Un tesoro en Navidad

Capítulo 9

La conmoción se apodera de las chicas, pero Otto, quien se encuentra debidamente vestido, calzado, limpio y perfumado, se acerca al animalito y lo acaricia. Lola le retribuye la caricia con lametones babosos que lo divierten mucho. Es un perrito bueno y con mucho carisma, pero no pertenece a esta casa.

—Espero que hayan pasado un buen día —Dakota lo mira de pies a cabeza, extrañada—. Debo tener pelo de Lola encima —se sacude la camiseta, sonríe de forma tan forzada que le duele cada músculo.

—Hoy no trabajaste —niega—. Eso es raro, ¿y ese atuendo?

Sócrates se mira y se pone mucho más nervioso ante el escrutinio de Dakota.

—Sí, bueno, hoy fue un día raro —se excusa, aun cuando sabe que no hizo nada malo—. Estuve por el pueblo y el traje no era cómodo, así que decidí cambiarme por algo más... adecuado —arruga la frente manteniendo la vista baja.

La risa de Elena lo hace subir la mirada. Siente una brisa fresca, como si el peso que llevaba en los hombros desapareciera poco a poco con la risa de la niña. No entiende nada, pero no puede decir que no le agrada la sensación. Cuadra los hombros, decidido a comenzar una conversación civilizada con su esposa.

—Es... raro —Dakota suspira entrecortadamente, sobrepasada entre los recuerdos de Mark y el engaño de Sócrates—. Te... te ves diferente.

Él la mira a los ojos, los tiene vidriosos; su mirada triste lo descoloca.

—Lo entiendo...

—¡Qué hermosa! —chilla Elena, llegando hasta él—. ¡Gracias por traerla, me encanta!

Le sonríe, y por primera vez Sócrates piensa que Elena es muy linda y que el parecido con él es lógico por ser hija de Mark.

—Es... disfrútala —se encoge de hombros—. Solo pensé que necesitábamos una distracción para desviarnos un poco de lo que nos... —arruga la frente y, al mirar a Elena, esta niega con la cabeza—. ¡Me alegro que te guste! —dice en un resoplido y ella le hace un guiño.

—¡Otto, llevemos a Lola al jardín para que corra un poco! —Los niños se retiran y las manos de Sócrates tiemblan.

—¿Te gustaría salir a cenar para hablar?

Dakota respira profundo y niega.

—No creas que cambiando de apariencia las cosas se arreglan —siente la reticencia como un puñal en el pecho—. Llegaste a "mi casa" invadiendo mi intimidad, mi paz, y comenzaste a amenazar y a dar órdenes —reprueba, aislando completamente el incidente con Elena—. Si acepté casarme contigo fue solo por Elena; ella no tiene la culpa de nada y merecía entonces una buena... —llora cubriéndose el rostro.

—Y lo entiendo perfectamente, pero, aunque no lo creas, yo no lo hice —se interrumpe para sentarse a su lado—. Sin embargo, tienes tus razones y hoy he aprendido que ustedes son más importantes que yo, y las voy a aceptar. Ya estás suficientemente lastimada. No te miento al decir que quisiera intentarlo, no obstante, ya basta, hasta aquí llegué —respira profundo reprimiendo las lágrimas—. Me habría encantado exponer mis razones, pero veo que no lo aceptarás.

Ella niega, llorando sin parar.

—Ya no quiero sufrir, necesito la soledad para pensar y saber qué quiero en realidad.

Sócrates asiente, aunque ella no lo vea.

—¡Perdóname, yo no tenía intención de lastimarte! —se levanta con dificultad, ya que preferiría quedarse a su lado, pero ha entendido que debe soltarla.

—Estoy rota, no deseo lastimarte a ti ni a nadie.

Sócrates ríe sin humor.

—Ya lo has hecho y aquí estoy, con muchas ganas de continuar con esto —suspira entrecortadamente—. ¡Adiós, Dakota, espero que logres encontrar lo que buscas para ser feliz!

Dakota llora en silencio la despedida de Sócrates. No es ciega; él se ha esforzado en las últimas semanas por ser mejor, y ella lo ha notado, pero no es suficiente. Él le fue infiel con Carol (a quien nunca más ha vuelto a ver) y ese tipo de traición no la puede perdonar. No necesita ordenar sus sentimientos, ya que, desde el momento en que lo vio recostado en el umbral de la puerta, pudo reconocer que, a pesar de la rabia, el rencor y cualquier otro sentimiento negativo que albergara hacia él, ella lo amaba como el primer día.

Pero la había engañado y burlado de su amor como un cobarde. Ella lo vio ese día, en su propia habitación, con esa pelirroja. Desde entonces ha sufrido, llorado y, sobre todo, renegado de los tres años que pasaron juntos. En una ocasión, él llegó a su apartamento para —según él— explicar, y ella le lanzó el anillo a la cara. Esa fue la última vez que se vieron porque Dakota decidió mudarse a Canadá.

Allí conoció a Mark, con quien se casó y tuvieron a Elena.

Con Mark, las cosas marcharon de maravillas. Ella supo que era su hermano dos años después, cuando se vieron en una celebración del Día de Acción de Gracias. Sócrates nunca se le acercó, ya que era la esposa de su hermano, y por esa razón decidió que se mantendría a distancia.

Eso hasta después de su muerte y de que su padrastro le entregara algunas pruebas, las que le corroboraron lo que prácticamente ya sabía sobre su hermano. Fue obligado por su madre a fraguar el plan para casarse con Dakota y arrancarle de las manos la fortuna de la familia, pero al suceder la desgracia con Elena, él no pudo hacerlo dada su naturaleza sensible, tapada bajo una máscara de amargura y rencor a la que, por supuesto, se acostumbró por ser la vía más fácil de sobrellevar el dolor que sentía al ver a la mujer que amaba feliz en fotos, en redes sociales e incluso en la casa materna. Ella siempre estaba sonriendo y él, Mark, orgulloso de haberle quitado la única mujer que ha amado en toda su vida, a sus treinta y un años, y apartado completamente de ella, escribe una carta dándole a conocer la verdad de sus sentimientos, organiza un paquete donde le envía documentos importantes además del divorcio.




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