Un silencio bajo el agua

Capitulo 1

Hay verdades que solo se pueden decir en voz alta cuando el ruido del mundo desaparece, como ese silencio absoluto que solo existe bajo el agua.

El silencio en una sala de juicios nunca es realmente silencio.

Siempre hay algo: el roce de una pluma, el murmullo contenido, un suspiro que no alcanza a escapar del todo. Pero para ella -para Elin-, ese silencio sonaba como el eco profundo que vibra bajo el mar. Una calma aparente que esconde corrientes peligrosas.

-Proceda, abogada -dijo el juez, sin mirarla realmente.

Elin parpadeó, como si regresara desde muy lejos.

Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de los documentos. El brillo frío de las luces del tribunal se reflejó en sus ojos grises. Aparentaba seguridad; su espalda erguida, su postura impecable, el tono firme que había aprendido a construir con años de disciplina. Nadie podría sospechar que, en ese momento, una parte de ella quería estar en cualquier otro lugar.

De pie frente a todos, recordó un día antiguo, casi olvidado:

Un muelle, el olor salado del viento, las gaviotas trazando círculos lentos sobre el agua. Tenía doce años, y creía que su vida iba a estar hecha de océanos.

Pero ahora estaba allí, rodeada de leyes, códigos, fechas, pruebas... y un peso invisible que llevaba apretado en el pecho desde hacía años.

-Gracias, su señoría -dijo finalmente, recuperando el control-. Lo que hoy está en juego no es solo un contrato. Está en juego la dignidad de una persona.

Su voz fue firme. Contundente. Exacta.

Era experta en eso: en hablar con firmeza mientras por dentro temblaba.

Desde el banco donde estaba su familia -perfectamente sentados, perfectamente compuestos-, su madre asintió con orgullo. Elin sintió cómo ese gesto se clavaba en su espalda. No como apoyo. Sino como recordatorio.

| "Lo estás haciendo bien. Lo estás haciendo cómo debemos."

Respiró hondo. Siguió.

Argumentó, razonó, atacó, defendió. Lo hizo como siempre: perfecta.

Y aun así, mientras hablaba, algo dentro de ella imaginaba un océano profundo y silencioso, donde nadie le exigiera ser fuerte todo el tiempo.

Elin terminó. Se sentó. Sus manos temblaron un segundo que nadie vio.

Más tarde, cuando el tribunal se vació, el aire de Bergen la recibió con su frío suave. La ciudad parecía envuelta en niebla, como si alguien hubiera borrado los bordes.

Caminó sin prisa, dejando que el ruido del tráfico se confundiera con sus pensamientos. Sacó el teléfono. Mensajes. Trabajo. Recordatorios. Lo guardó.

Se quedó mirando el mar a lo lejos.

Le dolía admitirlo: estaba cansada de cargar con la versión perfecta de sí misma.

Siguió caminando hacia casa. Subió las escaleras, entró, dejó el abrigo, apoyó la frente contra la ventana. Vio su reflejo: fuerte, pulida, impecable.

Y vacía.

Se preparó café aunque no tenía ganas. Dejó los papeles sobre la mesa. Abrió el expediente del nuevo caso. Empresa tecnológica. Manejo de datos. Confidencialidad. Riesgos.

Leyó, tomó notas.

Al ver el nombre de la empresa, algo dentro de ella se agitó sin explicación. No miedo. Algo parecido a un presentimiento hundido, como un pez que pasa rápido bajo el agua.

Cerró los ojos un segundo. Se obligó a seguir.

Por la noche salió a caminar.

La ciudad brillaba sobre el pavimento mojado. Las luces se reflejaban como constelaciones caídas. Se detuvo en un puente. Escuchó el agua moverse lentamente.

El teléfono vibró.

| "Estamos orgullosos de ti, sabíamos que llegarías lejos."

Sonrió, pero esa sonrisa no pertenecía al corazón. Era la sonrisa que aprendió cuando tenía que parecer bien.

Guardó el móvil.

Se abrazó a sí misma, no por frío.

Por costumbre.

Volvió a casa tarde. Revisó otra vez el expediente. Repasó cada cláusula. Preparó mentalmente qué diría en la reunión del día siguiente.

Y cuando apagó la luz, el último pensamiento que cruzó su mente fue una imagen:

Ella, sumergida en un mar profundo, sin tener que demostrar nada.

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A cientos de kilómetros, en otra parte de la ciudad, alguien también trabajaba en silencio.

Pero era un silencio distinto, no el solemne silencio de un tribunal. Sino el zumbido constante de servidores, ventiladores y monitores..

El código corría como una corriente azul sobre la pantalla.

Liam parpadeó un par de veces para despejarse. Llevaba horas trabajando. El zumbido de los servidores era como un río constante alrededor de él. El resto del equipo hablaba, reía, se movía. Él estaba allí y, al mismo tiempo, en otra parte.

Le gustaba ese mundo. Ahí las cosas tenían una lógica. El problema existía; la solución también. No había emociones inesperadas, ni promesas implícitas, solo sistemas.

Había pasado horas depurando el algoritmo, y el cansancio se le insinuaba en los hombros... pero sus manos seguían moviéndose con suavidad, casi con cariño. Le gustaba construir cosas, le gustaba la sensación de entender un sistema complicado y volverlo orden.

Al fondo, alguien dejó una taza sobre una mesa. Risas débiles. Conversaciones sueltas. Oficinas. Tecnología. Un proyecto que tenía que estar listo en dos semanas.

Sus dedos se movían rápido, seguros, hasta que una sensación rara le cruzó el brazo derecho. Como una descarga tibia. Dejó de escribir un momento. Cerró los ojos.

-No, no ahora -pensó.

Se enderezó lentamente, esperando que nadie lo hubiese notado. Como casi siempre, nadie notó nada.

Para ellos, Liam era:

El tipo brillante.
El que siempre encontraba soluciones.
El que sonreía incluso cuando todo salía mal.

-¿Lo lograste? -preguntó un colega, asomándose detrás de él.

Liam giró en su silla, con esa sonrisa tranquila que parecía natural y que, de algún modo, había aprendido a usar como escudo.




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