Objetivo:
→ Persona con mucho dinero. Preferiblemente joven. Pinta de inútil.
→ Que esté solo.
→ Que no corra más rápido que yo (eso reduce bastante).
→ Que tenga esa energía de ‘mi papi me compra otro’.
Lugar para buscar:
→ Shopping caro.
→ Cafés donde el agua cuesta más que un almuerzo.
→ Parques donde las bancas son más caras que mi vida.
Necesitaba algo de intimidación.
Revisé mi mochila. Tenía:
La leí en voz alta:
“Si quiere verla de nuevo con vida, pague mucho. No sé cuánto todavía.”
Fruncí el ceño.
Muy informal.
Le faltaba… ¿no sé? ¿seriedad criminal?
Taché “vida” y puse “sonrisa”. Luego cambié “pague mucho” por “mande lo que tenga”.
Más humano. Más accesible.
Suspiré. Me puse de pie con lentitud heroica, es decir, que me tronó la rodilla, y enrollé el colchón como si fuera parte del plan.
—Hora de ir a cazar gente rica.
Y sí, lo dije en voz alta. Tal vez por motivación. Tal vez por locura leve.
Llegué al parque después de caminar media hora bajo el sol con mi colchón enrollado. El lugar era exactamente lo que imaginaba: demasiado verde, demasiado limpio, y lleno de gente con ropa deportiva que sudaba menos que un cactus en el desierto.
Me senté en una banca a observar a la gente como todo un profesional.
Pasaron varios minutos en los que fingí analizar comportamientos sospechosos, pero en realidad solo estaba tratando de adivinar qué gente se veía rica y cuál tenía cara de ‘mi papá tiene un yate llamado Libertad Fiscal’.
Por alguna razón, la gente empezó a dejarme monedas.
Una señora incluso me ofreció medio sándwich envuelto en servilleta.
No entendía por qué. Tomé las monedas. Me gané siete euros con cincuenta por existir.
Y entonces la vi.
Rubia, vestida como si acabara de salir de un comercial de perfume, caminando en círculos mientras hablaba sola frente a su móvil:
—¡Hola, mis Mimishis! Estoy aquí en el parque del Upper Rosewood District, siento que hoy algo importante me va a pasar. Como una transformación espiritual… o un secuestro. No sé, estoy manifestando.
Mi ojo izquierdo empezó a temblar.
Era perfecta. Rica. Flaca. Posiblemente deshidratada. Y claramente convencida de que la vida era una serie de Netplux donde ella era la protagonista.
Saqué mi “disfraz”: un calcetín negro que me puse en la cabeza como pasamontañas. Lástima que era uno de esos con rombos de colores. Se me quedó un agujero justo sobre la frente, como un tercer ojo feo y deprimido.
Me acerqué con mi cuerda, auriculares enredados, sosteniendo la Gran Cuchara con firmeza, como si fuera una navaja.
Ella giró hacia mí con emoción.
—¡Oh dios! ¿¡Eres parte del escape room inmersivo!? ¡Lo sabía! ¡¡Me eligieron!!
Yo abrí la boca para decir algo amenazante, pero solo salió un:
—¿Qué…?
—¡Ay, qué buen disfraz! El calcetín en la cabeza, muy low cost. ¿Y esa cuchara? ¡Qué concepto tan conceptual!
—Esto es un secuestro —intenté decir con la dignidad justa.
—¡Ay, ya! No me digas más, quiero que sea sorpresa. ¿Me tapas los ojos o cómo lo hacemos? ¿Me grabo llorando ahora o después? ¿Tienes una canción de fondo? Tengo una playlist con ‘momentos de tensión sexy’.
Me miró tan emocionada que me dio vergüenza.
—No, en serio… es un secuestro real.
—¿Y mi maquillaje? ¿Se ve dramático o solo confundido? Acércate, mírame bien. ¿Estoy llorando bonito o me pongo gotas?
Intenté hablar, pero ella ya estaba rebuscando en su cartera.
—¿Te paso mi dirección o prefieres llevarme a tu escondite secreto? Porque si vamos a mi casa hay seguridad… podrían arruinar la escena. O matarte. ¿Tienes seguro de vida? No importa, eso lo edito después.
Saqué la nota con manos temblorosas.
—Tengo… tengo una nota de rescate —dije, y saqué el papel arrugado.
Lo leyó en voz alta:
—“Si quiere verla de nuevo con sonrisa, mande lo que tenga.”
Pausa.
—Ay, qué tierno. ¡Eres un secuestrador con conciencia social!
Antes de que pudiera decirle que no entendía nada, ella ya estaba metiéndose al taxi que yo no había llamado.
—¿Vas a venir o qué? Nos están mirando raro los de yoga.
Y entonces, por razones que aún no comprendo, subí también.
El taxi arrancó. Yo ya había aceptado que no estaba conduciendo mi vida, solo iba de copiloto en un accidente en cámara lenta.
—A ver, secuestrador misterioso, ¿a dónde vamos?
—Eh…
—¿No tienes escondite secreto todavía? ¡Qué poco profesional!
—Eh… eh… llévenos a… —miré por la ventana buscando iluminación divina— …a Polliti Likitiqui 66.
—¿Eso es el escondite? ¿Tiene rejas oxidadas y una lámpara que parpadea? ¿Tiene nombre? ¿Tipo “Base Operativa del Amor Prohibido”?
—Es… donde vive un amigo.
—¡Ah! ¿También es secuestrador? ¿Tienen como una cooperativa? ¿Un sindicato de capturas?
—Es secreto…
—¡Ay, buenísimo! ¿Puedo elegir mi celda? ¿Con vista al patio o más subterránea, rollo calabozo con eco?
Apoyé la frente en la ventana. Tal vez el frío pudiera anestesiarme las neuronas antes de que colapsaran.
Mientras tanto, ella sacó su móvil:
—¡Diario de secuestro, episodio uno! Capturada por un secuestrador indie, alternativo, muy vintage. Tiene vibes de tipo que escribe poesía en servilletas.
—¿Me estás grabando?
—Solo el audio. ¡No seas tímido! La voz misteriosa suma mucho. Dime, ¿ya te enamoraste de mí o eso viene en el capítulo dos?
Tragué saliva. Intenté hablar. Lo que salió fue un ruido tipo: “hrrkkgh”.
—¿Tienes nombre clave? Yo quiero uno. “Mimi la Irrecuperable”. ¿Muy dramático? O “La Rehén de Lujo”.
#5003 en Novela romántica
#1607 en Otros
#534 en Humor
drama amor inesperado misterio familia, chica rica con chico pobre, secuestro falso influencer
Editado: 06.04.2026