El silencio de la habitación cambia cuando despierto.
No es el mismo de antes.
No es descanso.
Es… claridad.
Parpadeo despacio.
Durante un segundo no recuerdo dónde estoy.
Luego lo siento.
La cama.
El aire.
Y—
Kael.
Sigo sosteniendo su mano.
O él la mía.
No sé en qué momento pasó.
No se ha ido.
Me relajo al saberlo. Luego, me tenso.
No debería importarme tanto…
y, sin embargo, lo hace.
Me importa más de lo que me gustaría admitir, incluso a mí misma.
Me incorporo despacio, sin soltar su mano.
Lo observo.
No sé en qué momento se quedó dormido a mi lado, sosteniéndome, alejándome de las pesadillas.
Se le ve… en paz.
Relajado contra la cama que ocupo, como si, por una vez, el peso del mundo no estuviera sobre sus hombros.
Me permito mirarlo.
De verdad.
Como nunca me he atrevido.
Aquí, en la intimidad de su habitación, Kael no es el líder.
No es el estratega.
No es el hombre que siempre parece tener una respuesta, un plan, una carga más que sostener.
Aquí… es solo él.
Su respiración es lenta.
Constante.
Sus facciones, normalmente tensas, se suavizan.
Como si el descanso le devolviera algo que la vigilia le arrebata.
Y entonces lo veo.
No la fuerza.
No la autoridad.
La humanidad.
Algo en mi pecho se contrae.
Porque no sé si esto… también forma parte de todo lo demás.
Si esta cercanía es real.
O si es solo otra pieza dentro de algo que no alcanzo a ver.
Mis dedos se mueven levemente entre los suyos.
No me aparto.
Pero tampoco me acerco más.
Me quedo ahí.
En ese punto intermedio en el que nada está claro.
En el que todo podría ser verdad… o una mentira muy bien construida.
Trago saliva.
Con cuidado, deslizo mi mano fuera de la suya.
El contacto se rompe.
Y el frío que deja es inmediato.
Me pongo en pie.
Necesito moverme.
Pensar.
Alejarme lo suficiente como para no sentir esto tan cerca.
Mis pasos son suaves sobre el suelo.
La habitación sigue en silencio.
Demasiado ordenada.
Demasiado controlada.
Todo está en su sitio.
Como si aquí dentro nada pudiera desmoronarse.
Como si este fuera el único lugar donde Kael puede permitirse… mantener el equilibrio.
Mi mirada recorre cada rincón.
La mesa.
Los mapas.
Los documentos.
Hasta que algo rompe esa perfección.
Un pliegue.
Una esquina de pergamino que asoma entre varios papeles.
Casi escondido.
Casi olvidado.
Pero no lo suficiente.
Mi pulso se acelera.
Lo reconozco antes de tocarlo.
El mismo material.
La misma textura.
Como el que encontré en la biblioteca.
El que hablaba de la media luna.
De mí.
Doy un paso más.
No debería.
Lo sé.
Esto no es mío.
No es mi lugar.
No es—
—Elora.
Su voz a mi espalda.
Más despierta de lo que esperaba.
No me giro.
—No hace falta que mires eso.
Demasiado tarde.
Ya lo tengo entre las manos.
El pergamino cruje apenas al desplegarlo.
Más intacto que el anterior.
Como si alguien hubiera querido que esta parte… se conservara.
¿Por qué?
No respondo a Kael.
No le doy tiempo.
Empiezo a leer.
“Cuando la oscuridad y la luz se unan en un corazón…”
El aire se me queda atrapado en los pulmones.
No.
No puede ser.
Sigo.
“El equilibrio surgirá sobre la tierra.”
Mis dedos tiemblan.
Encaja.
Todo encaja.
Demasiado bien.
“Solo aquel que acepte la dualidad de su propia fuerza podrá sostener lo que se ha perdido.”
La media luna.
El equilibrio.
Yo.
“Lo que ha sido roto encontrará su centro, y lo que ha sido consumido será devuelto.”
Magnus.
El letargo.
Todo.
Todo tiene sentido.
Demasiado sentido.
Como si siempre hubiera estado ahí… esperando.