El trayecto de vuelta es distinto.
No porque el camino haya cambiado.
Ni porque el carruaje sea otro.
Sino porque nosotros ya no somos los mismos.
Nadie habla. Ayla mantiene la mirada fija al frente, más rígida de lo habitual. Como si no quisiera pensar demasiado en lo que hemos visto. O en lo que significa.
Yo tampoco digo nada. No sabría cómo ponerlo en palabras.
El letargo… no era lo que esperaba. No era oscuridad. No era presencia. Era algo peor.
Ayla conduce el carruaje. Kael y yo pasamos el viaje de vuelta en su interior.
Cierro los ojos un instante, apoyando la cabeza contra la madera del carruaje. El traqueteo es constante, casi hipnótico.
Pero no consigo descansar. Cada vez que lo intento, lo siento otra vez. Ese vacío. Ese lugar donde… no hay nada. Ni siquiera sombras.
Mis dedos se tensan ligeramente sobre mi regazo. Las llamo, por instinto. Responden. Pero más lento. Más débiles. Como si aún no hubieran terminado de recuperarse.
Exhalo despacio.
—¿Siguen… inestables?
La voz de Kael rompe el silencio. No abro los ojos.
—Un poco.
Una pausa.
—Volverán a la normalidad —dice—. Solo necesitas tiempo.
Asiento apenas. No sé si lo creo. O si necesito creerlo.
El carruaje se sacude ligeramente al tomar un desvío, y mi cuerpo se inclina sin que pueda evitarlo. El movimiento es pequeño, pero suficiente. Mi hombro roza el suyo. El contacto es leve. Accidental. Y, aun así, no me aparto de inmediato.
Durante un segundo, ninguno de los dos se mueve. Como si romper ese instante requiriera más esfuerzo del que tenemos.
Estoy cansada. Más de lo que debería. No es solo el cuerpo. Es… todo. La cabeza. El pecho. Las sombras. Todo pesa. Y por primera vez desde que empezó todo—no tengo fuerzas para sostener esa distancia.
Dejo que el contacto se mantenga. Mínimo. Casi inexistente. Pero real.
Kael no se aparta. No dice nada. Pero noto cómo su respiración cambia apenas. Más lenta. Más consciente. Como si también estuviera midiendo ese espacio invisible entre los dos. O decidiendo no hacerlo.
Pienso en todas las personas que viven ahora conmigo, que han visto cómo el letargo consumía su hogar. Pienso en Kael, en cómo ha visto impotente cómo el letargo ha arrasado con sus tierras, cómo ha tenido que improvisar un hogar para su gente.
Kael sacrificó a las sombras pensando que así salvaría al resto y, lo entiendo. Ahora que veo lo que el letargo le hace a la tierra, a los animales, a la gente, entiendo la desesperación por frenarlo. También entiendo su necesidad de acabar con Magnus, por su pueblo, por venganza, por justicia. Kael confió en él, entregó a su gente, pensando que los salvaría, que salvaría su hogar, y descubrió que estaba ayudando a justo lo contrario. Ha perdido y sacrificado más de lo que pueda imaginar y, aun así, sigue adelante. Sigue luchando.
Cierro los ojos, apoyando la cabeza contra el hombro de Kael. El carruaje traquetea, pero no es el sonido lo que siento, sino su presencia. Su calor. La forma en que cada pequeño movimiento suyo parece adaptarse a mí, sin esfuerzo, sin que yo lo note siquiera.
Estoy agotada. Todo mi cuerpo duele, pero más que eso, estoy vacía. Vacía de certezas, vacía de confianza en mí misma. El letargo… lo que hemos visto… todavía resuena en cada fibra de mi ser. Y aun así, aquí, con él, siento que puedo respirar, aunque sea por un instante.
Kael siempre me ha parecido inaccesible, impenetrable. Arrogante, prepotente, distante… un noble orgulloso y cerrado. Lo juzgué sin verlo realmente, sin intentar entenderlo. Creí que me odiaba, que todo lo que hacía conmigo tenía que ver con control, con obligación.
Pero… ¿y si no era así? ¿Y si siempre fue su forma de proteger, de cuidar, de mantener seguros a los que considera importantes? No lo sé. No puedo saberlo. No puedo distinguir entre lo que siente por mí y lo que simplemente es su naturaleza. Y esa duda me quema por dentro, me hace tambalearme. Porque quiero confiar. Quiero dejarme llevar. Pero tengo miedo. Miedo de que abrirme a él sea un error. Miedo de que, si confío demasiado, el mundo nos rompa a ambos.
Y aun así… no puedo apartarme. Cada vez que su hombro roza el mío, cada vez que siento su aliento cercano, cada vez que percibo su respiración ajustándose a la mía… algo en mí se suelta. Se relaja. Se rinde.
Mis manos descansan sobre mi regazo, y siento mis sombras reaccionar a mi estado, suaves, protectoras, un eco de la calma que Kael me da. Pero incluso ellas dudan. Porque aunque el peligro nos rodea, aunque Magnus siga ahí afuera, aunque el vacío del letargo aún me persiga… aquí, ahora, estoy vulnerable. Completamente vulnerable. Y eso me aterra y me reconforta al mismo tiempo.
—Kael… —susurro, casi sin voz, un hilo que podría romperse en cualquier momento—. Gracias… por todo… incluso por esto.
Él no responde de inmediato, pero no se aparta. Su cabeza se inclina apenas, midiendo si mis palabras necesitan algo más que silencio. No hace falta. Su presencia lo dice todo: firme, constante, atento.
—No tienes que dar las gracias —su voz baja, firme, y más cercana de lo que he sentido antes—. Solo… quédate aquí un momento.