El sueño me arrastra.
Todo se sume en la oscuridad…
y entonces—
una luz.
No es tenue.
No es lejana.
Es… absoluta.
La sigo.
No sé por qué.
No sé cómo.
Pero algo en mí responde a ella sin dudar.
Avanzo. O tal vez soy arrastrada.
Hasta que lo veo.
Una cúpula dorada, suspendida en la nada.
No hay suelo.
No hay cielo.
No hay mundo.
Solo eso.
Como si toda la luz existiera únicamente para concentrarse ahí.
Como si todo lo demás hubiera sido… borrado.
Mi respiración se corta.
Y entonces la veo.
En el centro.
Una figura inmóvil.
Doy un paso más, el corazón golpeándome el pecho con fuerza—
Helena.
Me quedo paralizada.
Durante un instante… no soy capaz de moverme.
No soy capaz de pensar.
Es ella.
Pero… no lo es.
Hay algo en su postura. En su quietud.
En la forma en la que simplemente… está.
Vacía.
—Helena…
Mi voz sale rota.
Entonces reacciono.
Corro.
—¡Helena!
Mi voz se quiebra al gritar su nombre. Una vez. Otra. Otra más.
Pero ella no se mueve.
No gira la cabeza.
No parpadea.
No respira.
Sigo corriendo hasta que llego al borde de la cúpula—
y algo me detiene.
No es una barrera visible.
No hay muro.
Pero está ahí.
Lo siento en cuanto intento atravesarla.
Un impacto seco. Invisible.
Y entonces—
mi cuerpo se debilita.
Las sombras…
mis sombras…
vacilan.
Se apagan.
No desaparecen.
Pero es como si alguien… las estuviera drenando.
Como en el letargo.
Peor.
Porque aquí no es ausencia.
Es contención.
Como si este lugar no les perteneciera.
Como si no tuvieran derecho a existir aquí.
—Helena… por favor…
Apoyo las manos contra esa barrera invisible.
Fría.
Inmutable.
—Escúchame…
Mi voz ya no es un grito.
Es una súplica.
Ella, por fin—
se mueve.
Muy despacio.
Sus ojos se alzan…
y me miran.
Pero no hay reconocimiento.
No hay emoción.
No hay nada.
Solo una mirada… vacía.
Inerte.
Como si yo no estuviera allí.
Como si ya fuera demasiado tarde.
Un escalofrío me atraviesa el cuerpo.
—No…
Niego, retrocediendo apenas, incapaz de aceptar lo que estoy viendo.
—Helena, soy yo…
Pero mis palabras no llegan.
No la alcanzan.
No la tocan.
Nada lo hace.
Y entonces lo entiendo—
No es que no pueda oírme.
Es que…
ya no está.
Y el miedo que siento en ese instante…
es peor que cualquier oscuridad.
Me despierto sobresaltada.
El aire entra de golpe en mis pulmones, como si hubiera estado conteniendo la respiración demasiado tiempo.
Tardo unos segundos en ubicarme.
En reconocer el techo.
El movimiento suave del carruaje.
La realidad.
Solo ha sido un sueño.
O eso intento decirme.
Pero no encaja.
No se sentía como un sueño.
Mis dedos se tensan sobre mi regazo, aún con la sensación de aquella barrera fría pegada a la piel.
De aquella luz… demasiado perfecta.
Demasiado… ajena.
Trago saliva.
Tal vez he entrado en uno de los sueños de Helena.
La idea se instala en mi mente con una claridad incómoda.
Sería posible.
Ya lo he hecho antes.
Pero…
niego levemente.
No.
No se sentía así.
No era como cuando entro en los sueños de Kael.
Con él hay… conexión.
Una especie de hilo invisible que me guía, que me sostiene, que me permite estar ahí sin perderme.
Esto—
esto era distinto.
Frío.
Lejano.
Cerrado.
Como si hubiera estado mirando desde fuera.
Como si… no hubiera nada a lo que aferrarse dentro.
Un escalofrío recorre mi espalda.
Debe ser la preocupación por ella, el cansancio, el letargo que me ha afectado… pienso.
Debe ser solo un sueño.
Y ese pensamiento me consigue tranquilizar… apenas.
Pero en algún lugar, en lo más profundo, sé que no puedo estar segura.
Que lo que vi podría ser más que un sueño.
Que tal vez he sido testigo de algo que escapa a mi control.
Y eso… me deja en vilo.