Un torneo de aire

5. Mi dolor

Cuando me acuesto he llenado casi toda la libreta y deben ser más de las cuatro de la madrugada. Me apresuro a guardarlo antes de que Zari vuelva. Ya he sido demasiado inconsciente. Disparar a alguien no lleva cuatro horas, me dejé ir por mi curiosidad.

Esto podría haber acabado muy mal, pero por suerte no ha sido así.

Cundo me levanto me encuentro con unos ojos dorados a centímetros de los míos y grito como si tuviera cinco años.

- Estaba mirando si estabas viva. Llevan convocándonos para no sé que juntanza más de cinco minutos y tú no despertabas.

Está pálida y ojerosa. Puede que yo no despertase, pero lo más probable es que ella ya lo estuviese cuando nos llamaron.

- ¿E Isak?

- Ya se ha ido al lugar de reunión. Yo no sé por dónde es, por eso te esperaba.

Podría haberte guiado él.

¿Realmente no lo sabes después de tanta investigación?

Dios mío, si me mordiese la lengua me envenenaría.

Pero nuestra confianza está rota y pegada solo con interés. Ella lo ignora.

Tal vez eso y las armas sean lo único en lo que sé más que ella.

¿Te olvidas de la pistola?

Cierto.

Me supera en demasiadas cosas, no sé si realmente necesita mi protección.

La necesita, lo has visto.

- Claro. Vayamos. - evito interrogarla sobre a quién ha matado. He memorizado los rostros de los que quedaron en segunda posición, intentaré saberlo por descarte.

Me resulta extraña su presencia detrás de mí, a pocos pasos. Su aliento en mi nuca ya no me parece atrayente como hace pocas horas, sino molesto.

Relájate, Hedda, ella no sabe nada. No lo fastidies.

Pero la hago pasar delante y me dedico a examinarla. Ahora que me fijo, su pelo liso es precioso, perfecto, sin un solo mechón fuera de lugar. No hay peines ni elementos cosméticos en las habitaciones, como atestigua el desastre apelotonado que es mi melena, y tras luchas y estrés estos días no puede mantenerse así de ordenado.

Tal vez solo sea poco propensa a los nudos, me digo.

Tal vez los cerdos vuelas, Hansen - las palabras de mi padre se repiten en mi cabeza.

Aghh... Está claro que es una peluca. Lo que confirma mi teoría sobre su origen.

Me pregunto como serán los rasgos naturales de los humanos, sin tomar asjun.

Por un momento había pensado que le estaba mintiendo al Presidente, no a nosotros. Que no quería contradecirlo.

Un sueño más que cae al suelo. ¿Qué es, el cuatrocientos cinco o el cuatrocientos seis? Porque los sacerdotes de mi pueblo siempre aseguraron que cuando las cifras de un número importante sumaban diez era una gran señal.

Sigo andando cuando se me pasa por la cabeza que a lo mejor vamos muy tarde y empiezo a correr sin avisar a mi acompañante.

Sí que íbamos tarde, pero el alboroto que hay nos camufla perfectamente. Oigo gritos de "mentirosos, asesinos" y protestas; veo a la gente violenta y fuera de sus casillas, literalmente; huelo la sangre que han derramado pegándose entre ellos; saboreo el asjun que hay en mi boca, a punto de vomitarlo; toco la piel tersa de la mano de Zari, más repulsiva para mí que todo lo demás.

Mis sentidos gritan una sola palabra: caos.

Y del caos, siempre se debe sacar provecho. Usaré una técnica ancestral para ello: se denomina ganarse el favor del que manda.

Ignoro el revuelo que hay a mi alrededor y me coloco en mi casilla, abriéndome paso a empujones hasta ella. Le indico con la poca bondad que me queda a mi compañera que haga lo mismo.

Logro lo que quería. La mujer del otro día, la que dio el discurso, fija sus ojos relucientes en mí y proclama, haciéndose oír pese a todo:

- Aspirante número setenta y tres, acércate.

La refriega se detiene repentinamente y siento cuarenta y nueve pares de ojos clavados en mí.

Dado que la mesa está elevada a más de cinco metros del suelo de mármol (o a cuarenta escalones) y a unos cuantos metros de la primera fila de casillas, y a que la multitud apelotonada a mi alrededor me ralentiza, todo mi recorrido proporciona el tiempo suficiente a la mujer para presentarse formalmente a ella, a los miembros locales y a mí:

- Como vicepresidenta y hermana de nuestro presidente, ordeno el regreso de todos los aspirantes a sus lugares en la cuadrícula. Confiábamos y confiamos en vuestra sensatez, aunque nos halláis fallado en un principio. Espero no tener que recurrir a amenazas desagradables - muestra su sonrisa perfecta, mas veo el ligero temblor de sus manos.

Se ha dado cuenta de que está en una estancia con cincuenta asesinos (o luchadores profesionales si prefieres el eufemismo) encolerizados, a los que solo detienen los guardias (mentira, son como mucho disuasorios para nosotros), su esperanza (por obtener agua), su lealtad (a la patria, inculcada en las academias) y su miedo (a la furia de los dioses).

Debo reconocerle su entereza.

- Al sacerdote Lemmus ya lo conocéis. Y si vuestro respeto hacia Brígida es el necesario no la deshonraréis con estos comportamientos tan poco civilizados. Los otros integrantes son miembros del Consejo. Y la maravillosa muchacha que estáis mirando tan fijamente es Hedda Hansen, de Amarillo, hija de la valiente espada del ministro de su continente: Brand Hansen.

Me acabo de colocar en el punto de mira, lo sé, pero también me he hecho respetar. Aun desde la distancia alcanzo a oír las historias que cuentan unos a otros, todas comenzadas con: su padre...

Ha matado a diez hombres sin una sola arma.

Ha asesinado al cabecilla de los rebeldes con un fusil desde más de tres kilómetros de distancia.

Ha torturado a un hombre durante un mes sin matarlo.

Cruel, sanguinario... adjetivos recurrentes que ahora me aplican a mí.

Si él la ha entrenado estamos perdidos.

La mujer los manda callar a todos en cuanto me acerco a la mesa. Se levanta con elegancia y me mira como quien valora de cuantos quilates es un pedazo de oro. De ese mismo metal son los hilos que lleva en su ropa, formando bordados preciosos. Tanta opulencia... tantos materiales preciosos que cualquier hombre o mujer entregaría a cambio de un vaso de agua.



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En el texto hay: amor, distopico, competición

Editado: 16.08.2025

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