Un salto hacia ti

Capítulo 2

Katty estaba recostada boca arriba en su cama, texteando las mismas tonterías de siempre con el bueno de Mike, con quien salía desde hacía tres meses.

Este era ya el octavo desde los quince.

Todo su círculo —incluida su familia— decía que los coleccionaba; ella, por supuesto, no lo veía así, prefería llamarlos “el chico con el que estoy saliendo”.

Nada de “novio”.

Mucho menos “prometido”.

Sus padres, esos T-Rex, ya habían alejado a algunos de su lado. Con sus maneras ultra correctas, por supuesto.

Su madre la había llamado a cenar hacía ya diez minutos.

Seguían esperándola.

Qué fastidio.

Aquella habitación no tenía posters de artistas, Katty detestaba coleccionarlos; pero en cambio si había varios artículos rosa bastante kitsch.

“¿Lo hacemos la semana que viene?”

“¿Estás loco? Papá aún revisa mi teléfono.”

“Bórralos.”

“Sospechará de todos modos.”

Una ventana emergente apareció en la pantalla. Oportuna o inoportuna según se mire.

“Debo dejarte, tengo a alguien más en línea.”

“Déjame adivinar… ¿Sam?”

Katty respondió solo con un ícono, luego abrió el chat de Samantha.

Un solo mensaje, en concreto una imagen.

Katty frunció ligeramente el ceño.

“Muy bien, Sam… ¿qué tienes ahora?”, murmuró para sí.

Al abrirla su expresión cambió.

Primero incredulidad, luego, una sonrisa lenta… peligrosa.

—Vaya… —susurró.

Se incorporó en la cama. La cena podía esperar.

Esto…

esto era mucho más interesante.

Sus dedos se movieron rápido sobre la pantalla.

“Tenemos que hablar.”

********

Aquel esmalte era un fiasco.

Samantha hizo un gesto de disgusto.

No debió dejarse convencer por la dependienta de esa tienducha, pero ya estaba tan cansada de caminar y tan desesperada que no le quedó otra opción. Era eso o presentarse al día siguiente con las uñas en un estado lamentable.

Su mesada no alcanzaba para pagar una manicura y su madre, por supuesto, no accedió a darle el dinero.

Debía conseguir trabajo urgente.

El medio tiempo de su madre en el supermercado no era suficiente para cubrir sus gastos y, claro, estaba Lizzy, su hermana.

La consentida.

Samantha sopló sobre sus uñas con fastidio.

Ni siquiera eso le salía bien.

El teléfono sonó.

Lo tomó sin mucho interés… hasta que vio el nombre en la pantalla.

Katty.

Por videollamada.

Alzó una ceja.

—Vaya… esto sí que mejora el día…

Aceptó la llamada.

—Hola, ¿en qué andas? —preguntó Samantha con aparente casualidad, apenas disimulando las ganas de ir al grano.

—No en mucho —respondió Katty—. Chateando con el soso de Mike.

Samantha esbozó una sonrisa breve. Aquel era un tema habitual entre ambas. No soportaba a Mike, pero nunca se lo decía directamente.

—Me muero por estar en tu lugar —ironizó.

Katty rodó los ojos y suspiró.

Hubo un breve silencio.

Luego, sin rodeos:

—¿En serio los viste así?

Samantha arqueó una ceja.

—¿No te basta con la foto?

—Las fotos pueden engañar.

Aquello indignó a Samantha.

—Kat, no estoy loca —aclaró—. Sé lo que vi.

Katty entrecerró los ojos, pensativa.

—Vaya… la muy mosquita muerta…

Samantha ladeó la cabeza.

—¿Crees que es en serio?

—Puede ser —admitió Katty—. No está nada mal… aunque es bastante corriente.

Hizo un leve gesto de desdén.

—O tal vez quiso jugar más alto de lo que podía permitirse.

Samantha frunció el ceño, intentando seguirle el hilo.

Pero la incomodidad volvió a distraerla.

Miró sus uñas otra vez.

—¿Todavía comprando esmaltes locales? —se burló Katty.

—No me queda de otra…

—Afortunadamente yo no tendré ese problema por un buen tiempo. Papá me trajo un surtido completo de Madison —comentó—. Cuando vengas, tal vez te preste algunos.

—Genial, porque esto es insufrible —respondió Samantha, aliviada.

El silencio regresó.

Más denso esta vez.

Entonces Samantha fue al punto:

—¿Qué hacemos con la foto?

Katty no respondió de inmediato.

La observó desde la pantalla.

Sus ojos brillaron con algo distinto.

Algo frío.

Calculador.

—Dime una cosa… —murmuró.

Se inclinó ligeramente hacia la cámara.

—¿Estás pensando lo mismo que yo…

o todavía no te atreves?

El rostro de Samantha se iluminó.

—Entro —anunció, haciendo la señal del aviador.

No era particularmente brillante, pero años al lado de Katty le habían enseñado a leerla sin palabras.

Katty sonrió.

Lento.

Satisfecho.

—Genial —dijo—, porque mañana mismo empezamos a movernos.

Hizo una breve pausa.

Y añadió, casi en un susurro:

—Y esta vez… vamos a ver de qué está hecha.

A pesar de tener las ventanas entreabiertas y todas las condiciones para una noche reparadora, Lucy no lograba conciliar el sueño.

La sugerencia —o más bien orden— de Nolan se repetía en su cabeza como un bucle infinito.

No sería nada fácil lo que tenía que afrontar al día siguiente.

Miró el reloj en la mesita.

Las doce y diez.

Se incorporó en la cama y se acomodó mejor el pijama.

Le vendría bien algo frío. Leche, quizá.

Con los músculos entumecidos, bajó a la cocina.

Al pasar frente a la habitación de Roger, notó la puerta entreabierta. Era extraño; últimamente se había vuelto muy celoso de su privacidad.

Estuvieron hasta las 11 jugando cartas, Roger quería enseñarle un truco nuevo de Poker que había aprendido; Lucy accedió, necesitaba toda la distracción posible.

Se asomó.

Lo encontró atravesado en la cama, con las sábanas enredadas. Entró con cuidado y lo acomodó un poco. Roger se quejaba entre sueños.

—Sí, Max, ya lo sé… —balbuceó—. Debo ir por Priscila…




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