Roger sostenía el mando de la consola con una concentración casi feroz. Nadie podía batir su marca.
Mucho menos Lucy.
Nada personal, por supuesto… pero no por nada era el campeón de su círculo en aquel juego.
Max y otros dos chicos estaban conectados en la partida. Lucy hacía equipo con Max; su personaje, un elfo, ya había liberado dos calabozos, aunque eso no parecía ser suficiente.
Quince minutos después, la partida terminó.
Cien puntos a favor de Roger.
—¡Tramposo! —protestó Lucy, dejándose caer hacia atrás.
—Excusas —replicó él sin mirarla, todavía con el mando en las manos.
Estaban sentados en el suelo de su habitación, con un cuenco de palomitas entre ambos.
—Niños, ¿les llevo más gaseosas? —se escuchó la voz de Raquel desde la cocina.
—No, mamá, estamos bien —respondió Lucy.
—¡Eh, no hables por mí! —protestó Roger, cruzándose de brazos.
Lucy estiró la mano con intención de revolverle el pelo.
—¡Ni lo sueñes!
Ella levantó ambas manos en señal de rendición y soltó una carcajada.
Roger rió con ella un momento, pero su expresión cambió poco a poco. No fue inmediato.
—Oye… —dijo al cabo—. ¿Te pasa algo?
Lucy se giró apenas hacia él, sorprendida.
—¿Por qué habría de pasarme algo?
Roger se encogió de hombros, aunque no dejó de observarla.
—Porque odias jugar conmigo —respondió sin rodeos—. Siempre tienes una excusa… y hoy dijiste que sí sin más.
Lucy dejó escapar una pequeña risa por la nariz, sin mirarlo.
—No odio jugar contigo —corrigió—. Odio esto.
Señaló vagamente la pantalla.
Roger ladeó la cabeza, estudiándola.
—Pues hoy aguantaste bastante.
—Porque tú querías jugar —respondió ella, como si fuera obvio.
Hubo un breve silencio.
Lucy tomó un puñado de palomitas, más por ocupar las manos que por hambre.
—Además… —añadió, restándole importancia— no soy tan mala.
Roger esbozó una sonrisa.
—Eres terrible.
Lucy le dio un leve codazo.
—Cállate.
Roger rió, pero no dejó pasar del todo el momento.
—Igual… —insistió, más suave—. Algo te pasa.
Lucy no respondió de inmediato.
Sus ojos se quedaron un segundo más de lo normal en la pantalla apagada.
Luego se deslizaron por la habitación.
Era el cuarto de Roger. El blanco de dardos en la pared, el velero a escala que había armado con Jim el mes pasado —aún impecable—, el leve desorden que delataba prisas más que descuido. Lucy no pudo evitar pensar que, en algún lugar, probablemente mal escondida, debía haber una foto de Priscilla.
Ese era su mundo.
Todavía.
—Es complicado… —dijo al fin, sin mirarlo.
Roger no respondió de inmediato. En lugar de eso, tomó su mano entre las suyas, obligándola con suavidad a girarse hacia él.
Lucy sostuvo su mirada apenas un instante.
No.
No ahí.
—Cuéntame —insistió él, más bajo esta vez.
No sonaba desafiante.
Sonaba… firme.
Lucy vaciló.
Durante un segundo, lo vio como siempre: su hermano menor, el niño al que aún le faltaban tantas cosas por descubrir.
Pero había algo en su forma de mirarla ahora que no encajaba del todo con esa imagen.
Algo más atento.
Más presente.
Lucy desvió la mirada otra vez.
—Son cosas del equipo —murmuró—. Nada que no pueda manejar.
Roger ladeó la cabeza.
—¿No están trabajando como deberían?
Lucy dudó un instante.
—No es eso… —dijo al fin—. Es más bien que siempre hace falta un poco más. Y como estoy a cargo… soy yo quien tiene que resolverlo.
Roger se quedó pensando unos segundos, con la mirada fija en el suelo.
—Cuando Max, Priscilla y yo hacemos la tarea —empezó—, a veces no nos ponemos de acuerdo.
Alzó la vista hacia ella.
—Entonces usamos una regla que nos enseñó la maestra. Se llama “puesta en común”.
Lucy no dijo nada.
—Cada uno dice lo que piensa —continuó él—. Luego vemos en qué coincidimos… y en qué no. Y trabajamos en eso último.
Lucy esbozó una leve sonrisa.
No estaba mal.
Pero aquello funcionaba cuando todos querían llegar a un acuerdo.
—Hacemos algo parecido —admitió.
Roger la miró con más atención.
—Entonces… es otra cosa —dijo despacio.
Lucy no respondió.
—A veces —continuó él—, cuando estamos haciendo la tarea, alguno quiere ponerse a jugar o a ver videos…
Se encogió de hombros.
—Y ahí no hay “puesta en común” que valga. Al final no hacemos nada.
Lucy sintió un leve nudo en el estómago.
—Todos tienen que querer hacerlo —añadió Roger—. Si no, no funciona.
Lucy bajó la mirada un instante.
—Ese es justo el problema —dijo—. No todos quieren.
Roger se quedó jugando con el mando entre las manos.
—Bueno… —murmuró—. A veces tampoco quieren.
Lucy alzó la vista.
—¿Cómo así?
—Con los chicos —explicó—. A veces nadie quiere hacer la tarea. O uno quiere hacer otra cosa.
Se encogió de hombros.
—Pero cuando alguien dice que nos van a poner mala nota… todos volvemos.
Lucy no respondió.
—No es que queramos hacerlo —añadió Roger—. Es que nadie quiere perder.
Lucy se quedo pensativa por un momnento.
¿Serái eso posible...?
Leslie y Sabrina tenían la actitud, pero no la pericia suficiente y les faltaba atención, Katty tenía el talento y el expertisse- ya se lo había demostrado aquella misma tarde- pero le faltaba el interés y su ego chocaba con todos, sobre todo con ella, Samantha gravitaba a su alrededor. Sin embargo, por una u otra razón, a ninguna le convenía el fracaso del equipo.
Puede que esto funcionara...quizás solo era cuestión de insistir lo suficente en esa idea.
—Roger… —dijo Lucy, con una media sonrisa—. ¿Seguro que tienes trece?
Roger soltó una carcajada.
—Sí… o eso decía la última vez que vi mi ficha escolar.
Lucy lo miró un segundo más, como si acabara de tomar una decisión.
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Editado: 13.05.2026