Un tropiezo en el tiempo

~2~

Seraphine estaba concentrada en su lectura. Un hábito nocturno que siempre comenzaba después de la cena con ella diciendo “solo leeré un par de páginas” y terminaba desvelada hasta horas cuestionables.

Esa noche no fue la excepción, claro, pero sí transcurrió de forma diferente porque cuando estaba metida en la historia, pasó algo.

Escuchó unos golpes dentro de su armario, como si algo estuviera rebotando dentro.

Seraphine miró el mueble con el ceño arrugado e hizo el libro a un lado mientras se preparaba para llamar a su guardia. Sin embargo, se detuvo justo cuando vio a un hombre caer con muy poca gracia.

Con un saltito bajó de la cama a toda prisa y se le acercó. Su vida no era normal, podía ver las auras de las personas, detectar su bondad o maldad e incluso preparar pócimas muy eficientes para distintas cosas. Sin embargo, que hombres salieran disparados de un mueble en su habitación superaba cualquier magia que ella conociera.

Se puso de rodillas y se inclinó sobre él. Se veía aturdido y cuando abrió los ojos el miedo fue evidente, pero no duró mucho porque se desmayó.

Quedó ahí, tendido en su alfombra. Si alguien entrara en ese momento, posiblemente ella podría parecer culpable de asesinato. Lo que no era grave, ese hombre era un extraño y ella una princesa, nadie cuestionaría la muerte de un intruso que posiblemente podría haberle hecho daño.

—Señor —susurró y le dio una palmadita en la mejilla—. Señor, despierte.

Seraphine observó como absolutamente nada cambiaba. Así que se levantó, buscó la jarra con agua y se le echó en la cara.

El hombre se enderezó con pánico mientras se tocaba la cara. Iba a gritar, claramente, pero Seraphine le cubrió la boca.

—No grite —le advirtió—. Si lo hace, el guardia que custodia mi puerta entrará aquí con su espada y lo partirá en dos.

Los ojos de él se agrandaron como platos y la miró, lleno de horror.

—Escuche, quiero soltarlo, en serio, pero tiene que prometerme que no va a gritar.

Él movió la cabeza de arriba abajo aún con los ojos muy abiertos.

Seraphine asintió y esbozó una sonrisa amable. Ese hombre no iba a lastimarla, lo sabía. No había rastro de negro en su aura. Lo que sí había era un gris confuso mezclado con un azul inquieto, como si su mente estuviera intentando entender algo que claramente la superaba.

—Listo —dijo, apenas lo soltó—. Mi nombre es Seraphine, ¿puede decirme el suyo?

Él abrió la boca, pero le costó un momento poder hablar.

—Noah.

—Noah, qué peculiar —dijo, sentándose frente a él y observándolo con atención—. Su ropa también es peculiar.

Noah la miró a ella que, obviamente, estaba en camisón. Claro, había olvidado ese pequeño detalle, así que se puso de pie de inmediato, tomó su bata y se envolvió en ella con una dignidad que solo alguien criado en la realeza podía mantener en una situación tan absurda.

Luego volvió con Noah y estiró la mano.

—¿Cree que pueda levantarse?

Él asintió despacio y tomó su mano. Cuando finalmente estuvo de pie, Seraphine tuvo que mirar ligeramente hacia arriba, ya que era más alto de lo que esperaba.

—Entonces… Noah, ¿qué hacía dentro de mi armario?

Noah miró el mueble y arrugó el ceño, entonces se sentó en la cama o más bien se dejó caer. Seraphine tuvo la impresión de que el colchón amortiguó una posible caída.

—Ese… ese es… mi armario —señaló él con el dedo.

Seraphine lo miró a él, al armario y otra vez a él.

—No, señor, ese es mi armario, uno que hicieron especialmente para mí —explicó con una sonrisa educada.

Noah se abrazó a sí mismo con los ojos desorbitados, así que Seraphine se acercó al armario lentamente. No había nada extraño, hasta que movió sus pesados vestidos y vio el brillo, el destello que dejaba partículas en el aire.

Eso definitivamente no era normal.

¿Qué era eso? ¿Le habían hecho un mueble encantado? ¿O había adquirido un poco de la magia que siempre la había acompañado?

Volteó a ver a Noah. Parecía aterrado, así que decidió concentrarse en él para que pudiera salir de ese estado de pánico.

—Señor, déjeme ofrecerle agua —dijo y entonces vio la jarra vacía y su cabello húmedo—. Espere, voy a pedir que me traigan más.

—No te vayas —pidió él—. Creo que algo malo está pasando.

Seraphine le tomó una mano.

—Escuche, no creo que todo sea tan malo como parece, yo estoy tan confundida como usted, pero le prometo que está a salvo.

Noah la miró con desesperación. El gris en su aura se agitó, pero el azul ya no era tan intenso. Algo en sus palabras había ayudado, aunque claramente no lo suficiente.

—¿Y dónde estoy?

—En mi dormitorio, claramente —señaló alrededor—. Supongo que eso cuenta como invasión a mis tierras.

—¿Sus tierras?




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