Un segundo más

Capítulo 3: Todo llega, cuando menos lo espera

El destino parecía moverse en direcciones inesperadas. Justo cuando Ana Lucía empezaba a soñar con Gustavo, ocurrió algo que nadie vio venir: Jenny, su prima extrovertida, quedó embarazada. La noticia cayó como un balde de agua fría en la familia. Sus padres, cegados por la vergüenza, la castigaron severamente: la sacaron del colegio religioso donde estudiaba —pues la institución no permitía este tipo de sucesos— y la confinaron a pasar su embarazo encerrada en casa, sin visitas ni salidas.

Para Ana Lucía, aquello fue un torbellino de emociones. Por un lado, sentía tristeza por Jenny; por otro, no podía evitar pensar que el destino le estaba abriendo una puerta. Gustavo, consternado por la situación, comenzó a alejarse de Jenny… y poco a poco, a acercarse más a Ana Lucía.

Los encuentros se hicieron más frecuentes. A veces se encontraban en un pequeño muro frente al edificio de Ana Lucía, donde las tertulias se extendían por horas. Risas, bromas, silencios que decían más que las palabras. Cada vez que Gustavo se sentaba a su lado, Ana Lucía sentía como si la ilusión fuera demasiado grande para caber dentro de ella.

Lo imaginaba una y mil veces: Gustavo confesándole su atracción, pidiéndole ser su novia. Lo soñaba despierta, lo olía. Ese perfume con notas de madera fuerte que él solía usar se le quedaba impregnado en la memoria, un aroma que la abrazaba y aceleraba los latidos de su corazón.

Y entonces llegó el gran día: su cumpleaños número catorce. Desde temprano, la casa se llenó de globos, música y el aroma dulce del pastel. Ana Lucía sonreía ante cada felicitación, pero por dentro solo pensaba en una cosa: ¿Vendrá Gustavo?

Cuando lo vio entrar por la puerta, acompañado de Walter y Rebeca, sintió que el mundo se detenía. Llevaba una camisa vinotinto y un jean, para Ana Lucía era el chico más perfecto del planeta, acompañado de su exquisito olor. Sus ojos color miel se cruzaron con los de ella, y en ese instante todo el ruido de la fiesta se desvaneció.

Las horas pasaron entre risas, música y juegos. Ana Lucía trataba de disimular su nerviosismo, pero cada vez que Gustavo se acercaba, sus manos sudaban y el corazón le golpeaba el pecho. Cuando sonó la canción lenta que todos esperaban, Gustavo se acercó con una sonrisa tímida.

—¿Bailamos? —preguntó, extendiendo su mano.

Ana Lucía apenas pudo responder con un movimiento de cabeza. Mientras se escuchaba al fondo Perfect de Ed Sheeran, sintió que el mundo se reducía a ese instante: su perfume, su voz suave, el roce de sus manos.

Al terminar la canción, Gustavo y Ana Lucía salieron del lugar. La música seguía sonando a lo lejos, pero para ella todo se había vuelto un murmullo. Él la tomó de la mano con seguridad, y ese simple gesto hizo que un escalofrío recorriera su espalda. Sentía el calor de su piel, firme y suave, como si esa mano fuera el ancla que la mantenía en la realidad mientras su corazón se desbocaba.

El silencio se volvió cómplice mientras bajaban las escaleras. Las luces tenues del pasillo dibujaban sombras largas, y Ana Lucía podía escuchar el eco de sus propios pasos mezclado con el latido frenético en sus oídos. Cada segundo se sentía eterno, como si el tiempo se hubiera detenido para ellos.

En el primer piso, Gustavo se detuvo. La miró fijamente, y en sus ojos color miel había algo distinto: una mezcla de decisión y ternura que la dejó sin aliento. Ana Lucía sintió que el mundo se desvanecía cuando escuchó su voz, grave y segura:

—Ana Lucía… ¿quieres ser mi novia?

Por un instante, todo se volvió borroso. Sus palabras se convirtieron en un torbellino de emociones que la envolvió por completo. No podía creer lo que estaba escuchando; necesitaba sentir que era real. Se pellizcó la mano, buscando despertar de lo que parecía un sueño. El corazón le golpeaba tan fuerte que temió que él pudiera escucharlo. Apenas pudo susurrar un “sí”, con la voz quebrada por la emoción.

Entonces, Gustavo se inclinó lentamente, y Ana Lucía cerró los ojos, sintiendo cómo el aire se llenaba del aroma a madera fuerte de su perfume, ese olor que la abrazaba y aceleraba cada latido. El primer beso llegó torpe, un choque de dientes que los hizo reír nerviosos, pero para ella fue perfecto. Sentía el calor de sus labios, la electricidad recorriendo su cuerpo, y supo que nada volvería a ser igual.

Con el tiempo, esos besos se volverían más armoniosos, más seguros, pero siempre inocentes, llenos de descubrimiento y de esa magia que solo tienen los primeros amores. Esa noche, al cerrar la puerta de su habitación, Ana Lucía se dejó caer sobre la cama, abrazando la almohada y repasando cada detalle una y mil veces. Su mundo había cambiado para siempre.




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