Camille
Tenerlo otra vez cerca era como aprender a respirar con un pulmón nuevo.
Julien se quedó esa noche en mi sofá. No me tocó. No preguntó nada más. Solo se quitó la chaqueta, se sentó a mi lado en silencio, y cuando me desperté de madrugada para ir al baño, lo vi dormido, con una manta mal puesta sobre los hombros, la cabeza reclinada hacia atrás.
Por la mañana, lo encontré de pie en mi cocina, mirando mis tazas desparejadas como si estudiara un plano complicado.
—No hay café —murmuré, abrazando mis brazos.
—Lo noté —respondió, girándose para verme. Sus ojos buscaban los míos. No huí.
Hicimos café instantáneo. Desayunamos en silencio, con mi barriga apenas marcada rozando la mesa. Cada sorbo era una tregua.
A las pocas horas me acompañó a la tienda. Caminamos juntos por la acera de Lyon como dos desconocidos que fingían conocerse. Me abrió la puerta, me ayudó a descargar cajas de flores, se quitó el abrigo como si tuviera derecho a quedarse.
—No tienes que hacer esto —le dije, mientras recortaba tallos.
—Sí tengo —respondió, con esa seguridad suya que siempre me ha hecho rabiar.
Al mediodía se ofreció a llevarme a la consulta. Lo miré, dudé, quise decirle que no hacía falta. Pero solo asentí.
En la sala de espera se sentó a mi lado, sin tocarme. Sus rodillas rozaban las mías. Me preguntó si tenía hambre, si estaba mareada, si necesitaba agua. Sus preguntas me arañaban la calma, pero al mismo tiempo me abrigaban.
Cuando salimos, caminamos por el centro, entre escaparates y cafés. Julien se detuvo frente a una pequeña tienda de ropa para bebés. Yo quise tirar de su brazo, seguir caminando, ignorar lo que era tan real. Pero él se quedó mirando un pelele diminuto, azul pálido.
—Louis —murmuró de pronto.
—¿Qué?
Me miró, encogiéndose de hombros. —Si es niño. Louis Marchand. Suena bien, ¿no?
Lo dijo tan normal, tan simple, que quise reír y llorar a la vez.
—No hemos decidido nada —protesté.
—No importa —respondió, con una media sonrisa. —Hay tiempo.
Esa tarde volvió a mi apartamento conmigo. Se ofreció a quedarse otra vez, a dormir en el sofá. No dije que no.
Lo miré mientras acomodaba su abrigo sobre la silla, mientras dejaba sus llaves junto a mis flores secas. Y entendí que Julien no sabía estar a medias. O se iba del todo. O se quedaba por completo.
Editado: 30.07.2025