Kael permaneció inmóvil, observando cómo Elora finalmente se entregaba al sueño. Cada respiración suya era un hilo que lo conectaba con ella, cada pequeño movimiento de sus manos un indicio de su cansancio y vulnerabilidad. No hizo ruido. No quería romper aquel momento que apenas podían permitirse.
Su rostro, relajado por primera vez en semanas, le resultaba extraño y familiar al mismo tiempo. Era ella, sí… pero también algo más, algo que solo la cercanía podía revelar. Kael percibió el miedo latente que aún la habitaba, esa tensión que no podía soltar del todo, y un deseo silencioso lo impulsó a envolverla con su propia luz, con la calma que podía ofrecer.
Ella le había pedido que se quedara, y él deseaba que fuera para siempre. Recordó entonces la primera vez que la vio en el cenador del palacio. Le pareció preciosa, pero odiaba que estuviera allí, que fuera otra más del séquito de Magnus. Luego, en el jardín, sin que ella lo supiera, observó la marca de su cuello. No podía ser… pensó entonces, y recordó aquella profecía, la última sombra. Vio cómo las Lumina Noctis se iluminaban tras su paso.
Hoy estaba aquí, a su lado. Dormida, confiando en él sin decirlo. Y esa confianza pesaba, aunque de una manera que no deseaba soltar.
Su mente volvió a la visión que la había atormentado: Helena, la cúpula, la luz imposible. Sabía que su poder, su don, podía traer señales que aún no comprendía del todo. Eso la hacía vulnerable… y, de algún modo, más fuerte.
Aprendió a sostener su mano con suavidad, con cuidado de no despertarla. Su miedo, aunque dormida, flotaba entre ellos. Kael sabía que temía volver allí, enfrentarse a lo que había visto, y sentía que debía protegerla de eso, de todo… incluso de lo que no podía controlar.
El silencio los envolvía, intacto. Las preocupaciones, la profecía, el letargo… todo quedaba fuera de la habitación. Solo existía ella, y la promesa silenciosa de Kael de no dejarla sola.
Aunque sabía que mañana el mundo reclamaría de nuevo su atención, mientras estuviera allí, mientras su respiración marcara el compás de ese instante, podía creer que todo estaba bien. Y mientras los párpados de Elora caían suavemente, Kael comprendió que aquel efímero momento de paz era suficiente.