Unas gacelas se perseguían jugando serpenteando por aquí y por allá, pasando por el lado de un lago de agua cristalina se desviaron hacia la derecha corriendo para adentrarse en una extensa llanura verde de follaje alto en el que se perdieron de vista.
Dos seres gloriosos los veían desde las ramas de un gigantesco árbol que aún estaba en su juventud, la sonrisa que tenían era capaz de iluminar el día más gris, pero no era suficiente para despertar al ser que yacía sentado contra el árbol de la vida —o árbol madre— con una espada entre sus pies sostenida fuertemente por sus manos.
El tiempo no se había detenido, no, en cambio había corrido demasiado rápido tanto que muchas cosas habían cambiado y otras simplemente desvanecieron. Pero así es la vida; unas cuantas cosas evolucionan para seguir aquí y muchas otras se niegan y desaparecen.
En ese tiempo que había pasado esa dimensión se había extendido o más bien ellos descubrieron y las funciones que tenían resultaron ser un tanto curiosas porque al saber que servirían a la muerte nunca pensaron que las cosas serían... así.
Todo aquí tenía su lugar aunque ellos no eran tan estrictos; ciertos animales que eran recogidos por ellos tenían su espacio. Los Celestiales y Los Guardianes igual. Aunque para estos últimos era la misma muerte la que se encargaba de los pocos decesos que había.
Era por decirlo un trabajo fácil, pero sorprendentemente siempre había algo que hacer. Algo que cuidar.
—Ya es hora, Kaull —le dijo emocionada su compañera, sacando sus alas a relucir para bajar a los pies del gran árbol.
—Sí, ya deja de ser tan irrespetuosa —la imitó parándose a su lado—. Muestra tus respetos por tu superior.
—Kaull, a él no le molesta —bufó rondando los ojos—. Entonces no entiendo porque tienes que seguir insistiendo —se cruza de brazos para mirarlo—. Solo lo haré si él me lo pide, de lo contrario no y mucho menos para seguirte a tí. Eres tan cuadrado.
—¿Qué? —la miró ofendido—. Leag, yo no soy cuadrado, más respeto por favor.
La Celestial se echó a reír a carcajadas limpias mientras su compañero la veía no muy... bien.
—¡Que no eres cuadrado! Ah, pero que chiste —se acercó a él—. Escúchame bien: ¡Eres muy cuadrado, tienes que relajarte y tratar de tutear a alguien más que no sea yo!
—No grites —la miró severo.
—Yo grito todo lo que quiera y de qué te preocupas, no entiendo, si aquí nada más estamos tú y yo —resopló—, nadie va a escuchar como te digo en tu cara lo cuadrado que eres.
—Bueno, yo no te estoy prohibiendo nada pero... —alzó una ceja y se cruzó de brazos al igual que ella— te informo que para tener una conversación fructífera no hay necesidad de vocear a los cuatro vientos.
Leag abrió los ojos para después entrecerrarlos. A Kaull no le agradó tal acción porque ya sabía lo que se venía.
—Bueno, verás que si da frutos porque siempre terminas escuchándome —descruzó los brazos solo para poner sus manos en la cadera—. ¡Los cuadrados como tú solo entienden cuando uno les grita en la cara!
El Celestial rodó los ojos y una vena se le asomaba en la frente. Leag lo estaba irritando y ella lo sabía perfectamente, era por eso que sonreía victoriosa, viéndose como una mujer común y corriente que peleaba contra su pareja.
—No voy a hablar más contigo, eres desesperante —murmuro mirando a un lado.
—Te informo que estás haciendo todo lo contrario —la sonrisa que tenía Leag se escuchaba en su voz.
—Desde ahora.
—Lo volviste a hacer —canturreo.
—¡Ya basta, Leag! —terminó alzando la voz y viéndola fijamente.
—A mí no me grites.
—¡Claro! ¡¿Y tú si puedes gritarme a mí?! ¡¿Yo no tengo que decir nada al respecto?!
—Yo soy mujer —dijo alzando la cabeza.
—¡Oh no! Mujeres son esas que caminan en la dimensión humana tú —la señaló— eres un Celestial Querubín Protector y todos somos iguales.
—Vaya, eso significa que puedo tutear a los demás —sonrío victoriosa— y ellos no tienen porque quejarse.
Kaull suspiró.
—Iguales a excepción de los rangos; tienes que respetar a tus superiores.
—¡Puff, por supuesto que no! Si no lo hice cuando estábamos en la academia Hammett, no lo voy a hacer ahora —hace un gesto desdeñoso con la mano—. Como dicen los humanos: Árbol que crece torcido, muere torcido.
—¡Y por eso nos metimos en muchos líos! —refunfuña y de pronto la mira curioso—. ¿Dónde escuchaste eso?
—En la dimensión humana, dah.
—¡Arg! —gruñe—. Entonces escuchaste mal.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Tu oído es mejor que el mío, eso estás tratando de decirme?
—Bueno, sí, pero yo no me estoy refiriendo a éso —alza los hombros—. Mira, ésta es la manera correcta: Tronco que crece torcido–
La Querubín se carcajea burlesca.
—¿Tronco? Ya empezaste mal —lo señala—. Además de cuadrado estás sordo.
—¡No soy cuadrado, Leag!