Un tesoro en Navidad

Epílogo

— ¡Apúrense, parecen tortugas! — grita Elena, su voz resonando con alegría en el aire helado. — A este ritmo llegaremos en año nuevo.

El frío de la montaña muerde. Aunque la nieve ha cesado, la temperatura es tan baja que el aire quema en los pulmones, incluso con los abrigos más sofisticados.

— ¡Eso lo dices porque tu abrigo es enorme! — protesta Marie, aferrada a su esposo, George. — No me sueltes, cielo, o me congelaré.

George la abraza con fuerza, besando la coronilla de su gorro. Detrás de ellos, Dakota avanza con la ayuda de Otto, su rostro un mapa de emociones encontradas.

— Cariño, ten cuidado — la voz de Dakotta es un murmullo ansioso. — Sube esa chaqueta, me da miedo...

— Serán llorones, ¡ya estamos cerca! — replica Elena.

Y tenía razón. Ante ellos, la neblina se disipa para revelar "El Refugio", una aldea oculta en lo profundo del "bosque de los pinos silvestres". Un lugar mágico donde las auroras boreales danzan, y los espíritus se sanan. El humo de la fogata perenne se eleva en un hilo perfecto hacia el cielo.

— ¡Dios mío, está ahí! — grita Marie con asombro.

— ¡Qué belleza! — dice Otto, girándose hacia Dakota. — ¿Estás bien?

Ella asiente, y luego niega, y Otto, confundido, se ruboriza.

— Tengo miedo... estoy emocionada, pero me siento indecisa.

Un torbellino de arrepentimiento la envuelve, una ráfaga helada de vergüenza por los años perdidos. Se ve a sí misma huyendo, siempre huyendo, y la esperanza de una reconciliación se siente de repente como una carga. Ignorando los gritos de su familia, se da la vuelta y corre. El viento helado se lleva sus lágrimas. Un resbalón, una caída violenta, y el dolor la sumerge en una oscuridad repentina.

Cuando abre los ojos, el silencio es absoluto. Una figura se inclina sobre ella, su rostro es una luz cálida, sin rasgos, pero llena de paz.

— Hija mía — dice una voz que resuena en su alma.

— ¿Ho-hola? — pregunta Dakota, con una calma que no le pertenece.

— Soy tu Padre, Dakota. Tu Padre Celestial.

— ¿Eres... Dios? ¿El Dios del que hablan en la iglesia?

La figura asiente.

— ¿Por qué no tienes rostro?

— Así es, hija. Soy el mismo que no has querido ver. Pero pronto no solo tendrás un rostro para mí, sino que tu corazón me buscará, como lo hace Elena. Tu única tarea ahora es creer. Confiar. Dame tus cargas, yo las llevaré.

Lágrimas de liberación caen por su rostro.

— He sido tan mala, tan injusta... perdóname, por favor.

Un calor reconfortante la envuelve, un abrazo que sana las viejas heridas. Cae en un sueño profundo, acunada por la promesa.

— No te preocupes por nada, hija mía. Solo debes creer y tener fe.

Unas horas después...

Dakota se despierta en una cama, con el dulce aroma de pino y jengibre en el aire. Sus ojos aún están cerrados, pero su corazón sabe que no está sola. La respiración cercana, el calor de la habitación, todo le confirma que está con el amor de su vida.

— Abre los ojos, amor mío. Estás a salvo.

Dakota se levanta y lo abraza.

— ¡Perdóname, por favor!

— Ya te he perdonado — responde Sócrates, su voz quebrada. — Desde el momento en que te vi al pie de la montaña. Intuí que huías, y no pude hacer más que seguirte. Lo que importa es que estás bien.

— ¡Gracias por esperarme! — dice Dakota, recordando el regalo de su fe recién hallada. Saca una pequeña caja de terciopelo de su chaqueta. — Debemos tener fe en que todo saldrá bien. ¿Te casarías conmigo?

Sócrates pestañea, atónito.

— ¡Claro que sí! — dice él, tomando su rostro entre sus manos. — Acepto ser tu esposo, tu amigo, tu compañero y sobre todo... el padre de Elena.

Dakota lo mira, confundida.

— Yo... no lo sé...

— Hay mucho que no sabes, mi amor. Pero no pienso aclarar nada ahora. En este lugar que Eugenio y yo construimos, me declaro tuyo para siempre. Este es el principio de todo.

Unos años después...

La familia se reúne de nuevo esta Navidad en "El Refugio". El día es precioso, a pesar del frío, y la paz que un día perdieron ahora reina en sus corazones. Todos han regresado de la iglesia, sus almas llenas de devoción por un Dios que les ha mostrado que la verdadera felicidad se encuentra en el servicio a los demás.

Elena, ahora casi una adolescente, ha encontrado su vocación en ayudar a la gente. Sueña con ser enfermera. Otto, convertido en bombero, da su tiempo con gusto, convencido de que es mejor dar que recibir. Marie y George tienen gemelos, y su misión es proporcionar refugio y amor a todos los que lo necesitan. Y Dakota y Sócrates viajan por el bosque, asegurándose de que la aldea funcione, con el amor como su única guía.

Frente al árbol de Navidad que trajeron de la montaña, envueltos en la calidez de la familia y el perdón, Dakota sonríe.




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