Capítulo veinticinco; Zared.
No dormí nada después de haber comido y darme una ducha. No pude y creo que es por el inevitable final que se avecina como una avalancha sobre los dos.
Lo veo dormir plácidamente todavía. Lleva horas así, todos están del mismo modo y seriamente creo que es lo mejor ya que van a necesitar toda la energía que tengan a su dispo...
Se crea una comunicación de pronto.
— ¡Madeleine, ey, Madeleine!—llega el llamado de una vez y me relajo al saber quien es.
Suspiro de alivio.
Al fin, pensé que no se comunicaría conmigo.
— No me grites que te escucho perfectamente —respondo mientras creo un vacío.
— Sí. Sí. —le resta importancia.
Ignoro eso para no discutir.
— ¿Lo tienes? —pregunto y ruego porque así sea.
Se demora en responder y ya me estoy preguntando si hubo algún contratiempo.
— Sí, fue difícil obtenerlo, pero bueno. ¿Vendrás por el o cómo vas a...
— ¿Dónde estás exactamente? —pregunto para que deje de divagar.
— En casa como todos —dice despacio y su voz suena nostálgica justo como se siente mi corazón al anhelar volver.
— ¡Que bueno es escuchar eso! —exclamo en medio de un suspiro aliviado—. Entonces no entiendo porque preguntarme como iba a hacer para recibirlo.
Se ríe y ese sonido me trae tantos buenos recuerdos.
— Lo lamento es que he estado mucho tiempo lejos de casa y se me han pegado algunas cosas —dice y suena un poco avergonzado.
Ahora la que se ríe soy yo y a la vez me siento un poco triste por lo que un pasado sucedió.
Esa presencia que tanto conozco se hace presente por un instante tan pequeño que me pregunto si en verdad la sentí y sé que fue real porque el reloj que tanto tormento me ha traído cae de una vez en mis manos.
— ¿Ha llegado? —pregunta y es solo por presumir ya que una transportación tan perfecta solo la puede hacer él.
— Imposible de rastrear —digo de manera orgullosa.
— ¡Obvio, nena, soy el mejor en esto! —exclama con mucha emoción y me río porque siempre es así cuando las cosas le salen bien—. Esa barrera sólo me permitió entrar porque era yo.
— Lo sé —respondo un poco ida.
— Madeleine, ¿qué pasa?
— ¿Cómo están mis padres?
Cambio el rumbo de la conversación y respiro de alivio cuando él no se opone porque si continuaba yo le habría dicho demasiadas cosas.
— Como si el tiempo jamás hubiera pasado.
— Eso... —Se hace un nudo en mi garganta—, ¡joder, eso es fantástico y aterrador porque cuando vuelva —miento porque quiero imaginar que eso sea posible—, me veré muy cerca de su edad. No sé si eso sea buena o malo!
— ¡Es jodidamente cierto, yo me veré casi más maduro que ellos! —se ríe y parece feliz de que haya desviado la conversación hasta aquí—.Y yo me veo mayor que mis padres, no por mucho... ¡Esto me pasa por tener padres tan jóvenes! —se ríe otra vez y yo me lo imagino con esta sonrisa que duele pero que aún puedo esbozar. Deja reír y trata de volverlo a hacer pero le cuesta—. ¡Maldición, ustedes no volverán y va a ser muy difícil para todos acá pero también nadie los olvidará por todo lo que han hecho por nosotros y yo me lamento el no haber podido aliviar más su carga!
Me gustaría llorar pero ni tan siquiera me puedo permitir eso porque me derrumbaré.
— Zared, para por favor —ruego—, no hagas eso de querer más responsabilidades porque vas a tener más de las que te gustarían después de que esto pase —mi voz se está debilitando así que carraspeo y continúo—; los protegerás hasta que todos puedan volver a su ritmo, tu tarea es más importante porque poder tratar con burócratas es algo muy aburrido y tedioso —se ríe y crece una sonrisa en mi rostro a causa de ello—, pero tú si que te sabes mover en ese ámbito y hasta quizás puedas cambiar todas las reglas absurdas para convertir nuestra dimensión en lo que en verdad es, ¡joder, me gustaría solo para presenciar eso no morir!
— Si que acabas de dejar muchas responsabilidades en mis pobres hombros —dice riéndose suavemente.
Y es por eso que noto algo.
— ¿Y qué tienes pensado hacer?
Se queja de que siempre descubro cuando él planea algo.
— No puedo ir diciendo mis planes por ahí.
— Es en serio —me quejo—, esta es la maldita conversación más segura del universo.
— Bueno, sí —dice como si nada.
— ¡¿Cómo qué bueno sí?! —alzo la voz a causa de su indiferencia—, ¡carajo, ¿tú sabes cuántas personas importantes desearían hablar en un vacío tan perfecto cómo el mío?!
— Pero no tienes porque gritarme, maldición —dice quejándose.
— Si estuvieras aquí te iba a patear por... por... —No recuerdo porque estaba enojada exactamente—. Lo volviste a hacer y yo caí estúpidamente.
Una carcajada seguida de otras es lo que escucho en un buen rato hasta que decide parar.
— Bien. Tengo pensado hacer unos tratados y crear leyes por supuesto que beneficien a todos, también derechos para todos pero principalmente para esas razas que son débiles y que las fuertes quieren utilizar, un acuerdo que nos lleve a todos estar en paz si es que eso existe y eso principalmente sería escuchar sus opciones y propuestas, pero principalmente evitar que se maten entre ellos o nos maten a nosotros en el proceso. En fin, eso durará mucho tiempo, así que de seguro regresarás todavía en medio de ello y tendrás que ayudarme.
Me sorprende mucho todo lo que tiene pensado hacer.
Me siento tan orgullosa por el cambio que ha tenido.
— Es cierto, eso se oye muy complicado y sí, espero que no estés tan viejo cuando vuelva.
— Seré algo así como tu amigo el abuelo —sigue mi broma.
— Adiós —digo de repente y es que no quiero seguir haciendo esto. Me lastima.
— Cuando sea el momento dirigelos al portal de los celestiales. Estaré ahí esperando.