El último día en el colegio de Puerto Orinoco fue un golpe directo al corazón. Ana Lucía a sus 13 años, caminaba por los pasillos con los ojos nublados, intentando memorizar cada rincón, cada risa, cada voz que la había acompañado desde que aprendió a escribir su nombre. Ocho años compartiendo pupitres, secretos y sueños con los mismos amigos, y ahora todo terminaba. Las despedidas fueron un mar de lágrimas: abrazos largos, promesas de llamadas, juramentos de no perder el contacto. Pero en el fondo, todos sabían que la vida cambiaría. ¿Cómo se sigue adelante cuando se deja atrás todo lo que se ama?
Ana Lucía era la menor de cinco hermanos: dos chicas y tres varones. Su casa siempre había estado llena de voces, risas y discusiones, pero su refugio más seguro era su abuela materna. Una mujer cariñosa, amorosa, que prácticamente la había criado ante la ausencia constante de su madre, siempre trabajando para sostener el hogar. Con ella aprendió a rezar, a preparar dulces caseros y a escuchar historias que parecían sacadas de un libro. ¿Cómo dejar todo eso atrás?
Sus padres habían sido trasladados por trabajo, y la familia se mudaría a la gran capital del estado: Ciudad Acero. Un lugar inmenso, desconocido, donde nadie la esperaba. El vacío en su pecho se hacía más grande con cada caja que empacaban. La incertidumbre pesaba como una piedra: ¿encajaría en un colegio nuevo? ¿Encontraría amigas? ¿Sería feliz?
El viaje fue silencioso. Ana Lucía miraba por la ventana, viendo cómo el paisaje verde de su pueblo se transformaba en avenidas interminables y edificios que parecían tocar el cielo. Cuando el carro se detuvo frente al nuevo hogar, respiró hondo. El edificio era enorme, frío, tan distinto a la casa cálida que dejaba atrás. Aquí empieza todo, pensó, sintiendo un nudo en la garganta.
Un alivio, sin embargo, suavizaba la angustia: viviría cerca de la familia paterna. Sus queridas primas Jenny, Shaska y la pequeña Andreina estaban allí, las mismas con quienes había compartido aventuras en vacaciones y pijamadas llenas de risas. Recordó cómo, en esas noches, siempre terminaba llorando porque no soportaba separarse de su mamá. Ahora, ellas serían su refugio en medio de la tormenta.
El primer día en el colegio de monjas fue aún más difícil. Uniforme impecable, reglas estrictas, miradas curiosas que la seguían como si fuera un bicho raro. Se sentía sola, como si el mundo entero la observara con escepticismo. ¿Encajaría alguna vez? Esa pregunta la acompañó todo el día.
Pero los días comenzaron a pasar y, poco a poco, la vida le dio tregua. Conoció a Rebeca, una chica vivaz que, por fortuna, vivía en el mismo urbanismo. Con ella llegaron las primeras risas y la sensación de que no todo estaba perdido. Después se sumaron otras compañeras: Lorena, Jennifer y Anabel. Juntas colonizaron un rincón detrás de la cancha deportiva, donde las pausas entre clases se convertían en tertulias llenas de secretos, planes y sueños. Allí nacieron los cimientos de una amistad que perduraría en el tiempo. Las tardes se llenaron de aventuras, caminatas por la urbanización y conversaciones interminables que hacían que la nostalgia por Puerto Orinoco doliera un poco menos.
Pero la vida tenía planes que ella aún no imaginaba. Fue en una de esas caminatas con Rebeca de un domingo de abril cuando ocurrió. El sol caía lento, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados. Ana Lucía se detuvo al ver un carro azul estacionado frente a una casa pintada toda de color blanco. Dos chicos delgados, sin franela, lo lavaban con movimientos despreocupados. El agua corría por la pintura brillante mientras el jabón formaba burbujas que reflejaban la luz del atardecer. Uno de ellos lideraba la tarea, concentrado, con trazos seguros, mientras que el otro, tal vez mayor, apoyaba la labor desinteresadamente con aire rebelde y despreocupado, revisando su teléfono con una sonrisa pícara.
Ana Lucía sintió algo extraño en el pecho, como un golpe suave que la dejó sin respiración. ¿Quién es él? pensó, mientras Gustavo la saludaba con una cortesía que contrastaba con la actitud despreocupada de su hermano. Y entonces, justo allí pudo verle con mayor precisión: sus ojos color miel brillaban bajo la luz del atardecer, sonrisa perfecta que dejaba ver hoyuelos en sus mejillas, voz suave que parecía acariciar el aire cuando saludó.
—¿Nueva por aquí? —preguntó Gustavo, con una sonrisa que hizo que sus piernas se sintieran intimidadas y su mirada se desvaneciera buscando el suelo.
—Sí… —respondió ella, intentando no parecer nerviosa.
—Pues bienvenida. Espero que te guste la urbanización —dijo él, y esa frase simple se quedó grabada en su mente como un eco dulce—. Soy Gustavo, y él es mi hermano Walter.
Rebeca reaccionó con naturalidad, extendiendo la mano hacia ambos chicos. Ana Lucía la imitó, sintiendo cómo sus dedos rozaban los de Gustavo en un gesto breve pero cargado de intensidad. Walter, con su sonrisa pícara, estrechó la mano de Rebeca mientras Gustavo sostenía la mirada de Ana Lucía por un segundo más de lo necesario, como si algo invisible los conectara.
Se despidieron con un gesto casual, pero en el corazón de Ana Lucía ardía un deseo silencioso: volver a encontrarlo, volver a sentir esa chispa que la había dejado sin aliento. Esa tarde, mientras regresaba a casa, Ana Lucía no podía dejar de pensar en esos ojos color miel, la imagen de Gustavo quedó grabada en su mente como una fotografía que no quería borrar y se reproducía una y otra vez en su cabeza. Nunca imaginó que esa tarde conocería a alguien que cambiaría su vida para siempre…