Solo cuando el cristal se quiebra en la mirada,
y el surco de una lágrima delata el abandono,
comprendemos la huella de la mano pesada,
el silencio nefasto que pusimos por trono.
Somos el eco frío de una herida ajena,
el descuido que muerde, la palabra que hiere,
hasta que el llanto del otro nos dicta condena,
y el orgullo de pronto, se calla y se muere.
Pero hay un hilo de luz en la culpa que asoma,
un cambio pendiente en el fondo del pecho;
si el alma se limpia y la paz se retoma,
puede construir lo que ha sido deshecho.
Que mi mano sea puerto y mi gesto sea calma,
mi mirada sea el sueño y mi boca la cama,
pues si habita el bien en el centro del alma,
el frío de este mundo reaviva su flama.
Quizá si yo busco la luz en mi orilla,
tu sombra se vuelva un destello plateado,
ya que la bondad no es más que una semilla
que crece en el campo que hemos labrado.