Un Tiempo para Amar

Capitulo 19 ¡Años que no preguntan!

El tiempo cumplió su promesa.
Siguió avanzando.
Sin pedir permiso.

Ámbar
En el siglo XXI, la vida de Ámbar se volvió ordenada.
Terminó sus estudios. Consiguió un trabajo estable. Aprendió a sonreír cuando debía hacerlo y a responder “estoy bien” sin titubear.
Se mudó a un apartamento pequeño con ventanas amplias. Le gustaba la luz de la mañana, aunque no sabía por qué siempre la hacía sentir nostalgia.
Algunas noches despertaba con la sensación de que alguien había pronunciado su nombre en un susurro antiguo.

A veces soñaba con engranajes suspendidos en el aire.
O con un hombre de mirada oscura parado frente a una torre entre brumas.

Nunca veía su rostro completo.
Pero al despertar, su pecho dolía como si hubiera perdido algo que jamás podría explicar.
Intentó amar de nuevo.
Lo intentó de verdad.
Hubo cenas, risas, manos entrelazadas.

Pero en el momento exacto en que alguien la miraba con demasiada intención, algo dentro de ella retrocedía.
Como si su corazón tuviera memoria propia.
Como si una parte de ella aún perteneciera a otra era.
En su escritorio, guardaba un dibujo que nunca recordaba haber hecho: una torre circular con un reloj imposible en el centro.
Cada vez que lo veía, sentía que estaba esperando algo.
O a alguien.

Darcy
En su siglo, los años no fueron más suaves.
La mansión permanecía intacta, pero más silenciosa que antes.
Darcy se convirtió en un hombre aún más reservado. Más contenido.
Ays latía con estabilidad desde aquella despedida.
Nunca volvió a fracturarse.
Nunca volvió a exigir.
Pero algunas noches, el Reloj emitía un pulso distinto. Más profundo.

Personal.
Darcy subía solo a la torre en esas ocasiones.
Se quedaba de pie frente al núcleo brillante, sin tocarlo.
—¿Está bien? —preguntaba al vacío, sin esperar respuesta.
El Reloj nunca hablaba con palabras.
Pero a veces la luz se suavizaba.
Y eso era suficiente para que él respirara un poco mejor.
Intentó seguir adelante.
Cumplió con su linaje. Restauró tierras. Tomó decisiones importantes.

Su nombre comenzó a ser recordado como firme y justo.
Pero jamás volvió a amar.
No por falta de oportunidad.
Sino porque algo en él ya había elegido.
Y el tiempo podía doblarse, romperse o reconstruirse…
pero no podía forzarlo a sentir distinto.
En un cajón de su escritorio guardaba un mechón de cabello ámbar atado con hilo oscuro.
Lo había encontrado en su abrigo el día después de su partida.

Nunca supo cómo llegó allí.
Nunca quiso cuestionarlo.
Ecos paralelos
Una tarde cualquiera, en su mundo moderno, Ámbar sintió un estremecimiento mientras cruzaba una calle llena de ruido.
Se detuvo sin razón.
Llevó la mano a su pecho.
Un pulso.
Fuerte.
Desconocido.
Muy lejos de allí, en una torre antigua rodeada de brumas, Darcy alzó la mirada exactamente al mismo instante.
El Reloj había latido fuera de ritmo.
No con peligro.
Con reconocimiento.
Ambos respiraron hondo, sin saber por qué.
Sin verse.
Sin tocarse.
Pero conscientes, de algún modo imposible, de que el otro aún existía.
No como recuerdo.
Sino como presencia.
La soledad compartida
Los años siguieron pasando.
Las estaciones cambiaron en ambos mundos.
Ámbar aprendió a vivir con una ausencia que no tenía nombre.

Darcy aprendió a gobernar con un vacío que no se llenaba.
Ninguno dejó de vivir.
Ninguno dejó de avanzar.
Pero ambos llevaban una habitación cerrada en el corazón.
No por dolor.
Sino por fidelidad.
Y aunque el universo parecía haberlos acomodado en líneas separadas,
el tiempo —ese testigo silencioso—
seguía marcando un compás secreto.
Uno que no pertenecía al pasado.
Ni al presente.
Sino a algo que todavía no se había atrevido a ocurrir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.