Un Tiempo para Amar

Capitulo 18 ¡El desgarro de las áreas!

La segunda torre latía a contratiempo.
No era como Ays. No respiraba. No advertía.
Reclamaba.
El aire se volvió denso, cargado de una electricidad que erizaba la piel. Ámbar llevó una mano a su pecho; la parte de ella que ahora pertenecía al Reloj vibraba como una cuerda tensa.
—Está buscando equilibrio —susurró—. Pero no puede tomarlo de aquí.
Darcy entendió antes de querer hacerlo.
—Necesita corregir la anomalía —dijo con voz hueca.
Ámbar cerró los ojos.
Ella era la anomalía.
Un ancla partida entre siglos. Un puente vivo.
Y ningún puente puede sostener dos orillas si ambas comienzan a separarse.
El Reloj de Ays emitió un pulso grave, distinto a los anteriores. No de advertencia. De decisión.
En el aire, una grieta luminosa comenzó a abrirse detrás de Ámbar. No era violenta. Era precisa.
Como una puerta que solo se abre una vez.
—No… —murmuró Darcy, retrocediendo un paso—. No puede ser así.
Ámbar lo miró, y en sus ojos había lágrimas… pero también comprensión.
—Tiene que cerrarse desde el origen —dijo suavemente—. Yo no pertenezco completamente aquí. Y ahora el tiempo lo siente.
El viento sopló con fuerza, levantando polvo y recuerdos.
A lo lejos, la torre invertida comenzó a desvanecerse lentamente, como si también comprendiera el precio.
La verdad sin heroicidad
No hubo discursos épicos.
No hubo promesas imposibles.
Solo dos personas frente a lo inevitable.
Darcy tomó el rostro de Ámbar entre sus manos, como si intentara memorizar cada línea, cada sombra, cada temblor.
—Puedo encontrar otra forma —dijo, aunque ya sabía que mentía—. He desafiado siglos. Puedo desafiar esto.
Ella negó con ternura.
—No esta vez.
La grieta detrás de ella creció, mostrando fragmentos de su siglo: luces eléctricas, edificios familiares, el eco lejano de un teléfono sonando.
Su mundo.
—Si me quedo —continuó—, la fractura no sanará. Y si tú vienes conmigo… borrarás lo que eres aquí.
Darcy apretó los dientes.
—No me importa.
—A mí sí.
El silencio entre ellos fue más doloroso que cualquier ruptura.
Ámbar apoyó su frente contra la de él.
—No quiero irme.
Fue la primera vez que su voz se quebró del todo.
—Entonces quédate —susurró él, como un ruego infantil.
Ella sonrió entre lágrimas.
—Si me quedo, dejaré de ser yo.
La grieta emitió un destello más intenso.
El tiempo no esperaría.
Recordarse
Darcy la abrazó con una desesperación que ya no intentaba ocultar. Sus manos temblaban.
—Tengo miedo de olvidarte —confesó contra su cabello.
Ámbar se aferró a él.
—No podrás. Soy parte de Ays. Y Ays es parte de ti.
—Eso no es suficiente.
Ella se separó apenas para mirarlo.
—Entonces recuérdame así. No como la que se fue. Sino como la que eligió.
Una lágrima cayó por la mejilla de Darcy.
—Te amo —dijo con voz rota—. No importa el siglo. No importa el cuerpo. No importa el final.
Ámbar respiró hondo, tratando de grabar su voz en cada rincón de su memoria.
—Te amaré incluso cuando no pueda tocarte.
La grieta comenzó a atraerla suavemente, como una marea invisible.
Darcy la sostuvo con más fuerza.
—Quédate un segundo más.
Ella rió entre sollozos.
—Siempre pides tiempo extra.
—Siempre me lo niega.
Ámbar llevó su mano al pecho de él, sobre su corazón.
—Entonces vive. Vive tanto que cuando el tiempo vuelva a doblarse… me encuentre.
El último contacto
La fuerza aumentó.
Sus dedos comenzaron a deslizarse.
Darcy cayó de rodillas mientras la grieta la elevaba apenas del suelo.
—¡Ámbar!
Ella estiró la mano.
Sus dedos se tocaron una última vez.
Un segundo suspendido.
Un universo entero contenido en esa presión mínima.
—En todas las eras —susurró él.
—En todas —respondió ella.
La luz la envolvió.
Y desapareció.
Siglo XXI
Ámbar despertó de golpe en su habitación.
El sonido lejano de la ciudad entraba por la ventana. Todo parecía normal. Intacto.
Demasiado intacto.
Se incorporó temblando.
En su pecho, un eco suave marcaba un pulso distinto al suyo.
No doloroso.
Presente.
Caminó hacia el espejo.
Por un instante —solo uno—, vio detrás de su reflejo la silueta de una torre antigua entre brumas.
Y a un hombre de pie frente a ella, inmóvil, mirando el horizonte como si esperara algo imposible.
Una lágrima rodó por su mejilla.
—Estoy aquí —susurró al vacío.
En otra era, bajo un cielo más pálido, Darcy sintió un estremecimiento sin razón.
Se llevó la mano al pecho.
Y sonrió con tristeza.
Porque aunque el tiempo los hubiera separado,
algo —más fuerte que los siglos—
seguía latiendo entre ambos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.