Uno de los empleados corre en su ayuda y, al verlo, abre la boca para decir algo. Sócrates lo señala con advertencia, entonces la cierra inmediatamente.
— Buen... —se retracta enseguida el joven—, dígame qué necesita y lo traeré hasta acá —el muchacho sonríe sinceramente y el hombre en el piso extiende la mano pidiendo ayuda.
— Lo primero es que laven ese puto baño, es un asco —responde con mal humor.
— Es que el baño de empleados y transeúntes se encuentra dentro —el rostro pétreo del hombre le impide continuar con la diatriba respecto al baño—, pero venga conmigo para conseguirle ropa limpia y... unos zapatos —mira los de Sócrates asombrado de lo finos y delicados que se ven.
— ¡Gracias! —expone incómodo por la amabilidad a la cual no se encuentra habituado—. ¿Qué clase de ropa venden en este lugar? —el empleado gira a verlo y aprieta los labios, preocupado.
— No tan elegante, pero si así lo desea, luego de ofrecerle un café puedo pedir algo para usted en el pueblo —le sonríe amable y él asiente.
No está habituado a tanta amabilidad porque en la ciudad de los rascacielos todo el mundo vive a un ritmo exageradamente rápido y ni siquiera los saludos son agradables. Aunque no se ha molestado en recorrer la localidad o bajarse del auto para solicitar algún pendiente, debe reconocer la gentileza y atención del chico que lo atiende.
— Pase por aquí por favor —lo conduce por un pasillo corto donde señala unos aseos que se encuentran en muy buen estado—. Usted ha entrado a un contenedor de aseos, señor, razón por la cual no encontró un buen funcionamiento —informa mientras le extiende un albornoz, una botella de champú y un bote de jabón corporal junto a una esponja.
— No lo sabía, yo solo entré porque pensaba que estaba habilitado —el joven arruga las cejas—. ¿Qué pasa, algo?
— El cartel que dice “DAÑADO” ¿no lo vio? —alza las cejas, negando, y el chico lo imita.
Se miran un momento y luego rompen en carcajadas.
— Creo que fue porque ingresé muy rápido —el chico se aclara la garganta asintiendo sin saber qué más decir—. ¿Cuál es tu nombre, muchacho? —mira el par de ojos claros que no llegan a verdes, curiosos.
— ¡Albert, señor, es un placer! —se dan las manos.
— Mi nombre es Sócrates Pierce, es un honor —le refiere su sentir de manera genuina—. Necesito ropa que no sea un overol como el que llevas puesto, pero me serviría un vaquero negro, camiseta de preferencia negra y unas zapatillas de deporte, si no es molestia —Albert asiente con una sonrisa que Sócrates le devuelve un poco forzada.
Se retira, el chico no solo reconoce el apellido, sino el parecido con el hombre más odioso del mundo. Solo que este sí es amable, quizás un poco quisquilloso porque es gente rica, pero no se le nota desagradable y estirado.
— Aquí tiene exactamente lo que pidió —le hace entrega, pero niega y el chico abre los ojos, asustado.
— Falta algo muy importante —aguza la mirada hacia el chico—. Es el café que me ofreciste y no lo veo por ninguna parte —sonríe ya no tan forzado y el chico levanta un dedo para acto seguido salir del aseo.
El espejo le devuelve una muy buena imagen de sí mismo al verse vestido de manera diferente. No puede negar que el café estaba delicioso, así como debe admitir que lo trataron muy bien, pero al llegar el momento de la propina, el chico Albert se negó alegando que “ayudar era su trabajo” y no tenía precio. Pierce, como buen negociante, planteó un intercambio no solo al joven que tan amablemente lo atendió, sino a todos los empleados, incluso al gerente que apenas llegaba ¡y eran ya pasadas las nueve!
Mandó traer del restaurante del pueblo el almuerzo para todos, lo que agradecieron porque la comida normalmente llegaba tarde y era muy monótona. Entre risas y despedidas agradables y algunas miradas insinuantes de las chicas, prometió volver para visitarlos y de ese modo traer un chef que pudiera hacerles comidas diferentes. Al jefe no le hizo gracia hasta que le aclaró sería un regalo de Halloween de su parte.
Enciende el auto sonriendo. La mañana diferente no solo le mejoró el humor, sino que le hizo comprender lo importante que puede ser una sonrisa, algo que había olvidado por el dolor de haber sido engañado por su propio hermano. Él era un chico alegre y con mucho humor hasta que...
— ¡Jesús! —detiene el auto de súbito a mitad de calle—. Respira, respira, respira —se dice a sí mismo temiendo lo peor.
Baja sin mirar y un frenazo lo asusta. Levanta la mano para que el conductor espere y se dirige hacia la parte delantera del vehículo. Allí se encuentra agazapado, asustado y gimiendo un cachorro. Por alguna razón, verlo de ese modo le recuerda a sí mismo en algún momento de su vida y, conmovido, casi con lágrimas en los ojos, lo recoge del piso pegándolo a su pecho.
Escucha vitoreos y aplausos a su alrededor. Una señora se acerca para ofrecerle una pequeña frazada para la mascota y otro transeúnte le ofrece una bolsa con alimento de cachorros asumiendo que por el incidente se quedará con él. Abre la boca para extender una negativa, pero al mirar los ojos llorosos del animalito, su corazón se estruja y lo abraza de nuevo. Se queda un rato platicando con las personas a su alrededor, agradeciendo que lo ayudaran con el problema del cachorro.
#1460 en Novela romántica
perdida amor segunda oportunidad, dolor drama tristeza, esperanza navidad amor
Editado: 22.12.2025