La seguridad que por fin sentía me pertenecía solo a mí, o eso quería creer. Sin embargo, una idea fija martilleaba mi mente: él no se quedaría quieto. Eso estaba más que claro. Mientras trazaba planes sobre cómo —y cuándo— volvería a verlo, la voz de Cinthya me arrancó de mis pensamientos.
—¿De quién huyes?
La pregunta me tomó por sorpresa. Su tono era dulce, pero cargado de una curiosidad que no pude ignorar.
—¿Huir? —repetí, intentando ganar tiempo.
—Si no huyes de alguien, no es normal que una chica latina esté sola en la calle a las afueras de Sicilia —añadió ella con perspicacia—. No te pido explicaciones, pero quiero saber quién vive en mi casa.
Me tomé un momento para pensarlo. Ella, notando mi silencio, se apresuró a suavizar el ambiente.
—Si no quieres hablar, está bien. No pienso presio...
—Tranquila —la interrumpí con firmeza—. No estoy huyendo de nadie, pero tampoco me estoy refugiando en un lugar al que no pertenezco. Sé que tienes preguntas, pero quizás en este momento no esté lista para responder.
—No quiero presionarte —respondió ella con una sonrisa—. Mi nombre es Cinthya, mucho gusto.
—Salíeth —dije, presentándome mientras ella asentía.
—¿Qué hacías en las afueras de Sicilia? —insistió con suavidad.
—Me fui de mi casa. Bueno, de mi "casa"... no era especialmente mi hogar, sino una cárcel de plata.
—Te entiendo, a veces me siento así —confesó Cinthya—. Pero, ¿qué pasó realmente?
—La historia es larga —respondí con una sonrisa cálida pero esquiva, tratando de despertar de mis propios pensamientos.
—Tranquila, tengo mucho tiempo. ¿Qué tal si tomamos un café y hablamos de eso mañana? Tienes que descansar, el día ha sido muy duro.
—Gracias por comprender.
Caminé despacio hacia mi habitación. La cama se sentía suave y las paredes de un azul bonito daban una falsa sensación de paz. Las ventanas estaban reforzadas, un detalle que mis ojos entrenados no pasaron por alto, aunque el sonido del mar lograba calmar mis nervios.
Sabía que no podía dormir. Tenía que estar en guardia. Lo había provocado a él, había desafiado directamente a Zared, el mismísimo diablo, y eso tendría consecuencias.
El Acecho de Zared
En medio de la noche, mientras la casa dormía profundamente, unos pasos firmes y controlados resonaron en el salón. No sabía quién era, pero mi instinto me dio una pista que me heló la sangre. Salí suavemente de la habitación y miré a mi alrededor: vacío.
—¿Lo estoy imaginando otra vez? ¿Estoy soñando con él de nuevo?
Justo cuando me giraba para regresar a mi cuarto, una voz masculina y dominante me susurró al oído, erizándome la piel:
—¿Sigues escapando de mí?
No quería girarme para verlo. Quería sentirlo, retener su respiración en mi cuello un poco más. No era miedo lo que me detenía, sino la certeza de que este encuentro traería consecuencias irreversibles. Su voz volvió a llenar el vacío de la estancia.
—Dime... ¿seguirás huyendo de mí? —repitió con esa seguridad que solo él poseía.
—No estoy huyendo de ti —logré articular sin moverme.
—¿Entonces por qué te escondes?
—No estoy escondida.
Escuché su risa baja, cargada de una ironía peligrosa.
—Entonces dime, pequeña Amapola... ¿sigues volando afuera? Dijiste que querías atraparme.
¿De verdad vienes por esto?
¿Dime zared?
Antes de que pudiera girarme para enfrentar su mirada, un suave pero preciso golpe me dejó inconsciente.
El Despertar
Al despertar, me encontré en mi cama, arropada exactamente en la misma posición en la que me había dormido. Me quedé inmóvil, procesando el silencio de la habitación.
—¿Volví a soñar con él otra vez? —me pregunté, sintiendo todavía el eco de su voz—. ¿Será que no puedo sacarme a Zared de la cabeza, o es que el diablo realmente estuvo aquí?
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Editado: 13.04.2026