Las noches nunca habían parecido tan largas como aquella y, por primera vez desde que llegué al campamento, deseaba que terminara de una vez.
Unas pisadas rompieron el silencio a nuestras espaldas. Antes de que pudiera reaccionar, una potente luz nos cegó por completo. Instintivamente levanté una mano para cubrirme los ojos mientras escuchaba la voz de uno de los consejeros.
—¡Los encontré!
Volteé a ver a Ash. Él hizo una mueca divertida antes de soltar un suspiro resignado. Nos habían atrapado.
Mientras caminábamos de regreso al campamento, mis botas se hundían en el suelo húmedo, haciendo que cada paso fuera más pesado que el anterior. Yo iba completamente resignada al castigo que nos esperaba. Ash, en cambio, parecía no comprender del todo en el problema en el que nos encontrábamos metidos.
Cada dos pasos intentaba iniciar una conversación con el consejero que nos escoltaba.
—¿Siempre son tan estrictos? —preguntó con una sonrisa.
No obtuvo respuesta.
Esperó unos segundos antes de volver a intentarlo.
—¿Y si prometemos que no volverá a pasar?
Silencio otra vez.
Suspiró dramáticamente y volvió a girarse hacia mí con una expresión que parecía decir «¿Puedes creer que no quiera hablar conmigo?».
No pude evitar soltar una pequeña risa.
—Creo que acabas de herir sus sentimientos —murmuré.
—Lo intento, pero no quiere ser mi amigo.
Negué con la cabeza mientras seguíamos caminando.
Cuando finalmente llegamos a la cafetería, descubrimos que no éramos los únicos desafortunados de la noche. Había varios campistas sentados alrededor de las mesas, algunos con expresión de derrota y otros riéndose de la persecución como si acabaran de vivir la mejor aventura del verano.
Los consejeros seguían entrando y saliendo del lugar mientras revisaban que no quedara ningún otro fugitivo escondido entre los árboles.
El aburrimiento comenzó a instalarse poco a poco.
Yo ya estaba considerando apoyar la cabeza sobre la mesa e intentar dormir cuando la voz de Ash volvió a sacarme de mis pensamientos.
—Entonces... ¿de qué estás escapando?
Levanté la vista de inmediato.
No esperaba una pregunta así.
Durante unos segundos permanecí en silencio, observando la madera desgastada de la mesa antes de responder.
—De mis padres.
Las palabras salieron casi por inercia.
Suspiré.
—O... tal vez de mi realidad.
Ash inclinó ligeramente la cabeza, mirándome con más curiosidad que sorpresa.
—¿Tu realidad?
Me encogí de hombros.
—Es complicado.
No insistió.
Y, por alguna razón, agradecí que no lo hiciera.
Preferí cambiar el rumbo de la conversación antes de que siguiera haciendo preguntas para las que todavía no tenía respuestas.
—¿Y tú? —pregunté, apoyando el mentón sobre mi mano—. ¿Cuál fue tu pecado?
Ash soltó una pequeña risa.
—Solo necesitaba respirar.
Lo miré confundida.
Él apoyó los antebrazos sobre la mesa antes de continuar.
—Este campamento siempre ha sido ese lugar para mí. Mis padres vienen desde que tenían nuestra edad. De hecho, se conocieron aquí.
Sonrió con cierta nostalgia al recordar aquello.
—Desde hace años me dicen que, cuando ya no pueda venir como campista, debería convertirme en consejero.
—¿Y quieres hacerlo?
Se quedó pensativo unos segundos.
—No lo sé.
Su mirada se perdió por la ventana, donde apenas podía distinguirse el reflejo de la luna entre los árboles.
—Pero ellos siempre dicen que este es uno de los pocos lugares donde realmente me ven... feliz.
No respondí enseguida.
Porque entendía perfectamente esa sensación.
Pero la calma nunca duraba demasiado.
O quizá era que las tormentas siempre terminaban encontrándome.
Giré lentamente hacia Ash. Él seguía observándome con esa tranquilidad que parecía no abandonar nunca, como si el caos de hacía unos minutos hubiera quedado muy lejos de nosotros. Yo, en cambio, sentía el pecho cada vez más pesado.
—Ash...
Mi voz apenas fue un susurro.
Dudé unos segundos. Me mordí el labio inferior mientras intentaba decidir si realmente quería hacer aquella pregunta. Durante años la había guardado para mí, dejando que creciera en silencio cada vez que alguien me hacía sentir que sobraba.
Levanté la vista y dejé que mis ojos hablaran por mí antes de encontrar el valor suficiente para pronunciar las palabras.
—¿Y si el problema soy yo?
Por primera vez desde que lo conocía, Ash se quedó completamente callado.
No respondió enseguida. No intentó convencerme de que estaba equivocada. Solo me miró con atención, como si entendiera que aquella pregunta llevaba demasiado tiempo viviendo dentro de mí.
—¿Sabes?... Creo que prefiero vivir mil veces mi vida a través de los libros que enfrentarme a la realidad. En los libros siempre hay un lugar para alguien como yo. Siempre hay personas que terminan encontrando dónde pertenecen.
Tragué saliva antes de continuar.
—Pero conmigo nunca pasa eso. Siempre que intento hacer algo nuevo... conocer gente, hacer amigos o simplemente encajar... termino igual. Me humillan, me hacen a un lado, me reemplazan o simplemente me olvidan.
Sentí cómo la voz comenzaba a quebrarse.
—Y llega un momento en el que dejas de pensar que todos los demás están equivocados... y empiezas a creer que la que tiene algo malo eres tú.
Una lágrima rebelde resbaló por mi mejilla.
La limpié con rapidez, esperando que pasara desapercibida entre el murmullo de los demás campistas castigados. Algunos seguían riéndose de la persecución, otros discutían sobre quién había tenido la brillante idea de organizar aquella fiesta clandestina y, al fondo de la cafetería, uno de los consejeros vigilaba que nadie intentara escapar otra vez. Afortunadamente, nadie parecía prestarnos atención.