El aire frío me golpea en cuanto salgo.
Respiro.
Pero no sirve.
No calma.
No ordena.
No borra nada.
Sigo avanzando sin saber exactamente a dónde voy.
Los pasillos del refugio se abren ante mí como siempre… pero ya no se sienten igual.
Todo sigue en su sitio.
La gente.
Las voces bajas.
La luz tenue.
Pero yo no.
Yo no estoy en el mismo lugar que hace unos minutos.
Mis pasos se vuelven más rápidos.
Necesito distancia.
De la habitación.
Del pergamino.
De él.
Kael.
Su nombre atraviesa mi mente como algo que no puedo evitar.
Y con él—
el baile.
Todo mi ser vuelve una y otra vez a ese momento.
Su mano en mi espalda.
Su voz baja.
Su mirada.
No en mis ojos.
En mi cuello.
En la marca.
Aprieto con fuerza los puños.
—No…
Niego para mí misma.
No puede ser tan simple.
No puede ser solo eso.
Pero tampoco puedo ignorarlo.
Porque ahora todo encaja demasiado bien.
Demasiado perfecto.
Demasiado… preparado.
Me detengo de golpe.
El pecho me sube y baja con fuerza.
—¿Me ha estado guiando todo este tiempo…?
La pregunta sale en un susurro roto.
Y lo peor—
es que no sé si quiero la respuesta.
Unos pasos detrás de mí.
No necesito girarme.
Lo sé.
Siempre lo sé.
—Elora.
Su voz.
Más contenida que antes.
Más… cuidadosa.
Como si cualquier palabra pudiera romper algo.
Demasiado tarde.
No me giro.
—Deberías habérmelo dicho.
El silencio pesa entre nosotros.
—Lo sé.
Cierro los ojos un instante.
—¿Y por qué no lo hiciste?
No responde.
Otra vez.
Siempre el silencio.
Me giro entonces.
Por fin.
Está ahí.
A unos pasos de distancia.
Sin acercarse demasiado.
Como si entendiera que ahora mismo hay algo entre nosotros que no puede cruzar.
—¿Porque necesitabas estar seguro? —pregunto.
Silencio.
—¿Porque querías comprobar si encajaba?
Nada.
—¿O porque era más fácil…?
Trago saliva.
—…dejar que yo confiara en ti sin saber nada?
Sus ojos no se apartan de los míos.
Pero tampoco me da lo que necesito.
—No todo fue por la profecía.
La frase queda suspendida entre nosotros.
Podría significar algo.
Podría significarlo todo.
O nada.
Niego.
—Pero estuvo ahí.
No lo niega.
Y eso duele.
—No sé qué es real —admito.
Mi voz baja, más sincera de lo que quisiera.
—No sé si lo que hiciste fue por mí…
o por lo que soy.
El silencio se alarga.
Insoportable.
Porque no lo rompe.
Porque no puedo odiarlo del todo.
Y eso lo hace peor.
Mucho peor.
Trago saliva.
Siento algo romperse dentro.
Algo que no debería decir.
Algo que no quiero decir.
Pero que ya no puedo contener.
—Eso es lo que más odio…
Mi voz tiembla apenas.
—Que incluso ahora…
Bajo la mirada un segundo.
Demasiado tarde para detenerlo.
—…incluso sabiendo todo esto…