Un Tiempo para Amar

Capitulo 16 ¡Dónde el tiempo duele!

El Reloj Temporal de Ays latía a la distancia, visible entre brumas que parecían respirar. Cada pulso enviaba una vibración al aire, como si el mundo mismo tuviera fiebre. No era un llamado acogedor, sino una advertencia.

Ámbar se detuvo en seco.

—No me gusta —dijo en voz baja—. Siente… vivo.

Thomas asintió con gravedad.

—Porque lo está. El Reloj no es solo un objeto. Es una conciencia antigua. Y está herida.

Darcy observaba la torre sin parpadear. Había algo en su postura que Ámbar reconoció de inmediato: culpa.

—¿Qué no me estás diciendo? —preguntó ella, acercándose.

Él tardó en responder.

—Ays fue construido por mi linaje —confesó finalmente—. Mi familia juró protegerlo… y yo fallé cuando abandoné esta era.

El viento sopló con fuerza, levantando polvo gris. Por un instante, Ámbar vio superpuesta una imagen: rascacielos modernos cayendo como castillos de arena.

—Entonces esto no es solo reparar el tiempo —dijo ella—. Es enfrentarte a lo que dejaste atrás.

Darcy la miró, con los ojos oscurecidos.

—Y temo que el tiempo quiera cobrárselo contigo.

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La noche antes de Ays

Acamparon en una hondonada natural. Thomas trazó círculos de protección con polvo plateado, aunque su expresión no transmitía confianza.

—Estos sellos no detendrán al tiempo —advirtió—. Solo evitarán que nos desintegre mientras dormimos.

Ámbar soltó una risa nerviosa.

—Genial. Nada como dormir sabiendo que el universo podría borrarte.

Darcy se sentó junto a ella, envuelto en su abrigo.

—Si quieres… podemos volver —dijo, aunque su voz se quebró—. Encontraremos otra forma.

Ámbar lo miró, sorprendida.

—¿Eso es lo que quieres?

—No —respondió él al instante—. Pero no puedo perderte por mi culpa.

Ella tomó su rostro entre las manos.

—Darcy, mírame. Yo elegí este camino. Si el tiempo me reclama… al menos sabré que fue por algo real.

Él cerró los ojos, apoyando la frente contra la de ella, temblando como si por fin se permitiera sentir el miedo.

—Te amo —susurró—. En todas las eras.

Ámbar sintió cómo algo se rompía y sanaba al mismo tiempo.

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El paso de las horas rotas

Al amanecer, el suelo cambió. Ya no caminaban hacia Ays: el lugar venía hacia ellos.

Cada paso los hacía envejecer y rejuvenecer por segundos. La mano de Darcy mostraba arrugas… luego cicatrices jóvenes. Ámbar sintió su corazón latir fuera de ritmo.

—Thomas… esto no es normal.

—Estamos entrando en una zona de tiempo superpuesto —respondió él—. Aquí, las decisiones se manifiestan físicamente.

De pronto, el camino se bifurcó en tres.

En uno, Ámbar vio su vida en el siglo XXI: una habitación conocida, una versión de ella misma despertando, viva, intacta.

En otro, vio a Darcy solo, en su mansión, envejeciendo sin ella.

En el tercero… no vio nada.

—No mires —advirtió Darcy—. El tiempo usa lo que amas.

Pero Ámbar ya estaba llorando.

—¿Y si elegirnos destruye todo lo demás?

Darcy la sostuvo con fuerza.

—Entonces que el mundo aprenda a vivir con nuestra elección.

Tomaron el camino vacío.

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La caída de Thomas

El primer ataque no fue visible.

Thomas gritó de pronto y cayó de rodillas. Su cuerpo comenzó a fragmentarse en versiones de sí mismo: joven, anciano, herido, muerto.

—¡No! —exclamó Ámbar—. ¡Ayúdenlo!

Darcy lo sostuvo mientras Thomas jadeaba.

—Escúchenme —dijo con dificultad—. Ays… no quiere ser reparado. Quiere ser reiniciado. Y eso requiere un ancla humana.

Ámbar sintió frío.

—¿Qué significa eso?

Thomas la miró directamente.

—Alguien que no pertenezca del todo a ninguna era.

Darcy negó con violencia.

—No.

Thomas sonrió con tristeza.

—Ya lo sabe, mi lord.

Con un último esfuerzo, Thomas se desvaneció, absorbido por una grieta silenciosa.

El silencio que dejó fue insoportable.

Ámbar cayó de rodillas.

—Es mi culpa… si yo no hubiera venido…

Darcy la abrazó con desesperación.

—No —dijo, aunque su voz se quebraba—. Es culpa del tiempo por no saber amar sin destruir.

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La entrada a Ays

Las puertas del Reloj se abrieron solas.

Dentro, engranajes gigantes flotaban en el aire, girando sin tocarse. Cada uno mostraba escenas de distintas épocas colapsando unas sobre otras.

El dolor era físico.

Ámbar gritó al sentir cómo recuerdos que no eran suyos se incrustaban en su mente.

—Darcy… no puedo… —sollozó—. Me está arrancando.

Él la sostuvo, con lágrimas cayendo sin vergüenza.

—Resiste. Si te pierdo aquí… me perderé contigo.

El núcleo del Reloj pulsaba frente a ellos: una esfera de luz inestable.

Una voz antigua habló.

—El equilibrio exige sacrificio.
—Una era debe renunciar a su vínculo.

Ámbar entendió antes que Darcy.

—Si me quedo… el tiempo se estabiliza —susurró—. Yo soy el puente.

Darcy gritó.

—¡No! ¡No te pertenezco al tiempo!

Ella sonrió entre lágrimas.

—No. Pero le pertenecemos al amor. Y eso también deja huella.

Ella dio un paso adelante.

Darcy cayó de rodillas, destrozado.

—No te dejaré ir —dijo, aferrándose a su mano—. Aunque el universo se rompa.

La esfera tembló.

—Entonces… elige.

Y el Reloj se detuvo...




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