Un tesoro en Navidad

Capítulo 6

La confusión y el desorden emocional que ha sufrido Dakota la han llevado a un shock del cual le es difícil regresar. Su inconsciente solo reconoce el hecho de que dio el permiso para desconectarla, y entonces hoy, en medio de un agudo dolor, la vio y le fue difícil asimilarlo.

Sócrates observa detenidamente el rostro de su esposa. Aunque mantiene la compostura, no puede evitar sentir su dolor. Él fue uno de los que mencionó aquello de que los milagros existen, aun cuando es un no creyente de las cosas divinas, pero, lamentablemente para su estado mental, los médicos afirman que lo es. Se entretiene dándole vueltas a su sortija de bodas, pensando en cómo lograr que Dakota salga de ese sitio oscuro en el que se encuentra y de donde él ha venido.

Su estabilidad emocional estuvo comprometida al ver en los periódicos que se casaba con su hermano hace un poco más de seis años, habiéndolo dejado por una simple confusión. O tal vez no lo haya sido, pero él nunca la engañó y, a pesar de que llegó dispuesto a vengarse de ella, no ha podido, ya que debe reconocer que aún siente algo o, más bien, mucho por ella. Verla así lo destroza e inminentemente culpa a Elena, quien, según él piensa, no debió sobrevivir.

—¡Hey, despierta! —le dice. La mujer, acostada en la cama de clínica, niega. —¡Vamos, despierta!

—Ella… ella vive y no lo sabía —reprocha.

—Yo apenas me he enterado, venía a decírtelo, pero te adelantaste —explica tratando de acercarse.

—No trates de congraciarte conmigo. Me engañaste como la primera vez —gime. —Como siempre lo hiciste. —Lo detiene antes de que la toque.

—Ese no es el punto en este momento —refiere con temor. —El asunto es que tu hija ha regresado y debes permitirte asimilarlo para que puedan estar juntas. —Piensa en aceptar a la niña si de ese modo logra congraciarse con ella.

—¡Vaya! ¿habla el hombre con el corazón de piedra? —dice ella. Dakota cierra los ojos, arañando paciencia del piso de mármol. —Déjame en paz. Te aprovechaste de mi tristeza para obligarme a casarme contigo, eres igual de despreciable que tu madre.

Sócrates traga el nudo que se le hace en la garganta, así como el amargor de las lágrimas que pican tras sus ojos. Se encuentra arrepentido de no haberla buscado y explicarle que él no tuvo que ver con esa mujer. El hombre que ella vio en la cama con la pelirroja fue Marck, pero claro, eso no se lo dirá o por lo menos no ahora, ya que todo fue un montaje entre ellos para que la relación que llevaban terminara. Marck no era el hermano bueno.

—Ya te dije que eso no es relevante en este momento, solo importa tu hija y que en este momento ambas se necesitan.

Dakota suspira, entrecortadamente. Lejos de ser el hombre malo y perverso que todos piensan, sus sentimientos hacia la mujer que tiene enfrente continúan intactos, ya que descubrió el día que llegó a San Rico que la amaba igual de intenso. Pero el destino hizo que las cosas se complicaran.

—En eso debo darte la razón, necesito verla —se baja de nuevo de la cama. —Él se levanta de la silla para acompañarla. —¡No, esto es algo íntimo! —advierte. —Y tú no eres bienvenido a mi intimidad. No espero que lo entiendas, más sí que lo aceptes.

Sócrates asiente con la cabeza y se mantiene sentado. Dakota se dirige lentamente, caminando agarrada de las paredes, para ver a su hija, esa pequeña parte de ella que debe estar asustada, pensando que es la peor persona del mundo al no tener el temple y la fortaleza de abrir los brazos y dar gracias a Dios por devolvérsela. Esa pequeña es el milagro que estaba esperando hace unos meses y que, después del tercer mes, la esperanza se había extinguido, ya que ni siquiera podía verla acostada, inerte en esa cama. Ahora debe pedirle perdón de rodillas no solo a Dios, sino a ella también, porque la culpa la carcome y por esa razón ha reaccionado como lo hizo.

Ingresa y la habitación aparentemente se encuentra vacía. Es blanca, lúgubre e impersonal, tan sombría que raya en lo tétrico. Su hija no está en la cama. Piensa que debe haber huido, ya que ella no tuvo la entereza y la fuerza de abrir los brazos y dar gracias a Dios por devolvérsela. Cierra los ojos y escucha un sollozo muy bajito. Entonces recuerda que cuando Elena está asustada, se esconde bajo la cama. Se baja hasta estar de rodillas y la encuentra hecha un ovillo, dormida, sollozando y temblando de frío.

Se acomoda bajo la cama y la abraza, como lo ha hecho en muchas ocasiones cuando Elena tiene miedo y no quiere dormir en su cama. Llora sintiendo su calor, los latidos de ese corazoncito que ama y, sobre todo, la respiración que extrañaba en su cama.

—Mi niña, mi amor, mi bebé —susurra.

Elena se gira para mirarla directamente a los ojos.

—Mamita, ¿eres tú? —la mujer asiente —Entonces ¿aún me amas?

Y eso fue todo.

Dakota rompe en un llanto desesperado, desconsolado y sufrido. Siente que todo se le rompe por dentro, que los últimos seis meses solo deambuló sin vida mientras la razón de su existir se encontraba en esa cama, luchando por su vida.

—¿Cómo no hacerlo? Si eres la razón por la cual vivo, mi pequeña —la aprieta contra su pecho. —¿Podrías perdonarme? No he sido la mejor madre…

—Pero has sido una muy buena, porque, aunque no había esperanza para mí, te quedaste a mi lado…




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