Capítulo once; dos veces Madeleine.
LA PURIFICADORA MADELEINE.
Estaba aburrida de tanta ceremonia para hablar con el monarca, entiendo que sea el regente, pero esto es frustrante y no es como si yo le deba pleitesía.
Ya me imagino el porque de ésta llamada, pero espero equivocarme.
Pasamos a la sala del trono y me aturde la cantidad de color dorado en ésta habitación, nunca entenderé esto y tampoco el hecho de hablar aquí.
No ha dejado de observarme desde que entré e intenta imponerse con su severa mirada y... ¡Oh, ahora entiendo! Quiere demostrar quién manda aquí para eso quiere hablar conmigo sentado en el trono, que ridiculez.
Pasa sus ojos desde mi cabello castaño claro envuelto en una simple trenza, mi rostro, de ahí baja a mi vestido el cuál es sencillo y sin escote, él es un maldito morboso.
Cuando termina de repararme ya estoy en frente de él y me observa con superioridad.
Que fastidio.
— ¿Qué necesita hablar conmigo?
Él hace una mueca y yo quiero hacer una sonrisa de burla pero me contengo.
— Esa no es forma de hablarle a tu rey, Madeleine. —Dice con molestia. Yo solo lo miro y alzo una ceja.
Se me queda viendo a los ojos tratando de doblegarme, pero al ver que no funciona decide continuar.
— Ya está llegando tu hora de ceder el puesto.
— Lo sé. —Digo en un tono que pareciera que no me importa lo que insinúa.
— Este reino ha sobrevivido miles de años sin ser conquistado y así será miles de años más. Esa barrera ha mantenido a salvo a mi pueblo y no quiero que eso cambie, nunca ha habido una guerra aquí y no quiero que la haya. Este reino y todos sus habitantes es mi prioridad, ¿Cierto? —Termina su bla bla con una pregunta a lo que yo solo asiento.
— Bien. Ahora bien sabes que a la edad que tienes ya las otras han encontrado a su sucesora y al poco tiempo hace la entrega.
— Llegue al punto, por favor.
— ¿Ya has encontrado a tu sucesora? —Pregunta levantándose del trono y caminado hacia donde yo estoy.
— ¿La has encontrado, Madeleine? —Vuelve a preguntar cuando no he respondido.
— Sí, la he encontrado, Derivan. —Parece gustarle mi mentira aunque le haya dicho su nombre.
Que fácil es convencer a una persona y más si está desesperada.
Desesperado por proteger a su pueblo y a si mismo, si bien es correcto de cierta forma.
Camina a mi alrededor y se detiene a un lado, estira su mano y toca mi mejilla izquierda, no me muevo no porque me agrade que me toque si no porque necesito que entienda que todo está controlado y si me muestro nerviosa o rechazo algo de su parte, alargará esto más de lo debido y ese no es mi objetivo.
— Perfecto. Sabes siempre me has parecido hermosa y unido a eso está tu carácter fuerte, digno de una reina. Pero no todo se consigue en ésta vida, ¿No te parece? —Su voz es baja y dulce, pero al decir lo último vuelve a ser irritada.
Se aparta de mi y regresa al trono.
Tiene el porte de un rey, eso es bueno, supongo.
Tiene el cabello negro, ojos verdes y un rostro aunque es perfilado es totalmente varonil, él me recuerda a mi la mayoría del tiempo es como un rey de porcelana, se ve tan frágil pero es fuerte, a veces creo que es por su deber y el mío el porque no me cae muy bien.
Es un hombre apuesto eso no lo niego y aunque como monarca me saca de quicio y muchas veces me aburre, sé que como hombre es más interesante, pero estás cosas tan banales nunca han sido de mi interés. Lo deseé.
Todo estos sentimientos son hechos por mi mente para no hacerme sentir tan vacía, es un engaño, lo sé, pero no me quejo.
— Así es, su majestad. —Y es totalmente cierto yo más que nadie lo sé.
— Espero que la sucesión sea rápido porque tú sabes que tu tiempo ha acabado.
Solo asiento y me retiro.
Vaya que lo sé, Derivan, pero si tu reino y tú no quieren terminar consumidos lo mejor es que yo aguante un poco más.
Que no caiga en la tentación.
Que no cometa un error.
Que no me haga mil pedazos.
***
MADELEINE ROSS.
Había vuelto a casa y ya tenía como una año de estar ahí.
Había decido dejar atrás la ciudad y volver de dónde nunca debió salir, porque se perdió tenía algunas lagunas en su memoria y no sabía el porque, pero aún así no se animaba a ir un psicólogo o psiquiatra lo que sea que necesitará, no quería romper la burbuja, así que lo decidió. Olvidar todo.
Y lo logró porque llevaba una vida normal, sus padres aún vivía y a ella no le importaba el vivir con ellos, los ayudaba en la granja, le daba una especial atención a un jardín lleno de flores que no sabía que le gustaban, pero bueno.
Leonardo y Judith, sus padres, la animaron a qué con consiguiera un trabajo ya sea en el pueblo donde vivían o en el siguiente, así lo hizo, era secretaria de un odontólogo, a veces era sencillo como había momentos en los que se encontraba pérdida.