Noah estaba bastante convencido de que acababa de hacer una de las mejores compras de su vida, incluso cuando su hermana, Hannah, le había dicho con una seguridad irritante que lo estaban estafando.
No es que no tuviera ningún sentido creer que había sido estafado. La vendedora, una señora de apariencia extraña —de esas que parecen saber cosas que nadie más sabe y que probablemente tienen un gato negro observándolo todo desde una esquina oscura—, había dicho que el armario tenía quinientos años.
Quinientos años.
Lo cual sonaba ridículo.
Pero a Noah no le importaba demasiado la exageración, porque el mueble se veía antiguo, elegante, sólido y en su habitación parecía completamente aesthetic.
Eso era lo importante.
Estaba intentando darle cierta vibra renacentista a su departamento, y creía firmemente que iba por buen camino. Quizá no era exactamente un palacio del siglo XVI, pero con un poco de imaginación —y buena iluminación— lograría acercarse bastante.
Siempre había sentido una fascinación inexplicable por esa época tan lejana. No sabía exactamente por qué. Tal vez por los libros, tal vez por las pinturas, tal vez por la idea romántica de un mundo sin notificaciones constantes ni correos electrónicos urgentes. Aunque, claro, también era perfectamente consciente de que no sobreviviría ni un solo día si viviera allí.
Probablemente moriría en menos de veinticuatro horas y no de forma pacífica.
Aun así, el encanto seguía allí.
Se puso a ordenar la ropa casi al instante de ubicar el armario en su habitación. Era increíblemente espacioso en comparación con el que tenía antes. Uno de esos modernos que prometen resistencia pero que, con un poco de peso, los estantes se doblan como si estuvieran hechos de cartón.
Quizá por eso estaba a favor de lo antiguo. Porque duraba más, porque tenía carácter, porque no se rendía ante un par de abrigos y tres suéteres. Aunque sí tenía que admitir que quinientos años era un poco exagerado.
Aun así, aquel mueble contaba, sin duda, con más décadas de existencia que el anterior. Noah lo había comprado hacía cinco años y literalmente parecía haber sobrevivido a una vida dura.
Suspiró satisfecho al ver todo bien acomodado. Cerró las puertas con un pequeño gesto ceremonioso, como si estuviera inaugurando oficialmente una nueva etapa estética en su vida.
Luego de una cena rápida que le facilitó su pizzería de confianza —porque estaba cansado y porque la pizza siempre era una buena idea— se dio una ducha y se fue a la cama.
No le costó conciliar el sueño. Era de esas personas que tocaban la almohada y desaparecían del mundo en cuestión de segundos. Un talento infravalorado, en su opinión.
Y a pesar de que estaba acostumbrado a los sonidos del edificio —puertas del ascensor, pasos en el pasillo, algún vecino con una relación complicada con el volumen— y nunca se despertaba por eso, sí lo hizo esa noche.
Porque el estruendo que se escuchó fue dentro de su departamento.
O eso creía. Había sido demasiado fuerte como para venir de otra parte.
Apoyó los pies en el suelo y se quedó quieto en la cama, completamente alerta.
¿Un ladrón?
Sería muy extraño. La seguridad en su edificio era buena. Nunca había habido una queja al respecto, y dudaba mucho que si alguien lograba entrar, eligiera uno de los pisos más altos para robar. Era un esfuerzo innecesario.
Tomó el teléfono y lo revisó. Eran las dos de la mañana.
Otra vez el sonido.
Noah giró lentamente la cabeza y miró el armario.
Algo había dentro.
Y, a juzgar por la fuerza del ruido, podía ser una rata.
Una muy gorda.
Hannah se haría un festín cuando pudiera reírse de él por haber comprado un armario con una rata. Lo veía venir. Incluso podía imaginar su cara con esa sonrisa satisfecha de “te lo dije”.
Se puso de pie, decidido.
Encendió la luz y miró alrededor intentando encontrar algo con qué atrapar al roedor. No quería hacerle daño. Solo… negociar su salida del lugar.
Otro golpe.
Noah resopló.
—Bien, ya entendí —murmuró.
Abrió las puertas del armario con cierta impaciencia, antes de que un vecino llamara a seguridad y lo culpara por ruidos molestos.
Pero extrañamente, no salió nada.
No había rata, tampoco rastro de un ratón, ni siquiera una polilla.
Lo revisó por completo, moviendo ropa, inspeccionando rincones, incluso agachándose para mirar la base.
Nada.
Cerró las puertas lentamente y justo cuando iba a apagar la luz…
Otra vez el sonido.
Noah se quedó completamente quieto.
—¿Es broma? —preguntó, obviamente para sí mismo.
Volvió a abrir el armario, esta vez con mala actitud, y se cruzó de brazos, mirando el interior como si eso fuera a intimidar a lo que sea que estuviera causando el ruido.