Un Reino de Rosas y Cenizas.

Prólogo.

El cielo sobre la ciudad no era azul, sino de un naranja sangriento, oscurecido por el hollín de las bibliotecas ardiendo.

El mundo antiguo se estaba cayendo a pedazos, y con él, el primer imperio que se atrevió a desafiar a los dioses.

Aric —Comandante de la Guardia de Plata— corría por los pasillos del Templo Interior. Sus botas, forjadas en acero bendito, chapoteaban en charcos que no eran de agua. El estrépito del acero contra el acero resonaba en el patio, donde sus hombres caían uno a uno ante los Inquisidores del Primer Canon.

—¡Cerys! —gritó, y su voz se quebró como el mármol bajo el fuego.

La encontró en el centro del Sanctum.

No estaba rezando.

Estaba de pie, con su túnica blanca manchada de carmesí, sosteniendo el Relicario que los dioses querían recuperar. Cerys, la Suma Sacerdotisa, la mujer que había sido su hogar desde que eran niños, lo miró con una calma que le dolió más que la flecha que tenía clavada en el hombro.

—Llegaste —susurró ella, y sus piernas cedieron.

Aric la atrapó antes de que tocara el suelo. Se dejó caer de rodillas, acunándola contra su armadura, ignorando el calor del metal que comenzaba a arder por el incendio circundante.

—No hables. Te voy a sacar de aquí. Siempre te saco de aquí —dijo él, desesperado, presionando su mano contra la herida abierta en el costado de ella.

Cerys sonrió, una sonrisa débil que sabía a despedida. Con dedos temblorosos, le acarició la mejilla, dejando un rastro de sangre sobre la piel de Aric.

—Esta vez no, mi valiente lobo. El hilo se está cortando. Puedo sentir el frío del vacío. El Canon ha ganado esta batalla... nos han marcado como heréticos porque nuestro amor no servía a sus tronos.

—¡Me importa un bledo su Canon y sus tronos! —rugió Aric hacia las sombras del techo que se derrumbaba—. Si los dioses te llevan, los perseguiré hasta el final del tiempo. Romperé las puertas del infierno con mis propias manos.

Cerys tosió, y un hilo de sangre escapó de sus labios. Sus ojos, antes brillantes como estrellas, comenzaban a nublarse.

—Prométemelo... —jadeó ella—. Prométeme que no te rendirás al olvido. Dicen que las almas beben del río del silencio antes de volver... Prométeme que me buscarás. No importa el nombre, no importa el rango... encuéntrame.

Aric acercó su frente a la de ella. En ese momento, el tiempo pareció detenerse. El humo dejó de girar, los gritos de la guerra se volvieron un susurro lejano. Él tomó la daga de su cinturón, no para defenderse, sino para realizar el rito más antiguo y prohibido: el Vínculo de las Almas Negadas.

Se cortó la palma de la mano y luego la de ella, entrelazando sus dedos para que su sangre se fundiera en una sola corriente.

—Te lo juro por el fuego que consume esta ciudad y por la oscuridad que me espera —dijo Aric con una voz que no era humana, sino una vibración del universo—. No importa cuántas veces el mundo gire. No importa si naces reina y yo un paria. No importa si el destino nos pone muros de piedra o coronas de hierro. Te encontraré. Mi alma está ligada a la tuya por este pacto. Te reconoceré en el aroma del viento, en el brillo de una mirada entre la multitud. Mi vida no será mía hasta que vuelva a estar a tu lado.

Cerys exhaló su último suspiro con esa promesa vibrando en sus oídos. Sus ojos se fijaron en los de él, grabando su imagen en la esencia misma de su espíritu. Cuando la luz se apagó en ella, un grito de agonía pura escapó de Aric, un sonido tan potente que las vidrieras del Sanctum estallaron en mil pedazos.

Los Inquisidores entraron al salón segundos después. Encontraron al Comandante abrazado al cadáver de la Sacerdotisa, rodeado de un aura de sombras que devoraba la luz de las antorchas.

—Ríndete, blasfemo —ordenó el Gran Vicario—. Ella ha muerto y tu linaje será borrado de la historia. Serás olvidado.

Aric levantó la vista. Sus ojos ya no eran humanos; eran pozos de una promesa eterna.

—Podéis borrar mi nombre —dijo, poniéndose de pie con el cuerpo de ella en brazos mientras las llamas lo envolvían todo—, pero no podéis borrar el hambre de un alma que ha decidido no morir. Nos volveremos a ver. Y cuando lo hagamos... vuestros tronos se convertirán en ceniza.

El techo colapsó, sepultándolos en un abrazo de fuego y piedra.

Mil años de silencio siguieron. Imperios cayeron, nuevos dioses se alzaron y el nombre de Aethelgard se convirtió en leyenda. El Canon de la Ley se escribió sobre las tumbas de los antiguos.

Pero en el tejido invisible del destino, un hilo negro y uno dorado seguían trenzados, esperando el momento exacto en que una dos almas volvieran a compartir el mismo aire, bajo el mismo cielo, listos para que la chispa de una vida olvidada incendiara de nuevo el mundo.

Historia original.

Diciembre,2025.



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En el texto hay: celos, amor, reyes y traicion

Editado: 28.01.2026

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