Noah no podía quejarse del todo. Había dormido en un sofá —pequeño para alguien de su altura— pero al menos Seraphine le había proporcionado una almohada y una manta. Eso, considerando que había atravesado un armario y terminado en otro siglo, era un lujo.
Le había costado calmarse. Bastante. De hecho, si había logrado conciliar el sueño era porque la muchacha —Seraphine— se había sentado a su lado con una paciencia admirable, le había tomado la mano y le había acariciado el cabello con una suavidad que rozaba lo hipnótico, mientras le prometía, con una seguridad que no tenía ningún sentido lógico, que pronto podría volver a casa.
Tenía una voz dulce, una mirada cálida y una sonrisa reconfortante.
Y lo más importante: no lo trataba como si estuviera loco.
Incluso cuando él empezaba a sospechar seriamente que lo estaba.
Cuando abrió los ojos al día siguiente, durante unos segundos pensó que todo había sido un sueño extraño. Uno particularmente detallado, con demasiados estímulos sensoriales, pero aun así un sueño.
Luego vio el techo, el sofá, a Seraphine y… a un hombre.
El pánico regresó de golpe.
Ella estaba de pie, envuelta en su bata, hablando tranquilamente con un sujeto alto, serio, con una postura rígida y una mirada que lo evaluaba.
¿Lo había delatado? ¿Había decidido entregarlo como si fuera un objeto perdido?
Noah se incorporó de inmediato, probablemente con cara de horror y el cabello completamente revuelto.
—Ah, Noah, despertó —dijo ella acercándose para tomarle la mano—. Tranquilo, no se asuste, él es mi guardia, Daemon.
—¿Guardia? ¿El mismo que dijiste que podría matarme con su espada? —preguntó espantado.
Seraphine soltó una risita.
—Sí, pero solo si entraba y no me daba tiempo a explicarle, pero ahora ya sabe la historia y nos va a ayudar.
Noah miró al tal Daemon con cierta desconfianza. El hombre no parecía particularmente convencido de nada.
—Su Alteza, sabe que no me gusta inmiscuirme en sus asuntos… —empezó a decir Daemon.
—Siempre lo hace —lo interrumpió Seraphine, elevando el mentón con elegancia.
—Porque mi deber es protegerla y anoche creo que no lo hice porque durmió con un hombre en su alcoba, a solas… y sin estar casada.
Noah sintió que su cerebro dejaba de funcionar por un instante.
—No me ha tocado un solo cabello —aseguró Seraphine con tranquilidad.
Noah asintió de inmediato, con más energía de la necesaria, porque era totalmente verdad y porque, francamente, no tenía ninguna intención de descubrir qué pasaba si alguien creía lo contrario.
—Yo le creo —dijo Daemon—, pero si alguien lo comenta…
—Nadie lo hará, porque es el único que sabe —sentenció Seraphine—. Ahora, por favor, pongamos en marcha el plan.
Daemon asintió, inclinándose con respeto antes de salir de la habitación con un porte impecable que Noah no creía poder imitar ni aunque practicara durante años.
La puerta se cerró y, tras un breve silencio, miró a Seraphine.
—¿Qué plan?
Ella lo miró como si la respuesta fuera obvia.
—Va a ser mi nuevo guardia.
—¿Cómo dices?
—Y deberá tratarme con respeto, no puede hablarme como si fuéramos cercanos —continuó ella señalando la pequeña mesa frente al sofá—. Desayune, por favor.
Noah bajó la mirada y se encontró con una cantidad exagerada de comida.
Había pan, queso, frutas, algo que parecía carne, y varias cosas que no estaba seguro de poder identificar.
—Disculpame… —empezó—. Es que no solemos hablar así de donde vengo.
Seraphine inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Está queriendo decir que se le habla a todo mundo con tanta confianza?
—Sí, bueno, obviamente la monarquía sigue teniendo sus reglas, pero los simples mortales como yo…
—¿Por mortales se refiere a plebeyos?
—Podría decirse —concedió—. Entre el resto nos hablamos normal, con confianza aunque no la haya. Solo trato de usted a adultos mayores, aunque hay muchos que prefieren la informalidad.
Seraphine lo observó con un interés genuino.
—¿Y no es una falta de respeto?
—No.
—Qué interesante —murmuró, como si acabara de descubrir una nueva especie.
Noah dudó un segundo.
—¿Puedes…? —se detuvo—. Lo siento. ¿Puede contarme el plan?
Ella asintió, claramente satisfecha con la corrección.
—Por supuesto, el plan es que sea mi guardia.
—No sé cómo protegerla.
—Daemon estará siempre cerca, diremos que usted es un guardia en entrenamiento.
—De acuerdo —respondió, aunque no estaba del todo seguro.