de mi cuerpo, de mi intención. Las moldeo, las lanzo, las hago girar en el aire antes de volver a atraerlas hacia mí. Cambian de forma, de densidad, de función.
Ataque.
Defensa.
Percepción.
Las extiendo por la sala, rozando las paredes, filtrándose en los huecos donde la luz no alcanza del todo. No para ocultarme. Para entender.
Para sentir.
El espacio.
Las tensiones.
Los pequeños cambios en el aire.
Ya no son solo poder.
Son control.
Son… conciencia.
No sé cuánto tiempo pasa.
El tiempo se disuelve entre movimiento y respiración, entre intento y corrección, entre lo que hago… y lo que empiezo a comprender.
Hasta que lo siento.
Antes de verlo.
Mis sombras reaccionan primero.
Se tensan levemente.
Se orientan.
Hacia él.
Kael.
Mi respiración se corta un segundo.
Y entonces llega el pensamiento.
Rápido.
Frío.
Imposible de ignorar.
¿Y si ha cambiado de idea?
¿Y si decide que dejarme quedarme fue un error?
La posibilidad se instala en mi pecho con una claridad incómoda.
Podría entregarme a Magnus.
Para salvar a su gente.
Para proteger este lugar.
Y si esa fuera su decisión…
cierro los ojos apenas un instante—
no lo culparía.
Porque entiendo lo que está en juego.
Entiendo el peso que lleva.
Entiendo lo que significa ser la esperanza de todos.
Y, aun así…
mis sombras titilan.
No por miedo.
Por algo peor.
Por no saber qué haría yo.
—¿Entrenamos?
Su voz rompe el hilo de pensamientos.
Abro los ojos.
Está ahí. Como siempre. Sereno. Medido. Inmutable en apariencia.