Un Reino de Rosas y Cenizas.

0.

El nacimiento de la reina.

4 del Compás de Aelion, año 432 de la Era del Eco.

La tormenta sobre el castillo de piedra no era de agua, sino de presagios. El viento aullaba entre las gárgolas de mármol como si el mismo cielo estuviera de parto o de luto, y en las entrañas de la fortaleza, el destino de la dinastía se decidía en dos alcobas separadas por apenas un muro de piedra y un abismo de silencio.

En la Gran Cámara Real, el aire olía a incienso rancio y a aceite de lámpara. El Rey Alaric II apenas era una sombra bajo las mantas de seda. Sus ojos, que alguna vez comandaron ejércitos, estaban fijos en el dosel de la cama, empañados por el velo de la fiebre.

A su lado, el Gran Maestre sostenía su mano marchita, contando los latidos que se escapaban como arena entre los dedos. Cada respiración del monarca era un silbido agónico, un esfuerzo titánico por no soltar el último hilo de vida. Alaric no esperaba la salvación; esperaba una señal.

Al otro lado de la pared, la Reina Consorte, Eliana, luchaba su propia batalla. El sudor le empapaba el cabello y sus dedos se hundían en las sábanas hasta romperlas. No había oro ni títulos que pudieran ahorrarle ese dolor.

—Ya casi, mi señora —susurraba la partera, cuya voz apenas se oía sobre el estruendo de un trueno que sacudió los cimientos del castillo.

Eliana soltó un grito que no sonó a súplica, sino a mandato. En ese último esfuerzo, el dolor se transformó en una fuerza eléctrica. Con un estallido de esfuerzo final, el llanto de un recién nacido cortó el aire pesado de la habitación. Era un llanto agudo, vibrante, lleno de una vitalidad que reclamaba su lugar en el mundo.

En ese preciso instante, en la alcoba contigua, el Rey Alaric abrió los ojos con una claridad sobrenatural. Escuchó el llanto a través de la piedra. Una chispa de reconocimiento cruzó su mirada gris; una media sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios lívidos.

El Rey exhaló. Fue un suspiro largo, un abandono total. El pulso en su muñeca se detuvo justo cuando la partera, al otro lado, alzaba a la pequeña criatura hacia la luz de las velas.

—Es una niña —anunció la partera con asombro—. Una princesa.

El Gran Maestre, sintiendo el frío repentino en la mano del rey, soltó un sollozo contenido.

—El sol se ha puesto —susurró el Maestre, poniéndose en pie con una solemnidad que hacía crujir sus huesos.

Caminó hacia la pesada puerta de roble y la abrió de par en par. En el pasillo, los generales y los nobles esperaban en un silencio sepulcral, con las manos en los pomos de sus espadas.

Al mismo tiempo, desde la habitación de la Reina Consorte, la partera salió sosteniendo un bulto envuelto en sedas blancas y púrpuras.

Las miradas de todos se cruzaron. No hubo necesidad de palabras. El contraste era absoluto: el silencio de la muerte contra el grito de la vida.

—Señores —la voz del Maestre retumbó, recuperando una fuerza que nadie le conocía—, el Rey Alaric II ha partido a las estancias de sus ancestros.

Se giró hacia la partera y, con una reverencia que le dobló la espalda hasta casi tocar el suelo, señaló a la pequeña criatura que apenas abría sus ojos por primera vez.

—Ante ustedes, la Primogénita del Linaje, única heredera de la sangre y el hierro. No hay varón que preceda su derecho, ni sombra que opaque su mando.

Los guardias, como un solo hombre, hincaron la rodilla en el frío mármol, haciendo que sus armaduras resonaran como un trueno en el corredor.

—El Rey ha muerto —proclamó el Maestre, alzando la vista hacia la bebé—. ¡Larga vida a la Reina!



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En el texto hay: celos, amor, reyes y traicion

Editado: 19.03.2026

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