Los ojos de Elena se abren ante lo que lee y una amplia, sincera y feliz sonrisa se forma en su cara al punto de que puede llegar a las orejas. La carta de su abuelo relata un cuento precioso de un leñador que cultivaba árboles para entregarlos en Navidad a las personas más necesitadas. En el relato, expresa que el hombre es muy rico y tiene un corazón de oro, lo cual no esconde, más sí lo hace con su fortuna, ya que viste de overol, camiseta y abrigo peludo.
Ese hombre también tiene un hermoso refugio en las montañas donde cuida y alimenta a las personas y animales que lo necesitan, siendo una hermosa fuente de vida para mucha gente. Las lágrimas de Elena se confunden con los pequeños riachuelos y cascadas que menciona el abuelo en el cuento. La mente de la niña vuela hasta el sitio que describe, teniendo una imagen clara de lo que narra ese hombre que no conoce, pero que ama por lo hermosas de sus palabras. Ella sueña con un lugar así, verde y frondoso, hermoso y con muchos árboles frutales donde reine la paz, la armonía y el bienestar para las personas.
Pero ese lugar solo existe en sus sueños.
Sin embargo, al revisar bien el sobre, encuentra un trozo de papel que lleva impreso un pequeño mapa del pueblo y, alrededor de las montañas, se puede ver una equis (X) que marca un lugar específico. Los ojos de la niña se abren y de repente se percata de que es un mapa que esconde un tesoro. Baja rápidamente la escalera llamando a gritos a su madre, que se encuentra perfectamente ataviada sirviendo la mesa, y a la Nana, preciosamente vestida junto a George, quien también viste elegantemente. Mira su atuendo, ella todavía va en pijama, y sonríe gritando con el trozo de papel en la mano.
—¡Mamá, mamá! —Dakota le sonríe arrugando las cejas, confundida por la euforia que desprende.
—Mi niña, no te has vestido. — Ella niega y enseña el papel. —¿Qué es esto, mi amor? — Ojea lo que le entrega y la mira atónita. —¿De dónde lo has sacado?
—Estaba con la carta del abuelo —responde agitada—. ¿Podemos ir?
La mujer se queda sin habla, ya que Sócrates le había hablado de un lugar escondido en las montañas donde yacía un refugio y hacían vida muchas personas que su abuelo cuidaba y, además, cultivaban unos preciosos pinos para adornar en Navidad. Las lágrimas amenazan con delatar su emoción, pero las contiene.
—Pero en este momento está nevando, cielo, no podemos abandonar la casa. Debemos esperar hasta mañana.
Los ojitos de Elena se cristalizan, pero antes de decir cualquier cosa, el timbre suena y Dakota abre los ojos señalando con el dedo el atuendo de su hija. Ella se mira de nuevo y corre escaleras arriba para cambiarse.
Sabe que su madre la está evadiendo, pero mañana irá a ese lugar porque necesita conocerlo.
—Si este lugar existe, yo debo ser parte de ello...
En la cena de Acción de Gracias...
Otto casi se chupa los dedos, deleitado por el sabor de la comida en la cena. Reflexiona en lo que le ha comentado Elena acerca de la búsqueda de un lugar que es fantástico, además de icónico en el pueblo, ya que muy pocos lo conocen y aquellos que se atreven a ir... nunca regresan, como sus padres.
Suspira entrecortadamente. A pesar de la buena intención de Elena y su familia de tratarlo como un igual, sabe perfectamente que no pertenece ahí.
—Es tu turno, Otto —vuelve de sus pensamientos y sonríe—. Debes dar gracias.
Elena abre los ojos con una sonrisa. El niño asiente con la cabeza.
—Claro... ahí voy —toma una bocanada de aire para ganar fuerza—. Nadie me había tratado tan bien como lo han hecho ustedes, con tanta amabilidad y cariño. Soy un indigente y sin embargo eso no les molesta, por el contrario, tengo ropa nueva, un empleo fijo y, sobre todo, el apoyo y la amistad de todos aquí en esta casa tan linda. Es obvio por qué voy a dar gracias, ¿no? —los comensales se miran unos a otros—. Doy gracias por ustedes, por su gentileza y humildad, porque son personas buenas de corazón noble y muy cariñosas. Gracias de verdad.
Los ojos de Elena, llorosos, pero sonrientes, rebosan de cariño hacia él, aunque tenga más amigos en la escuela.
—Mi amor, tú nos has llenado el corazón de alegría —expresa Nana Marie, mirándolo con amor de madre, y el buen George le sonríe asintiendo.
Dakota por su parte, lanza un beso hacia él, el cual recibe con gratitud, ya que lo han tratado como parte de la familia.
—Eres un miembro más de nuestra pequeña familia, mi niño lindo —llora.
Elena lo abraza.
Él es su mejor amigo.
Luego de la cena, pasan a un cómodo lugarcito hecho especialmente para las reuniones como estas. Elena piensa que en este lugar pondrá el árbol de Navidad que cortará con George y Otto en unos días, ya que es la última semana de noviembre. Espera que las cosas mejoren para el próximo mes, porque se encuentra decidida a visitar el lugar que describe su abuelo siguiendo el mapa que tiene guardado y del que no hablará más hasta que prepare todo para el viaje en el que Otto la va a acompañar, aunque aún no lo sepa.
Todos dan gracias por lo que más los ha hecho felices y, cuando llega el turno de Elena, refiere que debe dar gracias por haber recibido una carta de su abuelo, que, aunque no se halla en este mundo, le ha dejado un pedacito de él en esas líneas, porque ella está segura de que ese hermoso sitio que describe... sí existe y no se eximirá de visitarlo. ¡Así como se llama Elena Pierce!
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Editado: 22.12.2025