Elena abre los ojos, consciente del tubo que le atraviesa la garganta para poder respirar. Tose, incómoda y dolorida. La persona que se encuentra a su lado se levanta de un salto y grita en busca de un médico para que la asista, para que la niña deje de sufrir por el tubo. El médico de guardia llega, se realiza el proceso para retirar el tubo y, por un momento, todo es calma.
Dakota corre hacia la habitación de su hija. Ese día, en contra de su propia voluntad, había dado el permiso para desconectarla, para darle un descanso a su cuerpo. Pero hoy una nueva esperanza habitaba en su corazón y, al llegar, ahí estaba la respuesta. Su pequeña Elena había despertado del coma inducido por los médicos para evitar el dolor. El frío extremo al que fue expuesto su pequeño cuerpo había comprometido fatalmente sus órganos, dando como resultado un fallo renal irreparable. Aquella había sido la causa de su inminente deceso, pero como el mismo Sócrates había dicho en algún momento: los milagros existen. Y ella, Elena, definitivamente era uno.
—¿Dónde está? —grita Dakota, desesperada. —¡Mi niña, mi vida! Quiero verla, por favor. —Una enfermera la detiene, impidiendo que caiga de rodillas. —Por favor, ¡déjenme verla, es mi hija! —exige entre sollozos.
—¡Dakota, Dakota! —la llama Sócrates, atrayéndola a su pecho. —Ven aquí, por favor, ven conmigo. —El hombre cierra los ojos ante el llanto dolorido de la mujer que ahora es su esposa.
—¡Por favor, por favor, mi niña! No la desconecten, ¡no! —grita sin consuelo, casi desmayada.
—Dakota, mi niña —grita Nana Marie. —Mi niña está despierta. —Corre hacia su patrona y la sostiene también en sus brazos. —¡Ella… ella despertó! —Pero Dakota se desvanece y pierde el sentido.
—¿Es en serio, Marie? —Sócrates la cuestiona, molesto. —No mientas con eso. —Marie niega con la cabeza, las lágrimas quemándole el rostro.
—¡Jamás mentiría acerca de ello! —le devuelve, rabiosa. —Ella despertó y tosió por el tubo que le obstruía la garganta. No seas cruel —solloza con dolor profundo ante las palabras de Sócrates. —¿Por quién me tomas? —El hombre entrecierra los ojos.
—No seas igualada, Marie —expresa con mal humor. —Recuerda quién soy…
La mujer recia lo deja con la palabra en la boca, yéndose con Dakota y el médico que la está trasladando a la emergencia de la clínica para tratar el desmayo. Su cuerpo ha cambiado desde que Elena ingresó. Dejó de alimentarse e incluso de beber agua. Su cara huesuda representa su tristeza y sus ojos apagados reflejan la culpa que siente al haber olvidado ese día los abrigos, permitiendo que su propia hija sufriera las consecuencias.
Elena se encuentra sentada en la cama, desmejorada y más delgada. El par de círculos violáceos alrededor de sus hermosos ojos la hacen ver vulnerable y deprimida. El médico la examina exhaustivamente para corroborar que todo esté bien.
—Respira profundo, cariño —le solicita el buen doctor, que no sale de su asombro. —¡Eso es, de nuevo! —Él inhala para que ella lo siga y exhala sonriendo para que lo haga de vuelta.
Acomoda el frío estetoscopio en el pequeño pecho de Elena y luego repite la operación en su espalda, asintiendo a todo lo que escucha. Nerviosa, Elena no sabe qué hacer y elabora la pregunta:
—¿Algo va mal conmigo? —su voz sale temblorosa. Tiene mucho miedo y confusión.
—Sorprendentemente no, cariño —responde él, negando con la cabeza y con una sonrisa que a su parecer es de disculpa. Ella sabe lo que sucedió. Dios la ha cuidado desde siempre y él mismo le ha devuelto el aliento de vida para que pueda respirar y ser feliz el resto de su vida. Elena solo quería disfrutar de la Navidad y todo a su alrededor se volvió el drama de una inminente muerte, de la que milagrosamente (para todos a su alrededor) se salvó gracias a ese precioso ser de luz.
—¿Le sorprende? —su garganta arde y la voz rasposa denota el daño hecho por el tubo. Las lágrimas bajan por su piel al ver el asentimiento del doctor. —¿Me diría por qué? —Aún cuando reconoce a Dios como su salvador, Elena siente la curiosidad de saber lo que tanto le asombra al médico.
—Eres muy chica, cariño, no lo entenderías. Además, mi ética me prohíbe revelarte información confidencial —afirma con la cabeza. Ella no tiene muy claro lo de la confidencialidad, pero lo acepta de todos modos, ya que su preocupación es otra.
—¿Y mi mami? —su voz es un susurro doloroso. —¿Ella sabe… sabe lo que me pasó? —Gime. —¿Está aquí?
—Así es, cariño, nunca se movió de aquí. Y tu padre tampoco —dice el doctor. Elena abre la boca y los ojos, tanto que duda volverlos a cerrar.
—¿Mi… mi padre? —No entiende nada. Su último recuerdo fue la tristeza de su madre al perder al ser que amaba y a ella encerrada en esa mansión, pero nada más.
—Sí, claro, el caballero que se presentó como el esposo de tu mamá y que también estuvo aquí todo el tiempo…
—¡Permiso! —dice una voz. Elena mira a Sócrates y de pronto un montón de recuerdos golpean su pequeña cabeza. El hombre palidece visiblemente.
—¿E… Elena? —los ojos de ambos se llenan de lágrimas. La niñita toma su cabeza entre sus manos. —¿Estás… bien? —se acerca cauteloso para corroborar que sea ella.
Los seis meses que han estado en la clínica le han pasado factura a él también, pues se le nota cansado.
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Editado: 22.12.2025