Capítulo diecinueve; olor a caléndulas blancas.
MADELEINE NESCH.
Alguna vez, en el pasado.
Hoy había mucho movimiento, trataban de que todo estuviera perfecto, bueno, tenía que serlo ya que acciones como esas no tenían lugar a fallas, pero aún así me molestaba lo mucho que esforzaban, lo entendía, si, por supuesto que sí, pero deberían dejar las cosas fluir. Deberían saberlo.
Camino esquivando a las personas para llegar a ese árbol que tanto me gusta y dónde él me espera.
Por ir tan concentrada en llegar rápido choqué con alguien y este se cayó.
— Disculpa — Digo mientras ayudo al niño a levantarse.
Me sonríe, es tan tierno y me llevo una sorpresa que hace que yo sonría abiertamente.
— N-no está bien, venía jugando y — Se rasca la nuca y sonríe avergonzado— bueno ya sabe.
Me río y me bajo a su estatura.
— ¿A qué estabas jugando? — Va a responder, pero se queda sorprendido viendo algo—. ¿Qué pasa?
— Esto... Mmm... Bueno... Tienes la marca — Dice entre impresionado y un poco asustado.
Yo río y observo la marca que se encuentra en mi hombro izquierdo por debajo de la clavícula y que al parecer se ve porque mi suéter se bajó de ese lado.
Trato de mostrarme sin temor.
— Así es. Dime, ¿Te asusta la marca? — Pregunto mientras escondo la marca.
Se ve incómodo así que lo animo a que diga lo que piensa. Se me hace extraño que se mida en expresarse, eso es raro por aquí.
— ¡No, no! — Se queda estático como si alzar la voz fuera malo—. Bueno, lo que pasa es que sueño con alguna vez llevarla — Sonríe con ilusión y después es sustituida por una de tristeza—. Pero eso no va a ser posible.
Esto es preocupante, no entiendo que está pasando con su enseñanza.
— ¿Por qué no? — Mi voz es suave y tranquila, pero aún así duda—. No temas en decir lo que piensas, así que dime porque piensas que no llevaras la marca de—
Soy interrumpida por otro niño que llega detrás mío buscando al de cabellos color atardecer un poco rojo y ojos de plata.
Solo me sonríe y se marcha con su amigo.
Esto fue extraño, aquí nunca ha habido restricciones en la enseñanza de los niños.
Observo mi reloj de bolsillo y noto que voy un poco tarde.
— Maldición — Susurro y apresuro el paso.
Salgo al fin del centro y sigo el camino hasta llegar a uno que lleva al lago.
Me detengo porque estoy cansada de tanto caminar.
Respiro rápido y estoy sudada, que bochornoso espectáculo.
— Bien. Aquí vamos — Digo observando la pequeña montaña que ahora se ve gigante.
Empiezo a subir y a subir, hasta que ya se empiezan a ver las caléndulas que se encuentran cerca del árbol madre.
Sonrío y llego hasta arriba, me quedo un momento ahí recuperando el aliento.
— Vaya, esto si que es digno de pegarse una sudada — Digo viendo desde arriba el gran lago y como todo a su alrededor está lleno de caléndulas blancas, bueno no todo ya que hay un sendero que lleva hasta la orilla de este.
Observo a mi costado que es donde se encuentra el árbol madre, no entiendo porque lo llaman así, bueno eso no es del todo verdad ya que la energía que emana ese árbol es parecida...
— ¡Ey, acércate! ¡No te quedes solo viéndome, quieres! — Grita a quien vine a visitar, interrumpiendo mis profundo pensamientos.
Ruedo los ojos y camino hacía el árbol que es dónde él se encuentra.
Cuando voy acercándome vuelve a hablar.
— Vaya que te demoraste — Dice mirándome reprobatoriamente—. Llevo al menos una hora esperando aquí.
— Deja de ser tan exagerado — Digo al llegar—. ¿Por qué tenías que verme justamente hoy? — Pregunto seriamente al frente de él que está sentado en el suelo.
— ¿Por qué eres el amor de mi vida y siempre quiero verte? — Pregunta sarcásticamente mientras se encoge de hombros.
Me río bajito.
— ¿Siempre quieres verme? — Le pregunto divertida mientras me siento en una raíz del árbol que está a su lado izquierdo.
— También te dije amor de mi vida, ¿Sabes? — Dice mirándome fijamente.
Me encojo de hombros y le sonrió.
— ¿Y bien? — Insisto.
— Que hermoso es este lago, parece cristal, emana tantos colores cuando alguna luz le pega directamente y se mueve el agua — Se queda pensativo mientras observa al lago—. Es un diamante, debería llamarse lago diamante, ¿No crees? — Pregunta aún sin observarme.
Está dando vueltas, es sarcástico, duda mucho, su mano derecha está en el suelo y su pierna no me permite verla, pero por su leve movimiento en el hombro izquierdo supongo que la está moviendo mucho y eso significa que está muy nervioso.
Nunca lo había visto tan nervioso así que presionarlo solo llevará a que se coloque a la defensiva y si el quiso verme aquí es porque está dispuesto a hablar. Así que lo mejor será que le dé tranquilidad y si aún quiere hablar antes de que termine la tarde, lo escucharé.
— Debería llamarse lago Madeleine porque es muy impresionante de ver igual que yo — Digo en forma presumida.
Él se ríe bajito y me observa.
— ¿En serio? — Pregunta y alzo los hombros en respuesta—. ¿Qué es esa mano pintada en tu suéter?
Frunzo el seño y bajo la mirada a mi suéter de color cerezo, y sí, hay una pequeña mano pintada en la parte del costado derecho de mi suéter, la toco y me doy cuenta de que es pintura café.
— Al parecer fue el amiguito de ese niño que me tocó sin darme cuenta, espero que se quite — Digo aún sin creer que ese niño me ensució de pintura y yo no me di cuenta.
— ¿Niños? No lo puedo creer tu — Se ríe— con niños y para agregar te manchó de pintura uno de ellos.
Lo miro incrédula.
—¿Por qué lo dices de esa forma?
—¿Cuál forma? — Pregunta aún riéndose.
— ¿Enserio me preguntas eso? — Le pregunto indignada.
— Es que enserio se me hace imposible imaginarte jugando con niños, lo único que me viene a la mente es a ti hablando con ellos y no precisamente para contar chistes — Dice con una sonrisa que no sé descifrar.