La nieve había empezado a caer sobre Appleton hacía poco más de una semana. Apenas diez pulgadas acumuladas hasta ahora, algo manejable.
De momento.
La noche anterior habían anunciado tormenta.
Lo que nadie esperaba era que llegara tan pronto.
Lucy descendió las escaleras rumbo al estacionamiento, abrigada apenas con unos jeans y un suéter grueso. Dentro de la pista el aire era soportable; afuera, otra historia.
Se detuvo un instante frente al ventanal.
La nieve caía con más densidad que esa mañana, cubriendo el exterior en una cortina blanca que difuminaba las formas. Los autos apenas se distinguían bajo la capa que empezaba a acumularse otra vez.
No había rastro de la máquina quitanieves.
Probablemente ya había pasado horas antes.
¿Bastaría?
Frunció ligeramente el ceño.
Su coche no era precisamente el más adecuado para ese clima.
Aun así, continuó descendiendo hacia el estacionamiento soterrado.
Se detuvo un instante antes de bajar del todo.
Desde el acceso podía ver la salida del estacionamiento: una rampa que daba al exterior, ahora parcialmente cubierta por una cortina blanca. La nieve caía con fuerza allá arriba, difuminando las luces de la calle.
No parecía un buen panorama.
Aun así, continuó.
El eco de sus pasos resonó en el concreto.
El aire era más frío que dentro de la pista, pero no cortante; más bien denso, con ese olor a humedad y metal que tenían los estacionamientos cerrados.
Su coche estaba donde lo había dejado.
Pequeño.
Quieto.
Por un momento dudó.
Luego abrió la puerta, se deslizó en el asiento y cerró.
Giró la llave. El motor iba ya a encender.
Pero en lugar del rugido tan característico, lo que Lucy escuchó fue un chasquido seco, antes de apagarse.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Apoyó la frente un instante contra el volante.
Entonces lo oyó.
Pasos.
Secos.
Amplificados por el eco del estacionamiento.
En otra circunstancia, aquello habría bastado para ponerla en alerta.
Demasiadas películas de suspenso, pensó.
Alzó la vista.
Una silueta se recortó en la semipenumbra del acceso.
Nolan.
Avanzó hacia ella con la calma de siempre, llaves en mano. Su auto, un modelo antiguo, esperaba unas filas más atrás.
—¿Problemas con el encendido? —preguntó, sin alterar el tono.
Lucy dejó escapar el aire.
Por supuesto.
Imperturbable.
Siempre.
Había algo en eso que, en otro contexto, le habría resultado… tranquilizador.
—Ni más ni menos —respondió, con un gesto de resignación.
Nolan asintió levemente y rodeó el coche.
—Déjame ver.
Abrió el capó con familiaridad y se inclinó sobre el motor. Durante unos segundos no dijo nada, solo observó.
Al rato alzó la vista por encima.
—¿Tienes anticongelante?
Lucy hizo una mueca.
—Se me acabó hace unos días… y lo olvidé.
Se irguió, limpiándose las manos.
—La batería está muerta… y no ayuda que no tengas anticongelante.
Lucy dejó caer los hombros.
—Genial.
—Podríamos intentar pasar corriente —añadió él—, pero no tengo cables conmigo.
Miró brevemente hacia la salida del estacionamiento, donde la luz blanca de la tormenta se colaba difusa.
—Y con lo que está cayendo ahí afuera, no es buena idea quedarnos aquí probando suerte.
Lucy dudó.
Ahí está el punto.
Entonces:
—Puedo llevarte —dijo Nolan, sin énfasis—. Si quieres.
Era, después de todo, la solución más lógica.
Y precisamente por eso…
no terminaba de convencerla.
Su mente empezó a llenarse de objeciones, una tras otra, sin orden claro.
No debes acercarte demasiado.
La lapicera.
La fotografía.
Él no está en tu mundo.
Mamá…
Lucy apretó ligeramente el volante.
No.
—Caminaré —dijo al fin, casi más rápido de lo que había pensado—. Es mejor así.
Nolan cerró el capó con un golpe seco y dio unos pasos hacia ella. No parecía molesto, pero sí sorprendido.
—¿Has visto cómo está afuera? —señaló hacia la rampa—. Y con esta tormenta, olvídate del transporte.
Lucy no se movió.
Seguía aferrada al volante, como si eso bastara para sostener su decisión.
Nolan la observó un segundo más.
—Lucy —dijo entonces, con un tono más bajo—. Solo es un favor.
Una pausa.
—No estoy intentando nada.
Lucy permaneció inmóvil unos segundos más.
Luego soltó el volante.
Salió del coche despacio, como si ese gesto pudiera retrasar lo que venía después.
No eres tú quien me preocupa, pensó.
Cerró la puerta con cuidado.
—Bien… —murmuró—. Supongo que no hay muchas alternativas.
Nolan negó levemente.
—Opciones hay —dijo—. Solo que ninguna mejor que esta ahora mismo.
Lucy sostuvo su mirada un instante.
Luego apartó la vista.
—De acuerdo.
Ya dentro del coche de Nolan, Lucy sintió algo que no esperaba.
Calma.
El interior era sobrio, casi austero, con ese aire antiguo que parecía ajeno al ruido exterior. El motor arrancó con un sonido grave y constante, y por un momento, el mundo quedó reducido a ese espacio contenido.
Se acomodó en el asiento.
Tal vez, después de todo, aquello sí era lo más sensato.
El coche comenzó a avanzar.
Lucy miró hacia el parabrisas, donde la nieve empezaba a acumularse en capas irregulares.
—En casa…no me dejes en la puerta — pidió luchando con las palabras.
—No quiero tener que dar explicaciones innecesarias por ahora —añadió, con un tono más firme.
El coche avanzó apenas unos metros fuera de la rampa.
La nieve se arremolinaba alrededor de las llantas, acumulándose con rapidez mientras los copos golpeaban el parabrisas sin tregua.
Nolan tensó ligeramente el agarre sobre el volante.
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Editado: 13.05.2026