Capítulo veintiuno; Gravedad.
MADELEINE LAROUXS.
La hermosa chica se encontraba absorta observando el mar ubicado en alguna parte del basto mundo, se veía melancólica pero de una manera hermosa como si no fuera en verdad algo que lastimase a su corazón, no, más bien era como si ese fuera todo cuánto se dejaba sentir, eso parecía hasta que sonrió y todo rastro que sugería que se sentía mal desapareció, como si hubiera despertado de una ensoñación que le confería el mar.
Un hechizo cautivador que te hacía sentir melancólico aún si estuvieras flotando en un arcoiris, ese era el efecto que tenía sobre si el mar.
Sus cabellos castaños se movían lentamente por el viento y acariciaban su rostro, los ojos que se parecían mucho a una bebida pero también a los rastros amarillos que deja el atardecer o cuando el amanecer se abría paso, pero el color de sus iris parecía diluida de alguna forma como si no fuese ese el color en verdad, se veían complacidos tanto como su pequeña boca se encontraba ahora estirada en una sonrisa, inhaló profundamente y se dejó caer riendo en la arena, su mediana figura vestida con un flojo vestido color gris se veía tan discordante con el entorno lleno de colores vivos.
Y aún así quien la viera tirada en la arena con una sonrisa de oreja a oreja, los ojos cerrados y la tranquilidad que emanaba se hubieran quedado absortos viéndola y pensando en la belleza del sentirse bien, pero eso no pasaría ya que no se encontraba nadie por ahí que interrumpiese su pequeña despedida.
Exceptuando a alguien que estaría por llegar.
Así después de que el sol se oculto y el cielo se bañó de estrellas, cuando el aire se volvía cada vez más frío y a medida que se acercaban las horas melancólicas él llegó como siempre con esa expresión pasible, una pequeña sonrisa que a veces se asomaba y sus ojos peculiares que cada vez más se mostraban cansados, tristes y aunque la perdida se los estubiera tragando aún así había esa chispa que se negaba a partir y esa estaba llena de confianza a todo lo que ella demostraba, pero eso solo hacía que se sintiera triste por el hecho de no tener esperanza en lo que el destino le podría ofrecer.
Eso era lo que ella esperaba ver en él.
Hace tiempo tuvieron una extraña conversación.
Una vez se lo preguntó.
« — ¿Por qué estás hablando como si yo fuera la madre de todo?
Él me observa y yo no sé descifrar lo que me ofrece su expresión.
No responde y tampoco expresa algo así que solo me da la espalda y se marcha dejándome con un mal sabor en la boca. No me gusta hacia donde se está dirigiendo esto.
Y mucho menos me gustan mis sentimientos hacia él, es como una felicidad que su pureza se basa en la tristeza, una sensación de estar al lugar que pertenezco y que me lastima tanto que estoy segura que bebo verme como una mártir de pintura.
Y me hace odiarlo porque después del sitio donde crecí nada más me había hecho sentir que pertenezco, odio eso, ahora ni tan siquiera soy capaz de verme con esos sentimientos porque han quedado en el pasado y han sido completamente renovados por él, todos mis sentimientos han sido hayanados por él como una maldita obsesión.
No sé lo que siento y mucho menos a dónde llevará eso, a veces pensamos tanto en lo que sentimos y llegamos a una conclusión, pero después ese punto al que llegamos no nos sirve de nada porque simplemente no las pasamos en constante cambio y lo que más pasa por transformaciones son los sentimientos.
Nosotros nos moldeamos y es por eso que necesitamos intentar comprender lo que sentimos.
Para que llegará a pensar todo eso solo pasaron semanas y después cuando él regreso por un breve momento con todas esas emociones haciendo ebullición en sus ojos se lo pregunté.
— ¿Crees que el destino favorecerá a que logres tu cometido?
Él me sonrió de esa manera que delata que estás tan perdido en tus pensamientos y que tus emociones son una tormenta que está a punto de tragarte.
Una vuelta a la realidad que te marea.
— Ya lo habrás notado yo no tengo esperanzas y por ende el destino no me proporcionara nada porque no creo en tal cosa — Dice en un susurro—. Ahora, si vamos a cuestión de creer solo se la dedico a ella, sea lo que sea lo logrará.
Suspiro por lo que dice y lo triste que suena, pero el creer en alguien de esa manera me sorprende porque sobrepasa el si mismo primero.
— Soy ella — Digo viéndolo directamente a los ojos—. Ella soy yo y aún así no creo que lo logremos.
Se ríe de una forma puntiaguda.
— No. — Lo observo confusa— No eres ella y ella definitivamente no eres tú, eso jamás pasará — Se acerca a mí y yo estoy que no entiendo nada—. ¿No lo has notado? — Pregunta y no sé a qué se refiere—. Tú llevas su nombre e incluso un poco de su apariencia y tu alma — Su mirada se vuelve triste.—... tu alma solo está completa por qué su reencarnación en esta dimensión al morir en mis manos su alma no volvió a dónde debía, no, solo le dió la oportunidad a un alma incompleta destinada a llevarse tu vida — Toma uno de mis cabellos castaños y lo devuelve atrás de mi oreja—. ¿Ahora lo entiendes? Es por eso que siempre te sientes tan lejos y tan cerca en ésta dimensión, es por eso que no te gusta que mencionen tu nombre a la ligera y no sientes que ese nombre te pertenezca, es por eso que conmigo sientes tantas cosas y la que más abunda es el odio hacía mí — Me sonríe y tanto su intento de sonrisa y ojos se ven tan tristes, con ganas de derramas lágrimas que jamás tocaran sus mejillas—. Porque sabe quién soy y lo que he estado haciendo, sabe que te llevaré y no solo será la parte que no te pertenece — Su voz se ha ido bajando cada vez más—. Es por eso que olvidarás y vivirás como quieras hasta que sea el momento — Voy a objetar con una pregunta pero no me lo permite—. Porque no quiero robarte más nada.