El día siguiente no llegó con promesas de nada espectacular. No hubo un amanecer dorado ni nubes dramáticas ni una lluvia cinematográfica que anunciara el comienzo de algo importante. Solo hubo luz gris: esa luz discreta que entra por la ventana como si pidiera permiso para estar ahí, sin molestar demasiado, pero insistiendo de todos modos.
Elin abrió los ojos con una sensación extraña: sabía que había dormido, pero sentía como si su mente nunca hubiera descansado del todo. Había soñado con agua; aunque no era el tipo de agua que amenaza o destruye. No eran tormentas ni olas violentas; eran corrientes lentas, frías, perfectamente ordenadas, como pasillos acuáticos que se extendían hacia un lugar que no lograba ver.
Se sentó en la cama y miró alrededor. El cuarto era exactamente el mismo de siempre, pero esa mañana tenía algo distinto: un aire distante, como si perteneciera a otra persona. Inspiró profundamente y contó mentalmente: uno, dos, tres, cuatro. Recordó que no lo había aprendido en biología marina, como habría esperado, sino en abogacía. Respirar. Sostener. Soltar. Continuar. No era misticismo; era técnica. Era una forma práctica de no desmoronarse..
Se levantó. Preparó café. Se duchó. Se recogió el cabello. La rutina tenía esa capacidad casi mágica de ponerle bordes a las cosas y volver manejable aquello que, si se pensaba demasiado, podía resultar abrumador. Sin embargo, bajo todo ese orden, seguía quieto el mismo pensamiento, instalado con educación; sin hacer ruido, pero sin irse jamás: «No pertenezco del todo aquí, pero tampoco pertenezco allá»
Fue entonces cuando el teléfono vibró sobre la mesa. En la pantalla, un aviso escueto:
| Reunión — 09:30
Proyecto conjunto | Sala 4B
L. Sørensen
Sintió un latido diferente. No era la agitación de un romance juvenil ni un impulso precipitado, sino algo más sobrio: curiosidad, quizás, o un respeto profundo. Era una sensación indefinida que, de momento, prefirió no diseccionar.
Recordó la guitarra, el silencio compartido, la calma que había entre ambos sin necesidad de explicaciones. No parecía frágil, al menos en apariencia. Y aun así, había algo en él, algo silencioso y profundo, como una corriente submarina que existe aunque nadie la vea.
Se vistió, tomó su bolso y salió. Bergen estaba tranquila, cubierta por esa bruma suave que volvía todo más lento y silencioso. La ciudad tenía la particular habilidad de invitar al recogimiento, y para Elin, eso no era una desventaja. El ruido, cuando era demasiado, podía quebrarla. No por debilidad, sino porque llevaba demasiado tiempo sosteniendo cosas que no decía.
***
Liam estaba despierto mucho antes de lo razonable. No era exactamente insomnio, pero tampoco descanso verdadero. A veces sentía que su cuerpo dormía solo a medias, como si hubiera una parte de él que se mantuviera vigilante.
Se sentó al borde de la cama, se pasó la mano por la frente y sonrió con esa sonrisa que usan las personas que aprendieron hace mucho a responder “todo está bien”, incluso cuando saben que no siempre lo está. Se estiró despacio. Hubo una mínima demora en el movimiento de su mano, apenas perceptible. Un segundo de diferencia. Nada que alarmara a nadie. Pero suficiente para que él lo notara.
No dolía. No asustaba. Solo estaba.
El celular vibró.
| Reunión — Proyecto 09:30
Elin.
Pulsó el mensaje, lo leyó y luego lo dejó. No pensó en destino ni en romance. Pensó simplemente en alguien que sabía estar en silencio sin llenar el espacio de palabras innecesarias. Y eso, para él, tenía un valor raro.
Bajó a la cocina, preparó café, abrió algunos documentos y dejó que el sonido del teclado organizara su mente. Códigos, diagramas, ideas conectándose. Durante unos minutos, todo tuvo claridad. Y con eso le alcanzaba.
Liam movía el cursor de un archivo a otro, ampliaba detalles, volvía atrás, comparaba versiones anteriores. No era solo revisar. Era volver a caminar el proyecto paso a paso, asegurándose de que cada decisión tuviera sentido.
Cada vez que encontraba algo que no le cerraba, marcaba una nota breve. Nada exagerado. Solo un recordatorio para más tarde en la reunión:
“Revisar flujo.”
“Posible cuello de botella.”
“Optimizar antes de la fase tres.”
No necesitaba escribir más. Su mente completaba el resto.
Tomó un sorbo de café. Estaba amargo, pero no le importó. El calor le devolvía una sensación casi física de control, como si pudiera sostener el peso del cansancio con las dos manos.
A veces, se quedaba quieto mirando la pantalla sin teclear. No porque no supiera qué hacer, sino porque repasaba mentalmente las consecuencias de cada cambio. Veía escenarios posibles. Fallos improbables. Errores que nadie más imaginaba.
Era su forma de cuidar.
No solo el proyecto.
Sino todo lo que venía detrás.
Su respiración se volvió más lenta. Los hombros bajaron apenas. En ese pequeño orden que encontraba frente a la computadora, había una calma que no aparecía en otros lugares. Allí no tenía que explicar cómo se sentía, ni justificar por qué seguía trabajando más de lo necesario.
Solo tenía que resolver.
El cursor parpadeó en una línea vacía. Liam sonrió con discreción, casi imperceptible. Había logrado aclarar algo que lo había inquietado toda la madrugada: un ajuste simple, un cambio de ruta, una mejora que haría el sistema más estable.
No era una gran victoria.
Pero era suficiente para esa mañana.
Apoyó los dedos sobre el teclado unos segundos más, como si le costara desprenderse de la concentración. Luego guardó los cambios, dejó otra nota para más tarde y cerró lentamente la ventana del proyecto.
El café ya estaba frío.
El cansancio volvió de golpe, como un recordatorio silencioso.
Se pasó una mano por el rostro. Por un momento, pareció más viejo de lo que realmente era, no por edad, sino por todo lo que cargaba sin decirlo.
Editado: 11.01.2026