Julien
Nunca pensé que aprendería a doblar mantitas, armar cunas o comparar colores de paredes a las tres de la mañana.
Pero ahí estaba yo: en su —nuestra— pequeña florería convertida ahora en improvisada sala de estar, sentado en el suelo con instrucciones de cuna extendidas sobre una alfombra manchada de pintura.
Camille reía desde la esquina, sosteniendo una taza de té sobre su vientre que crecía cada día más.
Volvimos a Lyon juntos una semana después de aquel beso en mi estudio. No hubo anuncios dramáticos. No hicimos pactos de papel. Simplemente… volvimos.
Ella me hizo un espacio en su cama. En su mesa. En su vida.
Yo hice espacio para ella en todo lo que era mío. Empecé a dirigir mi estudio desde Lyon, viajando a París solo cuando era estrictamente necesario.
No me importaba. París ya no era casa. Ella lo era.
Las noches eran un torbellino de listas de compras, catálogos de carritos de bebé y nombres que anotábamos en pedazos de papel.
Louis, Luc, Paul…
Cada uno me sonaba perfecto, porque todos significaban lo mismo: él era real. Nosotros éramos reales.
Un jueves cualquiera, Camille se detuvo frente a un pequeño armario que habíamos comprado en un mercadillo. Lo abrió, miró los diminutos bodys colgados en fila.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se giró hacia mí, sonriendo.
—Esto está pasando de verdad, ¿no?
Caminé hasta ella. Puse mis manos sobre su vientre, sentí el leve movimiento bajo mis dedos.
—Está pasando —confirmé. —Y no pienso irme.
Ella apoyó la frente en mi pecho, respiró hondo.
—Te creo —susurró.
Y en ese instante entendí algo:
Los edificios pueden caer, los contratos romperse, las familias pelearse…
Pero si ella me creía, todo lo demás podía soportarlo.
Editado: 30.07.2025