Un Tiempo para Amar

Capitulo 17 ¡El latido que no fue !

El Reloj no volvió a latir.
El silencio fue peor que el estruendo.
Durante un instante que no tuvo duración, todo quedó suspendido: las lágrimas en el aire, la luz quebrada en torno a la esfera, el temblor en los dedos de Darcy aferrados a la mano de Ámbar.
Y entonces, el tiempo exhaló.
La esfera no explotó.
Se fracturó.
Una grieta de luz recorrió su superficie como una cicatriz recién abierta. De ella emergieron imágenes superpuestas: Thomas sonriendo en una biblioteca imposible, un niño desconocido jugando bajo un cielo doble, Ámbar caminando sola por una ciudad que aún no existía.
La voz antigua habló otra vez, más débil.
—El puente no necesita romperse. Necesita dividirse.
Ámbar sintió que algo dentro de su pecho respondía a esas palabras. No dolor. No miedo.
Reconocimiento.
—No quiere que me quede —susurró—. Quiere que exista en ambos lados.
Darcy levantó la vista, desesperado.
—Eso es lo mismo que perderte.
—No —dijo ella, y su voz ya no temblaba—. Es aprender a encontrarnos distinto.
La grieta se abrió por completo. Una ráfaga de luz atravesó el cuerpo de Ámbar, y por un segundo Darcy vio dos versiones de ella: una bañada en claridad antigua, otra hecha de carne y latido.
El Reloj exigía una separación.
Pero no una muerte.
El precio del ancla
El suelo bajo sus pies se convirtió en constelaciones móviles. Engranajes colosales comenzaron a alinearse por primera vez sin violencia. Cada giro era más lento, más estable.
Ámbar cayó de rodillas.
Darcy la sostuvo.
—¿Qué está pasando? —preguntó él, con terror crudo en la voz.
—Me está… desfasando —jadeó ella—. Parte de mí se quedará aquí. Como conciencia. Como memoria que sostenga el equilibrio.
La esfera absorbía una silueta luminosa que tenía su forma exacta.
Darcy negó, abrazándola con fuerza.
—Te prometí en todas las eras.
Ella apoyó la frente en la suya.
—Y lo cumplirás. Porque no desapareceré. Solo… no seré completa en un solo lugar.
El Reloj emitió un pulso profundo. No febril. No herido.
Estable.
Ámbar gritó cuando sintió el desprendimiento. No físico, sino esencial: como arrancar una página viva de un libro que aún se escribe.
La luz tomó su forma y se fundió con el núcleo.
La otra Ámbar —la tangible, la que respiraba— quedó en brazos de Darcy, temblando.
El Reloj volvió a latir.
Una vez.
Suave.
Después del colapso
Las puertas de Ays se cerraron detrás de ellos.
El aire afuera era distinto. Limpio. Real.
Las brumas ya no respiraban.
Darcy sostuvo el rostro de Ámbar, buscándola con desesperación.
—Dime que sigues aquí. Dime que eres tú.
Ella lo miró, y por un instante sus ojos reflejaron constelaciones diminutas.
—Sigo siendo yo —respondió—. Pero ahora… escucho cosas.
—¿Qué cosas?
Ámbar alzó la vista hacia la torre.
—El Reloj no habla con palabras. Habla con posibilidades. Y una parte de mí está allí dentro, sosteniendo las líneas que casi se rompieron.
Darcy sintió un nudo en la garganta.
—¿Te duele?
Ella pensó en la pregunta.
—No como antes. Es… amplio. Como si mi corazón tuviera más espacio del que debería.
Un viento suave recorrió el valle.
Por un instante, entre la luz del amanecer, una silueta familiar apareció sobre la torre: la figura de Thomas, intacta, observándolos con una leve inclinación de cabeza.
No era un fantasma.
Era una corrección.
Luego se desvaneció.
La consecuencia inesperada
Esa noche, mientras descendían de las colinas de Ays, el mundo mostró pequeñas anomalías.
Flores que abrían y cerraban en segundos. Sombras que caminaban medio paso detrás de sus dueños. Ecos que respondían antes de que alguien hablara.
—No está completamente reparado —murmuró Darcy.
Ámbar negó suavemente.
—No. Está aprendiendo.
Se detuvo de pronto.
Un dolor agudo cruzó su pecho.
Cayó de rodillas.
—¡Ámbar!
Ella respiró con dificultad.
—Alguien… está tirando del otro lado.
El Reloj no solo había sido estabilizado.
Había sido despertado.
Y ahora que tenía un ancla consciente, algo más podía encontrarlo.
El cielo se oscureció sin transición.
En la distancia, más allá de Ays, otra estructura comenzó a emerger del horizonte: una torre idéntica… pero invertida, como un reflejo quebrado.
Darcy la vio y sintió un frío ancestral recorrerle la sangre.
—Eso no estaba ahí.
Ámbar levantó la mirada, y por primera vez desde que salieron del Reloj, su expresión mostró verdadero temor.
—No —susurró—. Porque eso no pertenece a este tiempo.
La torre invertida emitió un pulso.
No estable.
Hambriento.
El Reloj respondió.
Y dentro del pecho de Ámbar, la parte que ya no era solo humana despertó.
—Darcy —dijo ella con una voz que llevaba eco—. Creo que el equilibrio nunca fue el final.
Él apretó su mano.
—Entonces será el comienzo.
A lo lejos, la segunda torre terminó de formarse bajo un cielo fracturado.
Y el tiempo, otra vez, empezó a dividirse.




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