El carruaje se detiene con un leve tirón.
No me había dado cuenta de en qué momento dejamos atrás el camino.
Parpadeo, aún con el peso de la visión agarrado a mi pecho como una sombra que no termina de irse.
La luz exterior es distinta. Más cálida. Más real.
Pero no consigue borrar del todo lo que he visto.
—Hemos llegado —dice Ayla desde fuera.
Su voz suena lejana. Como si aún estuviera a medio camino entre ese lugar… y este.
Me incorporo despacio.
El movimiento hace que mi hombro deje el de Kael, y el cambio se siente más de lo que debería.
Más frío.
Más vacío.
No digo nada.
Él tampoco.
Pero cuando salimos del carruaje, noto su mirada sobre mí. Evaluando. Midiendo algo que no digo.
El aire del refugio debería tranquilizarme.
Debería.
Pero no lo hace.
Todo parece igual.
La gente. Las luces. Las voces bajas.
Y aun así… hay una distancia.
Como si una parte de mí no hubiera vuelto del todo.
Doy un paso.
Y entonces—
me tambaleo.
Es mínimo.
Casi imperceptible.
Pero Kael lo nota.
Siempre lo nota.
Su mano se cierra alrededor de mi brazo antes de que pueda caer.
Firme.
Cálida.
Real.
—Eh.
Su voz es baja. Cercana.
Demasiado cercana.
—Estoy bien —respondo demasiado rápido.
Demasiado automático.
Sus ojos no me creen.
Y no intenta fingir que lo hacen.
—No —dice simplemente—. No lo estás.
El silencio entre los dos se estira un segundo.
Dos.
Tres.
Podría apartarme.
Podría insistir.
Podría cerrar esa puerta como hago siempre.
Pero no lo hago.
Estoy cansada.
Demasiado cansada para sostener mentiras.
Exhalo despacio.
—Solo… necesito un momento.
Él asiente.
No hace preguntas.
No insiste.
Solo toma una decisión.
—Ven.
No es una orden.
Pero tampoco es una sugerencia.
Su mano no me suelta.
Y esta vez—
no la retiro.
Lo sigo.
Atravesamos el pasillo principal, alejándonos del ruido, de la gente, de todo lo que exige que esté entera.
Cada paso reduce el mundo.
Hasta que solo queda esto.
El silencio.
Y él.
Nos detenemos frente a una puerta que reconozco.
Mi pulso da un pequeño salto.
Su habitación.
Ya había estado aquí.
Pero no de verdad.
No consciente.
No así.
Kael abre la puerta sin soltarme.
Duda apenas un segundo—
como si estuviera valorando algo.
Como si no estuviera seguro de si debería dejarme entrar.
Y entonces decide.
La puerta se abre.
El interior es exactamente como lo recuerdo…
y completamente distinto.
Austero.
Sencillo.
Sin adornos innecesarios.
Pero ahora lo veo.
De verdad.
El orden.
La precisión.
Cada cosa en su sitio.
Como si este lugar fuera lo único que puede controlar.
Me suelta con cuidado.
No del todo.
Solo lo suficiente.
—Siéntate —dice.
Obedezco sin pensar.
La cama cede bajo mi peso, y no había sido consciente de lo cansada que estaba hasta este momento.
Hasta ahora.